14
Nov
2018
Mario Ferrer

Desde hace décadas la comunidad inglesa en Lanzarote es la más amplia con diferencia dentro de la colonia de residentes extranjeros que tiene la Isla. El peso de los británicos ha llegado a ser casi del seis por ciento de la población de la Isla, una cifra muy similar a lo que representa Lanzarote en la demografía total de Canarias.

Pero Lanzarote no es un caso excepcional. Los residentes británicos en el archipiélago canario llegaron a ser más de 43.000 en 2012. Para darnos cuenta de la dimensión de esos números debemos colocarla en la escala regional apropiada: entonces veremos que era equivalente a casi la mitad de la de La Palma o Fuerteventura. Una cifra superior a la que podían sumar juntas las tres Islas de menos población: La Gomera, El Hierro o La Graciosa. Dicho de otra forma, a pesar de que han bajado considerablemente en los últimos cinco años, en Canarias hace tiempo que viven más ingleses que herreños, gomeros o gracioseros.

El peso de los británicos es aún mayor en el primer, y casi exclusivo, motor de la economía canaria: el turismo. Para empezar, su papel como pioneros de la revolución industrial en el siglo XVIII los convirtió en el gran imperio mundial del siglo XIX y principios del XX, de manera que fueron los creadores, entre otras cosas, del turismo moderno y, por ende, de los touroperadores, factor clave del nuevo negocio. Con frecuencia olvidamos que los turistas que vienen a Canarias gastan tres veces más en origen que en el destino; es decir, que contratan casi todo a empresas residentes en los países de donde vienen, mientras que aquí solo desembolsan una pequeña parte. Los británicos fueron grandes inventores de la moderna industria del viaje y ya organizaban cruceros a Canarias hace más de un siglo.

La impronta británica en nuestro archipiélago se aceleró con los cambios que hicieron posible el turismo de masas a partir de las décadas de 1950, 1960 y 1970. Desde entonces, la corriente de turistas británicos se convirtió en una riada imparable, que ha alcanzado cotas de tsunami en los últimos años ante la caída de la competencia de los países del norte de África tras las “primaveras árabes”.

La economía canaria lleva siglos estrechamente ligada a lo que sucede en las islas vecinas del norte y las vinculaciones culturales e históricas no tienen paragón con otro país

El peso británico en la afluencia turística de Canarias es brutal, muy por encima de cualquier otro país. En algunas ínsulas el turismo inglés, escocés, gales o irlandés se nota más que en otras, como es el caso de Tenerife y especialmente Lanzarote, donde en 2017 el 54 por ciento de la afluencia turística procedió de Reino Unido e Irlanda, su más antigua colonia hasta su tumultuosa independencia final en 1921. Hagamos comparaciones de nuevo para colocar estas cifras en su escala apropiada. El año pasado las estadísticas oficiales nos dieron 261.734 turistas españoles frente a 1.452.141 británicos; es decir, por cada visitante nacional llegaron casi seis de Reino Unido.

Dentro de la amplia comunidad británica residente en Canarias ha destacado en las últimas décadas, por su labor de divulgación y diplomacia cultural, Larry Yaskiel. Este peculiar personaje fue un destacado mánager y productor de la industria musical del pop y el rock (otro invento global de origen inglés como el fútbol o los medios de comunicación de masas) con célebres estrellas como Jimi Hendrix, Supertramp o The Who. Tras unas breves vacaciones en Lanzarote en 1979, Yaskiel decidió, junto a su mujer Liz, instalarse en la Isla, para a los pocos años fundar y dirigir Lancelot Island Journal, una revista que se ha convertido en una de las publicaciones en inglés más longevas de España y que ha indagado en la historia y cultura de Canarias durante casi 35 años. Fruto de ese trabajo, Larry Yaskiel publicó recientemente un libro bilingüe titulado en su versión en español 'La conexión británica con Lanzarote y Canarias'.

Aunque es un tema ya estudiado por algunos historiadores canarios, la obra de Yaskiel tiene un doble interés. Por un lado está destinado a un público general y por otro es la primera obra de estas características escrita por un inglés que ha residido en Canarias durante un largo periodo de tiempo.

La conexión británica con Lanzarote y Canarias sirve para comprobar que la huella británica va mucho más allá de la explosión turística de las últimas décadas, para convertirse en una influencia esencial en la cultura canaria de los últimos siglos, es decir, desde que Canarias se integró en la dinámica europea. Se puede decir, que salvo España, pocos países del continente vecino han tenido tanta repercusión en estas Islas, empezando desde la misma conquista, a la que acudieron caballeros normandos y anglonormandos, y siguiendo por la época de la piratería y conflictos navales que tan presentes estuvieron en nuestras aguas.

Las conexiones se afianzaron aún más conforme se fueron estrechando los lazos comerciales en los siguientes siglos con vino, tintes, productos agrícolas, etc. No todo fueron finanzas. Así, escritores, naturalistas, eruditos y cronistas ingleses dejaron un legado cultural y literario también amplio: George Glas, Olivia Stone, Samler Brown Bannerman...

Los ecos de la revolución industrial en Canarias tuvieron un marcado acento inglés, ya que nuestras Islas, y especialmente las capitalinas, fueron puntos ideales en el tejido de estaciones marítimas que sostuvo el imperio británico. El desarrollo de los puertos, la llegada del carbón y la luz, las primeras líneas de vapores correos interinsulares, el auge de la cochinilla o el cultivo industrial del plátano tuvieron relación con Reino Unido. Y junto a eso, la aparición del primer turismo de salud. Ya a finales del siglo XIX las comunidades británicas en Tenerife y Gran Canaria eran muy amplias e influyentes. Tanta fue la influencia que incluso palabras propias del español de Canarias proceden de la lengua de Shakespeare, y sagas familiares famosas de las Islas como los Miller, Cologan o Topham tienen origen inglés.

Las influencias son recíprocas. El libro de Larry Yaskiel repasa cómo figuras tan típicamente británicas como Guillermo II, Francis Drake, Horatio Nelson, William Shakespeare, Agatha Christie Winston Churchill, The Beatles o David Cameron han tenido relación directa con Canarias mediante batallas, visitas, libros...

La obra de Larry Yaskiel sirve de reflexión ante el nuevo panorama que se abre con el Brexit en las estrechísimas relaciones históricas de estos dos archipiélago vecinos del Atlántico. Siguiendo la famosa frase de Mark Twain, (“La historia no se repite pero rima”), el repaso de los últimos siglos permite comprobar que los periodos en los que Reino Unido y Canarias no han estado cerca han coincidido con etapas poco afortunadas para el desarrollo de nuestro archipiélago. Suceda lo que suceda con el Brexit, lo que está claro es que Canarias estará en primera línea de las repercusiones.

18
Feb
2018
Mario Ferrer

Geológicamente, el planeta se halla en el Holoceno, una época dentro del periodo Cuaternario. Pero desde hace algún tiempo, varios expertos han impulsado el término ‘Antropoceno’, en alusión a que la influencia del ser humano en estos últimos siglos ha sido tan fuerte que ha creado una nueva etapa propia en la historia terrestre. El concepto, tachado por sus críticos como más político que científico, es muy jugoso para la reflexión teórica. La actividad del pequeño pero inteligente homo sapiens es tan intensa que es capaz de modificar y alterar por sí sola los macro procesos biológicos y geológicos del planeta. La Tierra gira alrededor del ser humano.

Haciendo un juego de analogía con los términos Holoceno y Antropoceno, en Canarias, y especialmente en sus Islas más orientales, deberíamos hablar de la época del ‘Turisticeno’. Cifras de turistas que parecían imposibles de alcanzar hace tan solo unos años se están dando con total naturalidad en Fuerteventura y Lanzarote, cuando hace poco más de una década varios especialistas los daban como destinos maduros, que ya no superarían sus mayores cotas de afluencia, como así señalaban sus estadísticas en ese momento.

Sin embargo, la isla de los volcanes, como reza machaconamente el eslogan, volvió a batir sus récords y superó holgadamente los tres millones de turistas en 2017, mientras su hermana melliza del sur hizo lo propio. Todo ello sin contar la nada desdeñable cifra de cruceristas anuales, que no se contabilizan como turistas porque en teoría no pernoctan (377.803 en Lanzarote en 2016), ni tampoco el considerable número que visitantes que van de excursión entre una isla y otra (los entendidos en la materia suelen decir que “Timanfaya es la mejor excursión de Fuerteventura” y “Fuerteventura es la mejor playa de Lanzarote”).

Es importante entender la dimensión de los números de los que hablamos y su carácter extraordinario en la escena internacional. Si Lanzarote y Fuerteventura (250.000 habitantes) se convirtieran en un país, por muy minúscula que fuera esta nueva nación isleña, estaría entre los 50 países más visitados del mundo. De hecho, la cifra de visitantes en 2017 de Lanzarote y Fuerteventura superará a casi todos los países de Sudamérica, África y Asia, llegando a igualar casi la que tuvo Brasil (200 millones de habitantes) en 2014, el año del mundial carioca. Las dos Islas orientales de Canarias superan con creces, duplicando o triplicando en algunos casos, las cifras de visitantes de naciones tan turísticas como Cuba o Túnez, y dejan atrás a naciones con decenas de millones de habitantes como Perú o Filipinas.

El término ‘turismo de masas’, que tanto éxito tuvo hace unas décadas, se ha quedado desfasado y obsoleto para definir la era de hiperturismo en la que vivimos en estos lares del Atlántico

Este año, Hosteltur publicó un estudio revelador, que sin embargo, pasó casi desapercibido en Canarias. El informe investigaba la relación entre habitantes y turistas en 25 islas del planeta, incluyendo ínsulas muy turísticas de Oceanía, Caribe, Índico... La conclusión fue clara. Vivimos en las dos Islas del mundo con mayor relación de turistas por cada 100 habitantes. El valor de estas cifras es que dejan bien claro que más que las mecas del turismo de sol y playa de Europa, Fuerteventura y Lanzarote son “la zona turística insular” por excelencia en el mundo. Las dos Islas orientales de Canarias no solo destrozan los datos de Cabo Verde, Fiji o Maldivas, sino que triplican o duplican las de potencias insulares consolidadas como Tenerife o Mallorca. Si en Gran Canaria, por cada 100 habitantes reciben 503 turistas, en Fuerteventura ese dato es más de cuatro veces superior: 2.217.

No hay isla, ni probablemente lugar del mundo, donde el ratio residente/turista sea tan potente como en Fuerteventura y Lanzarote. Somos la referencia internacional, el laboratorio donde se prueba el “turisticeno”. Ahora que se habla de “turismofobia” en España, aclaremos que para que nuestro país, segunda potencia mundial, se pusiera a la misma altura que nuestras Islas en cuanto a la relación turistas/residentes, necesitaría superar el récord de los 83 millones de visitantes que llegaron en 2017, para alcanzar la imposible cifra de 900 millones.

Aclarado un poco el tema de los números insólitos de Lanzarote y Fuerteventura, digamos que ‘Turisticeno’ es un concepto más interesante por lo cualitativo que por lo cuantitativo. Esta nueva Era se define por la capacidad de la industria del viaje de influir decisivamente en todos los órdenes de la vida económica, social, cultural y espacial de un territorio y sus habitantes.

Un rasgo definitorio del ‘Turisticeno’ es que el turismo no es un área económica más, sino el eje central de casi todas las actividades clásicas relacionadas con la economía de mercado contemporánea: industria, servicios, innovación, transportes, formación... Un ejemplo paradigmático es lo que viene sucediendo con un sector, en principio, tan alejado como el primario, donde vinos, quesos u otros productos se han vinculado al turismo como flotador con el que sobrevivir. Mientras, patronales e instituciones de toda clase potencian visitas a bodegas y granjas; acuerdos entre hoteleros y productores locales para suministrar su fruta, verdura y pescado; mercadillos de productos típicos para que los visiten las guaguas repletas de turistas; o marcas tipo “Saborea Lanzarote”...

Si Lanzarote y Fuerteventura (250.000 habitantes) se convirtieran en un país, por muy minúscula que fuera esta nueva nación isleña, estaría entre los 50 países más visitados del mundo

El territorio, con toda su complejidad y transversalidad, es otro área especialmente dominada por el turismo. Con más de medio siglo como destino vacacional, en Canarias hace décadas que carreteras, puertos, aeropuertos, planes insulares, generales o municipales se idean en función del turismo. Toda la planificación de Fuerteventura, desde núcleos de población a vías de transporte o centros culturales y sanitarios, se hace en función del circuito y el flujo turístico. El territorio en sí del archipiélago se tasa en función de su rentabilidad turística. De hecho, muchos ni siquiera llegan a entender un concepto amplio como es del territorio y solo ven suelo, por eso, tenemos una Ley de Suelo y no una Ley del Territorio.

Otra buena prueba del grado de impacto del turismo es la consolidación de la Consejería de Turismo, Cultura y Deportes por parte del Gobierno de Canarias. ¿Por qué deportes y cultura se relacionan con turismo? La respuesta es clara y no se disimula por sus responsables: deporte y cultura son áreas aptas para dar recursos turísticos óptimos, es decir, carreras, campeonatos, museos o exposiciones son vistos como posibles inputs para la industria del viaje. No olvidemos que el turista, rey abstracto pero ubicuo y supremo de este mundo, quiere “experiencias” y “vivir como los locales”, así que todo lo que hagan los nativos es susceptible de incorporarse al tour de actividades ofertadas de cada isla.

Más profunda y nebulosa, pero también más interesante, es la huella del turismo en la identidad cultural contemporánea de Canarias. ¿Hasta qué punto lo que algunos llaman señas de la canariedad no están marcadas por el impacto del turismo de masas y su proceso de aculturación? Es un terreno muy vasto y complejo, que requeriría un espacio de argumentación que no tenemos, pero aclaremos por lo menos que debatir de turismo y cultura no es solo hablar de souvenirs sino también de alta cultura. Lanzarote y César Manrique son un ejemplo paradigmático de un rico legado patrimonial artístico e histórico ligado al turismo. Te guste o no te guste, no se puede entender la identidad cultural contemporánea de Lanzarote sin Manrique y sus ideas estéticas y éticas en cuanto al turismo.

¿Hasta qué punto lo que algunos llaman señas de la canariedad no están marcadas por el impacto del turismo y su proceso de aculturación?

La industria del viaje, claro está, también es decisiva en la política, y no solo nos referimos a las decisiones gubernamentales respecto a los presupuestos, sino a una influencia más amplia: ¿hasta qué punto, por ejemplo, no ha afectado el turismo al nacionalismo canario, la corriente política más votada en las últimas décadas? ¿cuál es la relación entre las patronales turísticas, símbolos del poder económico, y los equilibrios políticos del Archipiélago?

Llegados a este punto, uno se puede hacer la gran pregunta, ¿cuál es el impacto del turismo en la sociedad y el bienestar social? O mejor aún, si vivimos en años con marcas de afluencia y ocupación históricas, y somos referencias mundiales del desarrollo turístico, ¿por qué tenemos cifras de paro que también son de récord y nuestros servicios sociales han retrocedido escandalosamente?

Responder a esto nos llevaría también largo tiempo y hablar de temas tan diversos como la estructura piramidal de la industria turística, las lógicas de la globalización, la reforma laboral, la historia reciente de España… Digamos, al menos, que otra de las esferas de influencia profunda del ‘Turisticeno’ es la del imaginario social y cultural de los destinos turísticos. La industria del viaje, con su gigantesca artillería promocional –y más en esta época digital–, es de los agentes que más influyen en la configuración de las mentalidades colectivas y la autoimagen de una sociedad turística.

Campaña tras campaña, año tras año, y ya vamos por más de medio siglo en Canarias, el sector vende la idea del paraíso soñado como reclamo para la llegada de más visitantes. Lo hace de forma tan constante y eficaz que hasta una parte los nativos han llegado a creer que viven en ese edén vacacional. Cuando se llega a un grado de ‘Turisticeno’ tan elevado como el de Lanzarote y Fuerteventura, la población puede llegar a confundir fácilmente publicidad con realidad. Conviene recordar, pues, algo obvio pero a menudo olvidado: el turismo promete el paraíso al cliente, no al trabajador.

En ningún caso se trata de demonizar ni de idealizar el turismo. No es un debate moral lo que se propone, sino la constatación de que las cifras inauditas en la escala internacional que recogen Fuerteventura y Lanzarote nos sitúan ante un nuevo escenario. El término ‘turismo de masas’, que tanto éxito tuvo hace unas décadas, se ha quedado desfasado y obsoleto para definir la era de hiperturismo en la que vivimos en estos lares del Atlántico. Ya no hablamos de cantidades masivas de turistas, sino de un escalón muy superior en donde el turismo, cual rey absoluto, centraliza casi todas las actividades económicas, sociales, culturales y territoriales. Bienvenidos al ‘Turisticeno’.

10
Nov
2017
Mario Ferrer

Soy Puerto Naos, un exiliado de la mar anclado para siempre a una isla. Mi identidad es marinera, arrabalera y tricontinental. África es la protagonista de mi naturaleza, América la raíz de muchos de mis sueños y Europa, mi principal razón de ser. Los hombres de la mar me dieron forma y las mujeres de tierra me salvaguardaron en la terrible lucha del día a día. Me ha habitado desde el rico armador hasta la misérrima prostituta portuaria. He sido tanto sueño del emigrante expatriado, como anhelo del inmigrante buscavidas. Soy de todos y no pertenezco a ninguno. Soy atlántico, mi patria se llama Océano.

Héroes del mar, noble pueblo,
Nación valiente e inmortal,
¡Levantad hoy de nuevo
el esplendor de Portugal!

El himno nacional de Portugal comienza cantando a sus eternos “herois do mar”. Si hemos de empezar por algún lado, quizás la porción portuguesa de mi alma sea la más apropiada. Después de todo, mi propio nombre tradicional, Porto Nao, desvela bien a las claras el vínculo lusitano de parte de mi biografía. “Puerto de las naos”. Fue eso lo que me hizo famoso, mi capacidad natural de ser un buen fondeadero para barcos.

Antes de los portugueses, con los majos, yo pertenecía a Elguinaguaria. Tengo “saudade” de esa parte de mi historia. Durante siglos, mis principales pobladores fueron centenares de miles de alevines de peces, y algún peje grande también, que vagaban libremente por mis aguas, las que se extendían desde donde hoy está el Puerto de Los Mármoles hasta La Caldera, más conocida estos últimos siglos como Charco de San Ginés. Yo era, y en parte sigo siendo, una zona de calma y aguas relativamente profundas que tenía la protección natural del Islote de las Cruces y sus bajas adyacentes, donde ahora se encuentra la recién estrenada Marina Lanzarote.

Yo, y mis hermanos de Elguinaguaria (islotes, bajíos, lagunas, arrecifes…), albergábamos prístinos sebadales y tranquilas zonas intermareales que hacían de perfectas guarderías para la crianza del peces. Los más veteranos recordarán como hasta principios del siglo XX quedaban unos pequeños muros cerrados en forma circular en la zona del Charco de San Ginés que atestiguaba la pesca de los antiguos pobladores, quienes usaban esa técnica para cerrar a los pescados en el tránsito entre la pleamar y la bajamar, atrayéndoles con “engodo”.

Por mis charcos siempre han correteado aves de todo tipo de pelaje y procedencia. Ya se sabe que pájaros y mares nunca hemos entendido bien esos conceptos humanos de fronteras nacionales, Brexits y oficinas de inmigración.

Los exploradores europeos me “redescubrieron” al final de su Edad Media. Vinieron luego, los siglos de los piratas y las fortalezas. Personajes como Leonardo Torriani planificaron castillos de defensa, mientras los corsarios usaban mis entrantes para atacar las poblaciones del interior y los señores de la isla también me aprovecharon para lanzar sus razias en África.

La llegada de barcos comenzó a hacerse frecuente. Los navegantes se dieron cuentan de mis condiciones de fondeadero ideal y me convertí en Puerto Naos. Curioso, con los europeos empezó mi idilio con América, convirtiéndome en estación de paso y en puerta de embarque para la larguísima lista de emigrantes que salieron de mi isla hacia sus tierras.

Mi misión principal -junto al puerto de Arrecife y otros embarcaderos más pequeños- era hacer de hilo umbilical entre Lanzarote y el resto del mundo. Los puertos como conexión estratégica entre bebé/isla y mamá/planeta. En una ínsula seca y árida, la supervivencia siempre ha dependido de lo que viene de fuera y de lo que se podía exportar para sacar réditos económicos con los que afrontar las épocas malas.

Cereales, orchilla, aguardientes, cochinilla, cebollas o tomates también han embarcado por mis aguas, aunque fue la pesca lo que realmente me hizo porteño. A partir del siglo XIX, como escribieron ilustrados como George Glas o Antonio María Manrique, los isleños se dieron cuentan del valor de la pesquerías de la costa africana cercana. Con un flota de barcos de vela en permanente crecimiento, dejé de ser un fondeadero menor para convertirme en el corazón de un mundo pesquero en frenesí.

Me construyeron un buen martillo como muelle; mejoraron mis enlaces con el Charco y la ciudad; usaron el Islote de Las Cruces para crear astilleros y varaderos y la ciudad entera empezó a crecer al son que le marcaba mi desarrollo. Las familias vivían pendientes de las noticias de Porto Naos, los talleres se multiplicaron a mi alrededor y hasta los acaudalados terratenientes y comerciantes comenzaron a invertir en barcos, mientras toneladas de pescado se desembarcaban en mi suelo y las factorías de salazones comenzaban a prosperar.

Fue la primera explosión de la pesca, en las primeras décadas del siglo XX, cuando mis alrededores se llenaron de cuadriculadas y níveas superficies salineras. Cómo no añorarlas, cómo no recordar su aroma, ese sabor que tan bien retrató Agustín Espinosa:

“Se me quedó la boca
blanca y dulce.
Blanca, de tu leche de cristal.
Dulce, de tu sal demasiado blanca.”

 

Primera foto: Fotografía de Puerto Naos de los años 40 cedida por Antonio Lorenzo.
Segunda: Imagen de la colección de Juan Hernández Gil. Archivo de fotografía histórica. Fedac Cabildo de Gran Canaria.

13
Jun
2017
Mario Ferrer

En una isla tan sahariana como Lanzarote se han ideado multitud de soluciones con las que paliar la sed, algunas brillantes, otras disparatadas. Como muchos otros cronistas, el célebre ilustrado canario Viera y Clavijo se sorprendió con la consideración del agua en Lanzarote: “No hablan ni de oro ni de plata, ni de joyas ni de los demás bienes de convención dependientes del capricho o del deslumbramiento del juicio, sino de las lluvias a tiempo, de la sementeras, de los pastos abundantes”.

Al igual que otros pueblos oriundos del desierto, el agua marcó históricamente casi todos los estamentos del ciclo de la vida en la sociedad de Lanzarote, desde las grandes coyunturas económicas o la emigración, hasta las rutinas más domésticas y parte de la propia identidad cultural. En este contexto, la búsqueda de soluciones al escaso abastecimiento de agua ha sido constante, empezando por los mismos aborígenes, que idearon soluciones para retener hasta la última gota de lluvia. La arquitectura tradicional desarrollada tras la conquista europea también ofrece un amplio muestrario de estructuras ideadas para capturar las precipitaciones: aljibes, alcogidas, pozos, maretas, etc.

El miedo a la sed también se infiltró en muchas otras capas de las mentalidades colectivas, como se aprecia en la literatura oral popular, en las costumbres religiosas (eran constantes las peticiones a santos y vírgenes invocando lluvias), o en la misma configuración de los paisajes agrícolas. Pocas pruebas más convincentes de la relevancia del agua que las zonas de cultivo de jable o La Geria; miles de hectáreas transformadas a mano, con la sola ayuda del camello, por generaciones y generaciones de campesinos que hicieron ese esfuerzo titánico porque era la única manera de intentar asegurar mejores cultivos. Aun así, las sequías se cobraban su alta factura habitual, convirtiendo a Lanzarote en secular cuna de emigrantes y en escenario de situaciones dramáticas cuando se prolongaba la falta de lluvia.

Los periódicos históricos de Lanzarote ofrecen decenas de recetas para solucionar el abastecimiento del agua. Ya Cronista de Lanzarote (1861-1863), el primero impreso, apostaba en sus editoriales por aprovechar las aguas subterráneas de Haría y del valle de Temisa para crear un gran depósito en la zona de Naos. Con una idea parecida nació la gran  infraestructura pública de principios del siglo XX: las maretas del Estado. Para su puesta de largo aquí se contó con la presencia, por primera vez, de un rey de España en Lanzarote. La visita de Alfonso XIII se grabó en el panteón de hitos de la Isla, pero estas grandes maretas no solucionaron mucho.

Otra fórmula por la que se apostó insistentemente a principios del siglo XX, desde influyentes círculos políticos y periodísticos, fue la del arbolado, es decir, por la plantación masiva de árboles como medida infalible para aumentar las precipitaciones. También se insistió en la creación de pozos o de sociedades de explotación de aguas, pero nada dio los frutos deseados y los periódicos se seguían llenando de noticias trágicas y editoriales dramáticos sobre la falta de agua: “Nuestro problema, nuestro único problema, por encima de todos los idealismos y doctrinas es el ¡Agua! (…) Sin lirismo; hay que buscarla, cueste lo que cueste, o renunciar a vivir”, rezaba en grandes letras la portada de Lanzarote en 1926.

La desesperación dio cancha a proyectos sin fundamento técnico como los sistemas del abate Bouly y la Sociedad de Irrigaciones Canarias; los gigantescos planes de industrialización de Chamorro, o los experimentos del abogado Pons Cano para potabilizar agua con la energía geotérmica de Timanfaya. Entremedias de tanto plan utópico, el Cabildo se decidió a abrir todas las galerías que fueran posibles en el Risco de Famara, una medida que no impedía que los años de sequía la llegada de buques cisterna fuera el único remedio paliativo. Todavía en 1957, en los albores del primer despegue turístico de la España del desarrollismo, el Delegado del Gobierno de Lanzarote publicó un bando en el que racionaba el agua a cinco litros por persona y día. El equivalente a una garrafa de agua diaria para beber, cocinar, asearse, limpiar la casa, abrevar a los animales, regar las plantas…

Paradójicamente, el promotor de lo que a la postre se revelaría como la gran solución –la desalinización- tuvo que luchar contra multitud de trabas porque fueron pocos los que creyeron en la viabilidad técnica de su propuesta. El caso de Manuel Díaz Rijo, fallecido el año pasado casi sin reconocimiento social, es un ejemplo paradigmático de cómo la apuesta personal por la tecnología, la ciencia y la educación puede cambiar el devenir colectivo de una comunidad entera.

* Foto: Experimentos de Pons Cano en Timanfaya. Autor: Javier Reyes Acuña.

16
Jul
2015
Mario Ferrer

Últimamente las cuevas dan muchas novedades. En los pasados meses las recientes y sofisticadas técnicas de datación cronológica han permitido arrojar nueva luz sobre las denominadas tradicionalmente como “pinturas rupestres”.

La idea previa de la historiografía clásica era que las primeras pinturas habían sido realizadas en cuevas europeas hace entre 25.000 y 32.000 años aproximadamente. Pero gracias a los últimos avances se ha demostrado dos cosas importantes: 1), Que la antigüedad de estas manifestaciones es anterior a lo que pensábamos, ya está en torno a 40.000 años y 2), que en Asia, concretamente en Indonesia, también había humanos que se dedicaban a hacer dibujitos en las paredes de sus “apartamentos cavernícolas” por las mismas fechas. Seguro que en los próximos años se producen nuevos descubrimientos.

Pocas cosas nos atraen y nos acercan tanto a nuestros tataratatarabuelos como los enigmas que siguen manteniendo los vestigios de esas primeras “manifestaciones artísticas”. Por si fuera poco, muchas de ellas son de carácter abstracto, y sabemos que, en muchas culturas, los seres capaces de realizar esos símbolos tenían una jerarquía especial en la tribu.

Metafóricamente, Jacinto Alonso Martín, el protagonista de la primera muestra de La Casa Amarilla también se hallaba algo perdido en la cueva del olvido histórico. Había estudios puntuales de autores como Francisca Perera, Francisco Hernández Delgado y María Dolores Rodríguez, pero era un completo desconocido para el público general, y había muchas lagunas por cubrir sobre su figura. Así que, durante meses hubo que revisar archivos públicos y privados, consultar con historiadores y cronistas, hablar con descendientes y amigos de la familia, chequear bibliografía y fuentes históricas. El objetivo principal era dotar de más información a las fotografías de Jacinto Alonso, aunque el gran transfondo consistía en averiguar cómo era posible que un carpintero y pequeño propietario de Tinajo hiciera esas fantásticas y sugerentes imágenes en una época tan complicada y pionera para la Lanzarote.

La Casa Amarilla no solo sirve para redescubrir y disfrutar de un fotógrafo esencial del patrimonio cultural de la Isla, sino para reencontrarnos con la perenne fascinación humana por la representación simbólica

Poco a poco fueron apareciendo pistas que nos desvelaban que Alonso fue un hombre culto, polifacético y habilidoso: practicaba y leía sobre medicina, reparaba armas, tenía conocimientos de veterinaria, experimentaba técnicamente con sus aparatos de fotografía, etc. No obstante, faltan muchos huecos por cubrir: ¿dónde se formó?, ¿cuáles eran sus influencias directas?, ¿qué intencionalidad perseguía en sus composiciones? El misterio sigue, aunque lo más importante de Jacinto Alonso es lo que cuentan sus fotografías, especialmente sus retratos de grupos. Estas imágenes muestran claramente a un creador consciente del lenguaje que manejaba. Jacinto Alonso plasmaba escenografías bien pensadas, donde la estructura y la teatralidad de las fotografías estaban lejos de responder a una casuística aleatoria.

En otras palabras, sus imágenes demostraban que no estábamos ante un cazador casual de estampas, sino ante un autor que sabía, a pesar de lo prematuro del tiempo y lo remoto del lugar, que manejaba una técnica expresiva autónoma, con capacidades creativas y narrativas propias. Durante los meses que buscábamos más detalles sobre el ideario estético de Jacinto Alonso, se sucedían, en el otro lado del mundo, las noticias sobre las nuevas pistas que deparaban las pinturas rupestres de las cuevas indonesias. Alguien puede preguntarse: ¿qué tienen que ver un fotógrafo ambulante de Lanzarote de hace un siglo con un hechicero/pintor prehistórico del sureste asiático? Inicialmente puede parecer que poco, pero mirando con más calma, la uniones son múltiples, lógicas y naturales.

Ya pueden ser tiempos primitivos como los del chamán indonesio o eras de materialismo exacerbado y tecnología abrumadora como las de hoy en día, que siempre vamos a dejar rastros de nuestro apego y enamoramiento por los juegos simbólicos y de significación que deparan las artes y la cultura. Los tiempos mutan, pero solo cambian los soportes (del papiro al e-book, de las placas de vidrio al LED). Lo que permanece inmutable es nuestra emoción ante quienes tienen la habilidad de incendiar nuestra imaginación y pensamiento a través de imágenes, música, historias, letras...

Hemos sacado a Jacinto Alonso de la gruta oscura del olvido usando las técnicas digitales actuales para volver a darnos cuenta de algo que ya deberíamos saber: que la humanidad sigue en la cueva platónica mirando atónita el hechizo de los símbolos, fascinada por esa capacidad cuasi nigromántica de narrar. Es uno de los valores de la Historia; hacer de antídoto contra la vanidad que tiene cada generación y sociedad de creerse el centro absoluto del devenir humano. Los miedos, emociones y deseos que sentimos nosotros no difieren de los que tuvieron los hombres y mujeres de las cavernas. Sólo los decorados cambian, no así la esencia de los dramas y alegrías que tendrán los humanos de dentro de unos milenios. Tampoco se modificará nuestra atemporal atracción por esos seres de la tribu que saben manejar la poderosa magia de la representación simbólica. Jacinto Alonso Martín fue un hechicero que retrató con pericia y poesía la isla de hace un siglo. Acérquense y disfruten de su magia.

"Lanzarote a través del cristal. Jacinto Alonso y la fotografía en Lanzarote a principios del s. XX".
La Casa Amarilla (antigua sede del Cabildo de Lanzarote, calle Real nº 6)
Centro de Datos y Centros de Arte, Cultura y Turismo
De lunes a viernes, de 10.00 a 14.00 y de 16.00 a 20.00 h. Sábados de 10.00 a 14.00