
Lanzarote en FITUR: eso de crecer y hacerlo con criterio

Siempre que llegan estás ferias me sale preguntarme en calidad de qué están cada uno de los de la foto y recordar lo que ha dicho cada cual sobre turismo, sobre sus límites y sobre a dónde nos conduce la situación actual.
“Lanzarote y crecer” o “Lanzarote y parar ya”, son dos posiciones antagónicas que no parece que tengan condiciones para converger nunca en un estadio intermedio. La primera opción es de la muy política Cámara de Comercio y de nuestros representantes públicos. La segunda es la del pueblo llano, cada vez menos pueblo y más llano.
La Cámara representa los intereses empresariales. El Cabildo, el Gobierno y los ayuntamientos, los intereses del pueblo, pero sólo de una parte del pueblo, en esa en la que están [de nuevo] los empresarios, los intereses urbanísticos y la oportunidad de negocio. Es decir, la Cámara y las instituciones públicas están todas a una embarcados en el negocio que siempre disimulan con términos relacionados con la sostenibilidad y discursos tan grandilocuentes como vacíos. .
Irse a FITUR es, por sí solo, una más que evidente declaración de intenciones, porque nadie va a una feria turística a decir que somos tan sostenibles que no queremos crecer más, y que sólo pueden venir los justos —o que no venga ninguno— y que, de venir, que sólo lo hagan los ricos y los responsables. Se va a lo que se va, a ser más visibles, a captar más negocio, a abrir más conexiones aéreas y, por qué no, a mentir un poco sobre lo que somos en contraposición a lo que realmente somos o queremos ser.
Es cierto que de nosotros no hablan, pues la isla que habitamos no parece existir, estando sólo presente “el destino”, como si una cosa no se refiriera a la otra; como si pudiera ser posible un destino de algo sin nombre ni vida real. Está claro que les conviene desligar el producto y el destino de la isla, pero lo realmente humano, puestos a venderla, es hablar de una isla que visitar con todas sus realidades, dado que lo que vienen haciendo es adaptar el escenario insular a las necesidades de los visitantes, no a las de los primeros depositarios que son quienes la habitamos. Es tan así, que, contra todo pronóstico, Arrecife se ha convertido en un lugar de cierto éxito turístico, y lo hace como una ciudad con enormes carencias y deficiencias, pero la ciudad se olvida y queda el destino. Tanto separan uno y otra —el destino de la ciudad— que el primero se vende como la fiesta perpetua y la segunda languidece lejos de la olvidada mirada protectora de sus gobernantes. Estamos un poco mejor los que nunca antes habíamos pillado un euro de los beneficios del turismo, y la causa es la de que nuestras segundas residencias ahora son vacacionales. Es la primera vez que podemos participar, de verdad, de esa riqueza directamente, porque lo otro es servir en los hoteles. Claro que nos echamos las manos a la cabeza porque no hay vivienda residencial y la que existe es cara o inasumible, pero nuestra responsabilidad no llega hasta donde la administración abandona la suya, que es la de hacer vivienda pública en venta, o en arrendamiento decente. No nos van a hacer asumir lo que nuestros irresponsables dirigentes prometen e incumplen, porque, de corresponderle a la ciudadanía garantizar vivienda digna a terceros, también nos corresponden los privilegios de los cargos públicos, y no hablamos de la permanente impostura de los de la foto, los cuales sí parecen converger en el interés espurio, y lo hacen, motu proprio o bajo la batuta de Clavijo. A todos esos, ni nosotros ni nuestro paisaje interesan por lo que significa. Eso sí, el paisaje, sólo por lo que vale en términos monetarios.
Ni tan siquiera percibo que seamos fruto del descuido, sino del horizonte que se han trazado, que es tanto como seguir siempre adelante, excavadora en mano, para nunca alcanzarlo porque no conviene; nunca detenerse en su desmedida ambición por la obtención de los mayores beneficios del patrimonio común que es el territorio al que someten a una permanente subasta que amparan en normas, planes y leyes que hacen a medida, y que no tendrían recorrido en una democracia real. Todo un entramado que ampara pelotazos como todo lo que se ha presentado durante estos últimos años por el Gobierno y que afectan a Lanzarote y que, de beneficiar a alguien será al destino y a quienes sacan tajada de él, no a la isla. En la foto, en ese escenario en una feria turística que es un sinsentido por la dramática situación actual de Lanzarote, y con bastante poca vergüenza, están quienes menos convienen al interés general, eso sí, literalmente, y según las Sagradas Escrituras, lo que heredarán la tierra [ellos y sus amigos].
Hay una cosa que comparte el destino con la isla, y es la mala gestión del agua que viene protagonizando una empresa que llega de la mano del nacionalismo.
No creo en este nacionalismo canario. Puede que no crea en el nacionalismo de ningún sitio por la podredumbre a la que nos arrastra; por la pobreza moral a la que nos condena, porque no nace para servir, sino para ocupar el espacio que ocupaban otros a los que se considera ilegítimos porque para robar ya están los de aquí.
Ahora, la pata nacionalista en Lanzarote salta con la apertura de un proceso de escucha ciudadana. Será porque están faltos de otras ideas que no sean el saqueo del espacio y de la caja pública, y no porque quieran escuchar a la ciudadanía a la que tanto desprecian y que tanto demanda ser tenida en cuenta.
¡Ojo!, que en la foto, hay más colores que el nacionalista: todos a una, insisto.
Si queríamos contención, no la tendremos con ninguno. A cambio, ahí van dos tazas de nacionalismo, y los terroncillos y la leche para el cortado en la misma foto.











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