10
Nov
2017
Mario Ferrer

Soy Puerto Naos, un exiliado de la mar anclado para siempre a una isla. Mi identidad es marinera, arrabalera y tricontinental. África es la protagonista de mi naturaleza, América la raíz de muchos de mis sueños y Europa, mi principal razón de ser. Los hombres de la mar me dieron forma y las mujeres de tierra me salvaguardaron en la terrible lucha del día a día. Me ha habitado desde el rico armador hasta la misérrima prostituta portuaria. He sido tanto sueño del emigrante expatriado, como anhelo del inmigrante buscavidas. Soy de todos y no pertenezco a ninguno. Soy atlántico, mi patria se llama Océano.

Héroes del mar, noble pueblo,
Nación valiente e inmortal,
¡Levantad hoy de nuevo
el esplendor de Portugal!

El himno nacional de Portugal comienza cantando a sus eternos “herois do mar”. Si hemos de empezar por algún lado, quizás la porción portuguesa de mi alma sea la más apropiada. Después de todo, mi propio nombre tradicional, Porto Nao, desvela bien a las claras el vínculo lusitano de parte de mi biografía. “Puerto de las naos”. Fue eso lo que me hizo famoso, mi capacidad natural de ser un buen fondeadero para barcos.

Antes de los portugueses, con los majos, yo pertenecía a Elguinaguaria. Tengo “saudade” de esa parte de mi historia. Durante siglos, mis principales pobladores fueron centenares de miles de alevines de peces, y algún peje grande también, que vagaban libremente por mis aguas, las que se extendían desde donde hoy está el Puerto de Los Mármoles hasta La Caldera, más conocida estos últimos siglos como Charco de San Ginés. Yo era, y en parte sigo siendo, una zona de calma y aguas relativamente profundas que tenía la protección natural del Islote de las Cruces y sus bajas adyacentes, donde ahora se encuentra la recién estrenada Marina Lanzarote.

Yo, y mis hermanos de Elguinaguaria (islotes, bajíos, lagunas, arrecifes…), albergábamos prístinos sebadales y tranquilas zonas intermareales que hacían de perfectas guarderías para la crianza del peces. Los más veteranos recordarán como hasta principios del siglo XX quedaban unos pequeños muros cerrados en forma circular en la zona del Charco de San Ginés que atestiguaba la pesca de los antiguos pobladores, quienes usaban esa técnica para cerrar a los pescados en el tránsito entre la pleamar y la bajamar, atrayéndoles con “engodo”.

Por mis charcos siempre han correteado aves de todo tipo de pelaje y procedencia. Ya se sabe que pájaros y mares nunca hemos entendido bien esos conceptos humanos de fronteras nacionales, Brexits y oficinas de inmigración.

Los exploradores europeos me “redescubrieron” al final de su Edad Media. Vinieron luego, los siglos de los piratas y las fortalezas. Personajes como Leonardo Torriani planificaron castillos de defensa, mientras los corsarios usaban mis entrantes para atacar las poblaciones del interior y los señores de la isla también me aprovecharon para lanzar sus razias en África.

La llegada de barcos comenzó a hacerse frecuente. Los navegantes se dieron cuentan de mis condiciones de fondeadero ideal y me convertí en Puerto Naos. Curioso, con los europeos empezó mi idilio con América, convirtiéndome en estación de paso y en puerta de embarque para la larguísima lista de emigrantes que salieron de mi isla hacia sus tierras.

Mi misión principal -junto al puerto de Arrecife y otros embarcaderos más pequeños- era hacer de hilo umbilical entre Lanzarote y el resto del mundo. Los puertos como conexión estratégica entre bebé/isla y mamá/planeta. En una ínsula seca y árida, la supervivencia siempre ha dependido de lo que viene de fuera y de lo que se podía exportar para sacar réditos económicos con los que afrontar las épocas malas.

Cereales, orchilla, aguardientes, cochinilla, cebollas o tomates también han embarcado por mis aguas, aunque fue la pesca lo que realmente me hizo porteño. A partir del siglo XIX, como escribieron ilustrados como George Glas o Antonio María Manrique, los isleños se dieron cuentan del valor de la pesquerías de la costa africana cercana. Con un flota de barcos de vela en permanente crecimiento, dejé de ser un fondeadero menor para convertirme en el corazón de un mundo pesquero en frenesí.

Me construyeron un buen martillo como muelle; mejoraron mis enlaces con el Charco y la ciudad; usaron el Islote de Las Cruces para crear astilleros y varaderos y la ciudad entera empezó a crecer al son que le marcaba mi desarrollo. Las familias vivían pendientes de las noticias de Porto Naos, los talleres se multiplicaron a mi alrededor y hasta los acaudalados terratenientes y comerciantes comenzaron a invertir en barcos, mientras toneladas de pescado se desembarcaban en mi suelo y las factorías de salazones comenzaban a prosperar.

Fue la primera explosión de la pesca, en las primeras décadas del siglo XX, cuando mis alrededores se llenaron de cuadriculadas y níveas superficies salineras. Cómo no añorarlas, cómo no recordar su aroma, ese sabor que tan bien retrató Agustín Espinosa:

“Se me quedó la boca
blanca y dulce.
Blanca, de tu leche de cristal.
Dulce, de tu sal demasiado blanca.”

 

Primera foto: Fotografía de Puerto Naos de los años 40 cedida por Antonio Lorenzo.
Segunda: Imagen de la colección de Juan Hernández Gil. Archivo de fotografía histórica. Fedac Cabildo de Gran Canaria.

13
Jun
2017
Mario Ferrer

En una isla tan sahariana como Lanzarote se han ideado multitud de soluciones con las que paliar la sed, algunas brillantes, otras disparatadas. Como muchos otros cronistas, el célebre ilustrado canario Viera y Clavijo se sorprendió con la consideración del agua en Lanzarote: “No hablan ni de oro ni de plata, ni de joyas ni de los demás bienes de convención dependientes del capricho o del deslumbramiento del juicio, sino de las lluvias a tiempo, de la sementeras, de los pastos abundantes”.

Al igual que otros pueblos oriundos del desierto, el agua marcó históricamente casi todos los estamentos del ciclo de la vida en la sociedad de Lanzarote, desde las grandes coyunturas económicas o la emigración, hasta las rutinas más domésticas y parte de la propia identidad cultural. En este contexto, la búsqueda de soluciones al escaso abastecimiento de agua ha sido constante, empezando por los mismos aborígenes, que idearon soluciones para retener hasta la última gota de lluvia. La arquitectura tradicional desarrollada tras la conquista europea también ofrece un amplio muestrario de estructuras ideadas para capturar las precipitaciones: aljibes, alcogidas, pozos, maretas, etc.

El miedo a la sed también se infiltró en muchas otras capas de las mentalidades colectivas, como se aprecia en la literatura oral popular, en las costumbres religiosas (eran constantes las peticiones a santos y vírgenes invocando lluvias), o en la misma configuración de los paisajes agrícolas. Pocas pruebas más convincentes de la relevancia del agua que las zonas de cultivo de jable o La Geria; miles de hectáreas transformadas a mano, con la sola ayuda del camello, por generaciones y generaciones de campesinos que hicieron ese esfuerzo titánico porque era la única manera de intentar asegurar mejores cultivos. Aun así, las sequías se cobraban su alta factura habitual, convirtiendo a Lanzarote en secular cuna de emigrantes y en escenario de situaciones dramáticas cuando se prolongaba la falta de lluvia.

Los periódicos históricos de Lanzarote ofrecen decenas de recetas para solucionar el abastecimiento del agua. Ya Cronista de Lanzarote (1861-1863), el primero impreso, apostaba en sus editoriales por aprovechar las aguas subterráneas de Haría y del valle de Temisa para crear un gran depósito en la zona de Naos. Con una idea parecida nació la gran  infraestructura pública de principios del siglo XX: las maretas del Estado. Para su puesta de largo aquí se contó con la presencia, por primera vez, de un rey de España en Lanzarote. La visita de Alfonso XIII se grabó en el panteón de hitos de la Isla, pero estas grandes maretas no solucionaron mucho.

Otra fórmula por la que se apostó insistentemente a principios del siglo XX, desde influyentes círculos políticos y periodísticos, fue la del arbolado, es decir, por la plantación masiva de árboles como medida infalible para aumentar las precipitaciones. También se insistió en la creación de pozos o de sociedades de explotación de aguas, pero nada dio los frutos deseados y los periódicos se seguían llenando de noticias trágicas y editoriales dramáticos sobre la falta de agua: “Nuestro problema, nuestro único problema, por encima de todos los idealismos y doctrinas es el ¡Agua! (…) Sin lirismo; hay que buscarla, cueste lo que cueste, o renunciar a vivir”, rezaba en grandes letras la portada de Lanzarote en 1926.

La desesperación dio cancha a proyectos sin fundamento técnico como los sistemas del abate Bouly y la Sociedad de Irrigaciones Canarias; los gigantescos planes de industrialización de Chamorro, o los experimentos del abogado Pons Cano para potabilizar agua con la energía geotérmica de Timanfaya. Entremedias de tanto plan utópico, el Cabildo se decidió a abrir todas las galerías que fueran posibles en el Risco de Famara, una medida que no impedía que los años de sequía la llegada de buques cisterna fuera el único remedio paliativo. Todavía en 1957, en los albores del primer despegue turístico de la España del desarrollismo, el Delegado del Gobierno de Lanzarote publicó un bando en el que racionaba el agua a cinco litros por persona y día. El equivalente a una garrafa de agua diaria para beber, cocinar, asearse, limpiar la casa, abrevar a los animales, regar las plantas…

Paradójicamente, el promotor de lo que a la postre se revelaría como la gran solución –la desalinización- tuvo que luchar contra multitud de trabas porque fueron pocos los que creyeron en la viabilidad técnica de su propuesta. El caso de Manuel Díaz Rijo, fallecido el año pasado casi sin reconocimiento social, es un ejemplo paradigmático de cómo la apuesta personal por la tecnología, la ciencia y la educación puede cambiar el devenir colectivo de una comunidad entera.

* Foto: Experimentos de Pons Cano en Timanfaya. Autor: Javier Reyes Acuña.

16
Jul
2015
Mario Ferrer

Últimamente las cuevas dan muchas novedades. En los pasados meses las recientes y sofisticadas técnicas de datación cronológica han permitido arrojar nueva luz sobre las denominadas tradicionalmente como “pinturas rupestres”.

La idea previa de la historiografía clásica era que las primeras pinturas habían sido realizadas en cuevas europeas hace entre 25.000 y 32.000 años aproximadamente. Pero gracias a los últimos avances se ha demostrado dos cosas importantes: 1), Que la antigüedad de estas manifestaciones es anterior a lo que pensábamos, ya está en torno a 40.000 años y 2), que en Asia, concretamente en Indonesia, también había humanos que se dedicaban a hacer dibujitos en las paredes de sus “apartamentos cavernícolas” por las mismas fechas. Seguro que en los próximos años se producen nuevos descubrimientos.

Pocas cosas nos atraen y nos acercan tanto a nuestros tataratatarabuelos como los enigmas que siguen manteniendo los vestigios de esas primeras “manifestaciones artísticas”. Por si fuera poco, muchas de ellas son de carácter abstracto, y sabemos que, en muchas culturas, los seres capaces de realizar esos símbolos tenían una jerarquía especial en la tribu.

Metafóricamente, Jacinto Alonso Martín, el protagonista de la primera muestra de La Casa Amarilla también se hallaba algo perdido en la cueva del olvido histórico. Había estudios puntuales de autores como Francisca Perera, Francisco Hernández Delgado y María Dolores Rodríguez, pero era un completo desconocido para el público general, y había muchas lagunas por cubrir sobre su figura. Así que, durante meses hubo que revisar archivos públicos y privados, consultar con historiadores y cronistas, hablar con descendientes y amigos de la familia, chequear bibliografía y fuentes históricas. El objetivo principal era dotar de más información a las fotografías de Jacinto Alonso, aunque el gran transfondo consistía en averiguar cómo era posible que un carpintero y pequeño propietario de Tinajo hiciera esas fantásticas y sugerentes imágenes en una época tan complicada y pionera para la Lanzarote.

La Casa Amarilla no solo sirve para redescubrir y disfrutar de un fotógrafo esencial del patrimonio cultural de la Isla, sino para reencontrarnos con la perenne fascinación humana por la representación simbólica

Poco a poco fueron apareciendo pistas que nos desvelaban que Alonso fue un hombre culto, polifacético y habilidoso: practicaba y leía sobre medicina, reparaba armas, tenía conocimientos de veterinaria, experimentaba técnicamente con sus aparatos de fotografía, etc. No obstante, faltan muchos huecos por cubrir: ¿dónde se formó?, ¿cuáles eran sus influencias directas?, ¿qué intencionalidad perseguía en sus composiciones? El misterio sigue, aunque lo más importante de Jacinto Alonso es lo que cuentan sus fotografías, especialmente sus retratos de grupos. Estas imágenes muestran claramente a un creador consciente del lenguaje que manejaba. Jacinto Alonso plasmaba escenografías bien pensadas, donde la estructura y la teatralidad de las fotografías estaban lejos de responder a una casuística aleatoria.

En otras palabras, sus imágenes demostraban que no estábamos ante un cazador casual de estampas, sino ante un autor que sabía, a pesar de lo prematuro del tiempo y lo remoto del lugar, que manejaba una técnica expresiva autónoma, con capacidades creativas y narrativas propias. Durante los meses que buscábamos más detalles sobre el ideario estético de Jacinto Alonso, se sucedían, en el otro lado del mundo, las noticias sobre las nuevas pistas que deparaban las pinturas rupestres de las cuevas indonesias. Alguien puede preguntarse: ¿qué tienen que ver un fotógrafo ambulante de Lanzarote de hace un siglo con un hechicero/pintor prehistórico del sureste asiático? Inicialmente puede parecer que poco, pero mirando con más calma, la uniones son múltiples, lógicas y naturales.

Ya pueden ser tiempos primitivos como los del chamán indonesio o eras de materialismo exacerbado y tecnología abrumadora como las de hoy en día, que siempre vamos a dejar rastros de nuestro apego y enamoramiento por los juegos simbólicos y de significación que deparan las artes y la cultura. Los tiempos mutan, pero solo cambian los soportes (del papiro al e-book, de las placas de vidrio al LED). Lo que permanece inmutable es nuestra emoción ante quienes tienen la habilidad de incendiar nuestra imaginación y pensamiento a través de imágenes, música, historias, letras...

Hemos sacado a Jacinto Alonso de la gruta oscura del olvido usando las técnicas digitales actuales para volver a darnos cuenta de algo que ya deberíamos saber: que la humanidad sigue en la cueva platónica mirando atónita el hechizo de los símbolos, fascinada por esa capacidad cuasi nigromántica de narrar. Es uno de los valores de la Historia; hacer de antídoto contra la vanidad que tiene cada generación y sociedad de creerse el centro absoluto del devenir humano. Los miedos, emociones y deseos que sentimos nosotros no difieren de los que tuvieron los hombres y mujeres de las cavernas. Sólo los decorados cambian, no así la esencia de los dramas y alegrías que tendrán los humanos de dentro de unos milenios. Tampoco se modificará nuestra atemporal atracción por esos seres de la tribu que saben manejar la poderosa magia de la representación simbólica. Jacinto Alonso Martín fue un hechicero que retrató con pericia y poesía la isla de hace un siglo. Acérquense y disfruten de su magia.

"Lanzarote a través del cristal. Jacinto Alonso y la fotografía en Lanzarote a principios del s. XX".
La Casa Amarilla (antigua sede del Cabildo de Lanzarote, calle Real nº 6)
Centro de Datos y Centros de Arte, Cultura y Turismo
De lunes a viernes, de 10.00 a 14.00 y de 16.00 a 20.00 h. Sábados de 10.00 a 14.00

12
Dic
2014
Mario Ferrer

Vista de la iglesia de Südstern en Kreuzberg. Francisco Castro, 'Francho'

Hace unos años, el ya saliente alcalde de Berlín, Klaus Wowereit, acertó con una definición de la ciudad que se hizo famosa: “Berlín es pobre pero sexy”. Wowereit expresaba de esta manera la peculiar situación de una urbe que lleva más de un siglo encadenando espectaculares apogeos con dramáticos declives, casi sin solución de continuidad. Curioso caso el de la capital alemana, una ciudad de pedigrí mundial que ha hecho de los ciclos de auge/destrucción/mutación un signo de identidad.

El último cuarto de siglo aporta otra vuelta de tuerca a su cambiante evolución. Tras la caída del Muro, hace justo veinticinco años, muchos creyeron que lloverían grandiosos planes de desarrollo y montañas de dinero. Sucedió lo contrario. Después de la euforia del primer momento, el gran empresariado vio pronto que había demasiado por reconstruir en la ciudad que más había simbolizado la lucha entre Capitalismo y Comunismo. Sin embargo, Berlín se convirtió en una gran oportunidad para inmigrantes, artistas y cualquiera que tuviera una idea alternativa de vida. Los precios eran muy bajos; los chances para el bullicio festivo y la vida bohemia brotaban en cada esquina; y la atmosfera de mestizaje cultural se naturalizó. “Berlín no es Alemania”, le afirmarán la mayoría de los alemanes a los que usted pregunte.

Las multinacionales huyeron mientras se preparaba una gran fiesta para otros convidados más underground. Berlín se convirtió rápidamente en el paraíso de la contracultura más vanguardista y díscola. Las casas okupas salían por todos lados, la música tecno se coronó como reina absoluta de la ciudad, los barrios de la zona Este ofrecían precios ridículos, los inmigrantes no tenían tantas restricciones, las salas de arte y los mercadillos brotaron como esporas...

Berlín era sexy –y sigue siéndolo, el que lo dude que se acerque a Berghain, la mítica sala de tecno, un asombroso parque temático para adultos viciosos-, aunque también pobre, muy pobre. Aún hoy, las problemáticas sociales son descomunales. La meca de los dj’s es también la ciudad de los trabajadores sociales, los terapeutas y los psicólogos. A la desconexión laboral, emocional y cultural de los alemanes del Este, se han unido todas las dificultades de un aluvión de nueva población de todos lados (Turquía, países de la Europa del Este y del Sur, África, Sudamérica…). Por si fuera poco, las tareas de puesta al día eran enormes para una urbe que pasó de ser de las más grandes del mundo, a quedarse destruida casi por completo tras la II Guerra Mundial. Todavía es habitual la aparición de bombas en el subsuelo de una ciudad que lleva un cuarto de siglo en obras.

Pero ha pasado el tiempo, y como uno de sus grandes trovadores contemporáneos –David Bowie-, la camaleónica Berlín ha ido desvelando una nueva cara. Hoy el centro histórico de la ciudad recupera su esplendor a base de mucho presupuesto público, el turismo crece, y en los barrios del Este fluye el dinero y las oportunidades de negocio. Así que Berlín ya no es tan pobre, aunque, para algunos, también ha dejado de ser tan sexy como antes. De lo que se habla ahora en Berlín es de la gentrificación, término referente al proceso que ha dado lugar a la revalorización de los antiguos barrios degradados.

Él éxito de la fórmula berlinesa, que ahora atrae a importantes cantidades de turistas y jóvenes en busca de fiesta y bohemia, ha hecho que los precios crezcan de forma inaudita en los últimos años y el espíritu de libertad anterior deje paso a una voluntad clara de negocio puro y duro. Los que están a favor de la nueva coyuntura hablan de mayores oportunidades sociales y de democratización económica; los que están en el lado crítico argumentan la pérdida de autenticidad y de sentido colectivo en aras de un mercantilismo estéril. El debate está en pleno apogeo, y no deja de resultar familiar desde este rincón del Atlántico: el triunfo de una fórmula propia y concebida a pequeña escala provoca una masificación paradójica, que desvirtúa el genuino espíritu original. Berlín, y parece que también Barcelona, temen morir de éxito y que el turismo de masas las banalice al máximo.

Con todas sus contradicciones en carne viva, pero sin máscaras ni juegos de trampantojos, los habitantes de Berlín parecen haberse enfrentado a algo casi imposible para el resto del mundo, especialmente para los españoles. Han tenido la valentía de no engañarse y de hacer, con naturalidad, un ejercicio de enorme esfuerzo: mirarse sin falsedad en una terrible historia reciente de nazismo y comunismo para recomponer su propia imagen sin rencor. Nunca es fácil hacerse retratos ni autobiografías. A casi nadie le gusta el reflejo que da el cristal, y muchos tienden a falsear y endulzar lo que ven. ¿Quién es capaz de mirarse con honestidad en el espejo roto de la memoria y emprender de nuevo el camino?

Vista del campo del antiguo aeropuerto de Tempelhof. Francisco Castro, 'Francho'

10
Sep
2014
Mario Ferrer

No voy a hablar de historia en este texto. O por lo menos, no lo haré desde una óptica académica clásica o de investigación. Me interesa comentar, sin embargo, algo un poco menos preciso pero quizás más relevante socialmente: el manejo de las huellas que deja el paso del tiempo en las mentalidades colectivas.

Las épocas también tienen sus propios sentimientos y sensibilidades reinantes, y casi siempre cometemos el error de mirar hacia atrás bajo una visión muy sesgada por la realidad de nuestro día a día. De forma inconsciente aunque casi inapelable, el presente marca la mirada hacia el pasado y también proyecta sus sombras sobre el futuro. Con España viviendo la larguísima resaca de los años de la "burbuja" y con Canarias como zona cero del empantanamiento europeo, son muchas las razones para ejercer un análisis crítico sobre la mediocridad política-empresarial y la complicidad social que hicieron posible la crisis actual. Pero tan poco productivo es intentar ocultar la corrupción reciente, como no plantear alternativas de salida. El triunfalismo ciego de la bonanza y la ceguera de la queja implacable por la crisis son dos caras de la misma moneda.

Una medida para romper el bloqueo total que puede producir una visión exclusivamente regresiva, consiste en estudiar etapas de cambios anteriores. Pero sin confundirse. Lo que planteamos no es una reconfortante píldora de nostalgia edulcorante que nos idealice el pasado, sino el análisis de transformaciones históricas anteriores. Si a usted le apetece este ejercicio, Lanzarote tiene dos ejemplos muy destacados que ahora cumplen el 50 aniversario de su puesta en marcha. Por un lado, la creación de la primera potabilizadora de Europa: un maravilloso ejemplo de salto socioeconómico a través de la innovación tecnológica y empresarial. Dejaremos ese caso para otro día, para centrarnos en otro no menos asombroso, el del origen de los CACT.

En los sesenta, la España franquista abrazó al turismo como imprescindible motor de modernización para un país sumido en la quiebra financiera y humana. La apuesta comenzó en pocas zonas, para ir ampliándose tanto geográfica como temporalmente, hasta la actualidad. Sin embargo, y a pesar de las décadas transcurridas, pocos son los destinos turísticos que han ideado un modelo turístico singular y socialmente rentable, recurriendo casi siempre a esquemas urbanísticos estandarizados, que no aportan novedades culturales. Por esa razón, llama tanto la atención que en un lugar ultra marginal como era Lanzarote en los sesenta, se creara un proyecto público tan vanguardista: arte, naturaleza y cultura al servicio de una nueva industria y con vocación de poner a la población local como principal beneficiaria.

Las lecturas sobre el origen de los CACT son tan amplias como sugerentes: el papel del arte contemporáneo; la apuesta por la naturaleza y la educación; la participación y puesta al día de las tradiciones culturales locales en las intervenciones en el paisaje… Incluso con sus contradicciones y riesgos, el paso del tiempo no ha hecho sino dar más vigencia a los conceptos y los debates con que nacieron los centros, convirtiéndolos en uno de los experimentos culturales más significativos de la época en España.

De las múltiples vertientes, me interesa destacar hoy dos especialmente olvidadas: la social y la política. A pesar de su falta de teorización previa, el rediseño socioeconómico, por parte del Cabildo, hacia una oferta turística de naturaleza y cultura no fue fruto de una gloriosa casualidad, sino de una voluntad clara, que también recibió sus críticas y ataques iniciales. En todo cambio social y de mentalidad profundo, la política es un actor principal insoslayable.

En la parte social, los CACT no solo aportaron beneficios económicos (marca turística impagable, millones de entradas, centenares de puestos de trabajo…) sino sobre todo pedagógicos y educativos, con una rica combinación de reconocimiento por la idiosincrasia local y mensaje humanista universal. Los CACT actuaron como catapulta en el cambio ideológico de una sociedad atrasada y acomplejada, hacia una mentalidad de vanguardia y alta autoestima. En la metamorfosis histórica de Lanzarote, los Centros actuaron de crisálida. De repente, el paisaje que antes era sinónimo de devastación y pobreza, se convertía ahora en fuente de riqueza y admiración.

Ya que estamos en terrenos artísticos, no está de más recordar la célebre frase de Picasso: "ser original, es volver al origen". ¿Necesidad de transformarse para buscar un nuevo futuro? Reinventarse sobre uno mismo, se llama metamorfosis y los desencadenantes que la provocan suelen provenir de crisis internas...

* Fotografía del Mirador en los años 70 cedida por la familia Arteta