10
Nov
2017
Mario Ferrer

Soy Puerto Naos, un exiliado de la mar anclado para siempre a una isla. Mi identidad es marinera, arrabalera y tricontinental. África es la protagonista de mi naturaleza, América la raíz de muchos de mis sueños y Europa, mi principal razón de ser. Los hombres de la mar me dieron forma y las mujeres de tierra me salvaguardaron en la terrible lucha del día a día. Me ha habitado desde el rico armador hasta la misérrima prostituta portuaria. He sido tanto sueño del emigrante expatriado, como anhelo del inmigrante buscavidas. Soy de todos y no pertenezco a ninguno. Soy atlántico, mi patria se llama Océano.

Héroes del mar, noble pueblo,
Nación valiente e inmortal,
¡Levantad hoy de nuevo
el esplendor de Portugal!

El himno nacional de Portugal comienza cantando a sus eternos “herois do mar”. Si hemos de empezar por algún lado, quizás la porción portuguesa de mi alma sea la más apropiada. Después de todo, mi propio nombre tradicional, Porto Nao, desvela bien a las claras el vínculo lusitano de parte de mi biografía. “Puerto de las naos”. Fue eso lo que me hizo famoso, mi capacidad natural de ser un buen fondeadero para barcos.

Antes de los portugueses, con los majos, yo pertenecía a Elguinaguaria. Tengo “saudade” de esa parte de mi historia. Durante siglos, mis principales pobladores fueron centenares de miles de alevines de peces, y algún peje grande también, que vagaban libremente por mis aguas, las que se extendían desde donde hoy está el Puerto de Los Mármoles hasta La Caldera, más conocida estos últimos siglos como Charco de San Ginés. Yo era, y en parte sigo siendo, una zona de calma y aguas relativamente profundas que tenía la protección natural del Islote de las Cruces y sus bajas adyacentes, donde ahora se encuentra la recién estrenada Marina Lanzarote.

Yo, y mis hermanos de Elguinaguaria (islotes, bajíos, lagunas, arrecifes…), albergábamos prístinos sebadales y tranquilas zonas intermareales que hacían de perfectas guarderías para la crianza del peces. Los más veteranos recordarán como hasta principios del siglo XX quedaban unos pequeños muros cerrados en forma circular en la zona del Charco de San Ginés que atestiguaba la pesca de los antiguos pobladores, quienes usaban esa técnica para cerrar a los pescados en el tránsito entre la pleamar y la bajamar, atrayéndoles con “engodo”.

Por mis charcos siempre han correteado aves de todo tipo de pelaje y procedencia. Ya se sabe que pájaros y mares nunca hemos entendido bien esos conceptos humanos de fronteras nacionales, Brexits y oficinas de inmigración.

Los exploradores europeos me “redescubrieron” al final de su Edad Media. Vinieron luego, los siglos de los piratas y las fortalezas. Personajes como Leonardo Torriani planificaron castillos de defensa, mientras los corsarios usaban mis entrantes para atacar las poblaciones del interior y los señores de la isla también me aprovecharon para lanzar sus razias en África.

La llegada de barcos comenzó a hacerse frecuente. Los navegantes se dieron cuentan de mis condiciones de fondeadero ideal y me convertí en Puerto Naos. Curioso, con los europeos empezó mi idilio con América, convirtiéndome en estación de paso y en puerta de embarque para la larguísima lista de emigrantes que salieron de mi isla hacia sus tierras.

Mi misión principal -junto al puerto de Arrecife y otros embarcaderos más pequeños- era hacer de hilo umbilical entre Lanzarote y el resto del mundo. Los puertos como conexión estratégica entre bebé/isla y mamá/planeta. En una ínsula seca y árida, la supervivencia siempre ha dependido de lo que viene de fuera y de lo que se podía exportar para sacar réditos económicos con los que afrontar las épocas malas.

Cereales, orchilla, aguardientes, cochinilla, cebollas o tomates también han embarcado por mis aguas, aunque fue la pesca lo que realmente me hizo porteño. A partir del siglo XIX, como escribieron ilustrados como George Glas o Antonio María Manrique, los isleños se dieron cuentan del valor de la pesquerías de la costa africana cercana. Con un flota de barcos de vela en permanente crecimiento, dejé de ser un fondeadero menor para convertirme en el corazón de un mundo pesquero en frenesí.

Me construyeron un buen martillo como muelle; mejoraron mis enlaces con el Charco y la ciudad; usaron el Islote de Las Cruces para crear astilleros y varaderos y la ciudad entera empezó a crecer al son que le marcaba mi desarrollo. Las familias vivían pendientes de las noticias de Porto Naos, los talleres se multiplicaron a mi alrededor y hasta los acaudalados terratenientes y comerciantes comenzaron a invertir en barcos, mientras toneladas de pescado se desembarcaban en mi suelo y las factorías de salazones comenzaban a prosperar.

Fue la primera explosión de la pesca, en las primeras décadas del siglo XX, cuando mis alrededores se llenaron de cuadriculadas y níveas superficies salineras. Cómo no añorarlas, cómo no recordar su aroma, ese sabor que tan bien retrató Agustín Espinosa:

“Se me quedó la boca
blanca y dulce.
Blanca, de tu leche de cristal.
Dulce, de tu sal demasiado blanca.”

 

Primera foto: Fotografía de Puerto Naos de los años 40 cedida por Antonio Lorenzo.
Segunda: Imagen de la colección de Juan Hernández Gil. Archivo de fotografía histórica. Fedac Cabildo de Gran Canaria.

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