01
Sep
2013
Mario Ferrer

Este texto no pretende ser una entrevista ni nada parecido. Es imposible cualquier conato de objetividad periodística por mi parte. Doña Juana Manrique y yo acordamos tácitamente un pacto de cariño irrompible hace años, que hoy se prolonga con halagos mutuos cada vez que nos vemos, pero que al principio se asentó principalmente en las tripas; la base del cualquier amor verdadero.

De niño, en La Caleta, cuando iba a pescar día tras día con su nieto, yo le ofrecía a doña Juana todos los pescados que cogía para evitar llevarlos a mi propia casa y tener que comérmelos, algo que no me gustaba nada en ese entonces. Ella -que se comía los pescados enteros nada más sacarlos de la sartén frente a mi absurda y completa incredulidad- me ofreció a cambio lo que yo entendía por el edén: barra libre para pedirle todos los puños de gofio que quisiera.

No obstante, el verdadero elíxir eterno de Juana Manrique es una elegancia natural para combinar el afecto y la vitalidad con el humor y la sorna. “Como me saques fea te pego”, le espeta al fotógrafo mientras corretea por la cocina para servir a sus invitados y explica por qué no puede estarse de reposo: “Mis hijos me cuidan demasiado ahora que estoy con la pierna fastidiada y yo lo aprecio, pero no quiero que nadie me gobierne”.

Hasta cuando la vida le ha dado fuerte sacudidas (como el corto periodo de años en el que fallecieron su hermano, uno de sus hijos y su marido), Juana ha desafiado con total descaro al desaliento. Ahora ha vuelto a salir ese espíritu y cuando le preguntas de dónde saca esa energía, ella habla “del cariño correspondido que me ha demostrado mucha gente, de mis hijos, de mi familia, de mi marido... en esta vida ¿para qué pelearse y enfadarse? No tiene mucho sentido”

Todos los que la conocen tienen un momento para recordar alguna anécdota jugosa. Ella misma, por ejemplo, cuenta con regocijo como cada año su marido, don Alfredo Matalllana, anunciaba durante semanas que no quería saber nada del carnaval “porque eso es solo una tontería boba”. Sin embargo, el viernes de carnaval Juana enviaba a don Alfredo a tomarse “alguna copita con los amigos”, y a la vuelta ya era el propio Alfredo quien preguntaba si no había algún disfraz, y doña Juana sacaba los trajes que llevaba meses preparando. En Memoriadelanzarote.com se pueden ver los cómicos e ingeniosos disfraces por los que la pareja fue reconocida durante décadas. También fue muy afamado el disfraz de “Juana Manrique”, que se ponía su hijo César, más conocido en su vertiente de Checha, como músico y gestor del bar Tambo, quien tenía el honor de ser maquillado y peinado por la propia Juana...

Capaz de reírse con gracia hasta de su propia sombra, Juana admite con una sonrisa: “siempre fui una media loquinaria”. “Me encantaba estar con disfraces, teatros y bromas, como a mi padre, que también le encantaba hacer locuras de esas, aunque no le gustaba que se le hicieran a él; era más listo que siete...”. Conversar con Juana de gracias y chanzas es asomarse al rico repertorio de la fantasía del jolgorio y de la magia de la sorpresa. Un reír sano ante quien te descubre una verdad tan simple como imprescindible: la alegría de vivir es la única ideología de la que merece la pena ser creyente y practicante.

Los fantasmas de La Caleta

Hace 25 años, la llegada a La Caleta para iniciar el periodo veraniego era uno de los principales acontecimientos del año para un niño como yo. Pero en una ocasión, al poco de llegar nos enteramos de unos extraños rumores sobre fantasmas en casa de Juana Manrique y allí acudimos todos. Desde la esquina del callejón, pudimos ver la puerta de la casa de Juana misteriosamente entreabierta. Después de varios debates, unos valientes decidieron adentrarse los primeros, mientras los de atrás formábamos un irregular reguero de cuerpecillos temerosos por la estrecha calle de arena...

El corazón me palpitaba a 3.000 revoluciones, cuando al dar los primeros pasos dentro de la casa me vi atropellado por una estampida de niños que salían como almas que lleva el diablo del interior de la casa de Juana Manrique. Aturdido y asustado ante el atropello, sólo alcancé a ver una mole fantasmal, grande y blanca, antes de poner mis piernas a correr como nunca lo había hecho antes en mi corta vida. No paré hasta llegar al final del pueblo. Más tarde me enteré de que no había fantasma alguno, sino que había sido la propia Juana Manrique, quien con su desparpajo habitual se había calzado una gran sabana blanca en la cabeza y había montado todo el teatro para asustarnos.

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