16
Jul
2015
Mario Ferrer

Últimamente las cuevas dan muchas novedades. En los pasados meses las recientes y sofisticadas técnicas de datación cronológica han permitido arrojar nueva luz sobre las denominadas tradicionalmente como “pinturas rupestres”.

La idea previa de la historiografía clásica era que las primeras pinturas habían sido realizadas en cuevas europeas hace entre 25.000 y 32.000 años aproximadamente. Pero gracias a los últimos avances se ha demostrado dos cosas importantes: 1), Que la antigüedad de estas manifestaciones es anterior a lo que pensábamos, ya está en torno a 40.000 años y 2), que en Asia, concretamente en Indonesia, también había humanos que se dedicaban a hacer dibujitos en las paredes de sus “apartamentos cavernícolas” por las mismas fechas. Seguro que en los próximos años se producen nuevos descubrimientos.

Pocas cosas nos atraen y nos acercan tanto a nuestros tataratatarabuelos como los enigmas que siguen manteniendo los vestigios de esas primeras “manifestaciones artísticas”. Por si fuera poco, muchas de ellas son de carácter abstracto, y sabemos que, en muchas culturas, los seres capaces de realizar esos símbolos tenían una jerarquía especial en la tribu.

Metafóricamente, Jacinto Alonso Martín, el protagonista de la primera muestra de La Casa Amarilla también se hallaba algo perdido en la cueva del olvido histórico. Había estudios puntuales de autores como Francisca Perera, Francisco Hernández Delgado y María Dolores Rodríguez, pero era un completo desconocido para el público general, y había muchas lagunas por cubrir sobre su figura. Así que, durante meses hubo que revisar archivos públicos y privados, consultar con historiadores y cronistas, hablar con descendientes y amigos de la familia, chequear bibliografía y fuentes históricas. El objetivo principal era dotar de más información a las fotografías de Jacinto Alonso, aunque el gran transfondo consistía en averiguar cómo era posible que un carpintero y pequeño propietario de Tinajo hiciera esas fantásticas y sugerentes imágenes en una época tan complicada y pionera para la Lanzarote.

La Casa Amarilla no solo sirve para redescubrir y disfrutar de un fotógrafo esencial del patrimonio cultural de la Isla, sino para reencontrarnos con la perenne fascinación humana por la representación simbólica

Poco a poco fueron apareciendo pistas que nos desvelaban que Alonso fue un hombre culto, polifacético y habilidoso: practicaba y leía sobre medicina, reparaba armas, tenía conocimientos de veterinaria, experimentaba técnicamente con sus aparatos de fotografía, etc. No obstante, faltan muchos huecos por cubrir: ¿dónde se formó?, ¿cuáles eran sus influencias directas?, ¿qué intencionalidad perseguía en sus composiciones? El misterio sigue, aunque lo más importante de Jacinto Alonso es lo que cuentan sus fotografías, especialmente sus retratos de grupos. Estas imágenes muestran claramente a un creador consciente del lenguaje que manejaba. Jacinto Alonso plasmaba escenografías bien pensadas, donde la estructura y la teatralidad de las fotografías estaban lejos de responder a una casuística aleatoria.

En otras palabras, sus imágenes demostraban que no estábamos ante un cazador casual de estampas, sino ante un autor que sabía, a pesar de lo prematuro del tiempo y lo remoto del lugar, que manejaba una técnica expresiva autónoma, con capacidades creativas y narrativas propias. Durante los meses que buscábamos más detalles sobre el ideario estético de Jacinto Alonso, se sucedían, en el otro lado del mundo, las noticias sobre las nuevas pistas que deparaban las pinturas rupestres de las cuevas indonesias. Alguien puede preguntarse: ¿qué tienen que ver un fotógrafo ambulante de Lanzarote de hace un siglo con un hechicero/pintor prehistórico del sureste asiático? Inicialmente puede parecer que poco, pero mirando con más calma, la uniones son múltiples, lógicas y naturales.

Ya pueden ser tiempos primitivos como los del chamán indonesio o eras de materialismo exacerbado y tecnología abrumadora como las de hoy en día, que siempre vamos a dejar rastros de nuestro apego y enamoramiento por los juegos simbólicos y de significación que deparan las artes y la cultura. Los tiempos mutan, pero solo cambian los soportes (del papiro al e-book, de las placas de vidrio al LED). Lo que permanece inmutable es nuestra emoción ante quienes tienen la habilidad de incendiar nuestra imaginación y pensamiento a través de imágenes, música, historias, letras...

Hemos sacado a Jacinto Alonso de la gruta oscura del olvido usando las técnicas digitales actuales para volver a darnos cuenta de algo que ya deberíamos saber: que la humanidad sigue en la cueva platónica mirando atónita el hechizo de los símbolos, fascinada por esa capacidad cuasi nigromántica de narrar. Es uno de los valores de la Historia; hacer de antídoto contra la vanidad que tiene cada generación y sociedad de creerse el centro absoluto del devenir humano. Los miedos, emociones y deseos que sentimos nosotros no difieren de los que tuvieron los hombres y mujeres de las cavernas. Sólo los decorados cambian, no así la esencia de los dramas y alegrías que tendrán los humanos de dentro de unos milenios. Tampoco se modificará nuestra atemporal atracción por esos seres de la tribu que saben manejar la poderosa magia de la representación simbólica. Jacinto Alonso Martín fue un hechicero que retrató con pericia y poesía la isla de hace un siglo. Acérquense y disfruten de su magia.

"Lanzarote a través del cristal. Jacinto Alonso y la fotografía en Lanzarote a principios del s. XX".
La Casa Amarilla (antigua sede del Cabildo de Lanzarote, calle Real nº 6)
Centro de Datos y Centros de Arte, Cultura y Turismo
De lunes a viernes, de 10.00 a 14.00 y de 16.00 a 20.00 h. Sábados de 10.00 a 14.00

Comentarios

Añadir nuevo comentario