06
Ago
2013
Mario Ferrer

Los paisajes son elementos vivos que nos cuentan historias. Hitos en el espacio que hablan de la evolución histórica y cultural de este planeta. Bajo esa perspectiva se concibió “Lanzarote y el vino, paisaje y cultura”, nuevo libro de Ediciones remotas que ya está a la venta.

De las múltiples lecturas que se pueden hacer de La Geria, a mí me interesa hablar del componente social. Nos referimos a un paisaje etnográfico que no conviene trivializar ni banalizar, y la clave para no verlo de manera superficial, que sólo se fije en su variante estética, de impactante belleza, es recordar que es un paisaje de dolor humano, de sacrificio social.

Con mucha precaución y con el fin de buscar un parangón más didáctico, podríamos hacer una comparación entre La Geria y las pirámides egipcias, porque hay ciertos paralelismos, aunque a distinta escala. El nexo común es que ambas construcciones significaron un esfuerzo colectivo descomunal para los empobrecidos campesinos que las construyeron. La diferencia con los egipcios es que con los lanzaroteños no había razones religiosas detrás sino de algo tan simple pero insoslayable como era la falta de agua y alimentos. Para los campesinos y campesinas que “fabricaron” La Geria, ésa era la mejor manera de evitar los devastadores efectos de las sequías en una isla sahariana y volcánica como Lanzarote. No eran estetas que pensaran en el turismo futuro, eran campesinos que buscaban una manera de evitar la emigración, aunque fuera aceptando el rígido caciquismo de la época.

Con el libro “Lanzarote y el vino, paisaje y cultura” ya escrito y en imprenta, Beni Ferrer me contó la mejor anécdota que he escuchado para comprender La Geria. Beni se encontró en el barco a Fuerteventura a la madre de un chico discapacitado que venía muy emocionada de conocer La Geria. Esta madre, que provenía de una familia dedicada al sector vitivinícola en la Península, estaba de vacaciones en Lanzarote cuando paseando con el coche llegó a La Geria. En ese momento detuvo el coche para intentar comprender lo que estaba viendo. Cuando miró con detenimiento el territorio que tenía ante así, esa mujer, la cual, repito, traía un gran conocimiento del mundo del vino por su tradición familiar, entendió enseguida el enorme esfuerzo que había supuesto la creación de ese espacio y no pudo refrenar las lágrimas. Según cuenta Beni Ferrer, la mujer se emocionó tanto que se prometió a sí misma que si el campesino de Lanzarote había sido capaz de cultivar vino en esas condiciones, ella iba a ser capaz de sacar adelante a su hijo discapacitado.

Es difícil que un paisaje produzca lágrimas pero si se comprende en su verdadera dimensión, a alguien sensible le puede ocurrir eso en La Geria. Los hombres y mujeres que durante tres siglos “construyeron” La Geria no lo hacían por querencia hacia “lo bonito” que quedaba el paisaje sino por elementales e implacables razones de supervivencia. La Geria es, en definitiva, un paisaje de dura supervivencia social, de sufrimiento y superación.

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