Ana Carrasco

Cardúmenes de letras y papel

«Creo profundamente en las palabras, en su capacidad de representar el pensamiento, definir la verdad y crear belleza»
Julian Barnes

 

El collage que observo desde la cafetería en la que me encuentro está lleno de palabras; son tan pequeñas que no alcanzo a leerlas. Realizado sobre una de las paredes del que fue cuartel de la Guardia Civil de Arrecife, se mantiene inquebrantable al sol, al viento y la lluvia. Cada vez que lo veo, no puedo evitar alabar su gracia. Pronto desaparecerá: según leo en medios digitales, los propietarios del inmueble de la Plazuela ya cuentan con autorización para convertirlo en un edificio de cuatro plantas.

Ahora sé que la obra artística fue creada en 2018 para reclamar la atención sobre la situación de abandono de los edificios en el centro de Arrecife, independientemente del grado de protección. Por eso hay otros collages similares en la ciudad —todos excelentes— que embellecen lo desastrado. Este me gusta especialmente porque su fondo es un mosaico de páginas de libros antiguos y enciclopedias. Además, aparece una niña que me recuerda físicamente a una prima muy querida; y abundan los peces. Todos los elementos, dispuestos armoniosamente, conforman un cardumen que me transporta a mi pasado.

La niña podría ser mi prima Vely por su parecido, o yo misma por el atuendo. Lleva un traje muy corto, zapatos y calcetines; trenzas a ambos lados de la cara y flequillo. Así nos vestían y peinaban nuestras madres en aquellos años de finales de los sesenta, cuando Arrecife olía a factoría de pescado porque su principal sustento era la pesca y el enlatado de sardinas.

Un indicador de la abundancia pesquera es la variedad de peces presentes en el collage, aunque algunos de ellos no tienen que ver con nuestra biodiversidad. No sé si las autoras querían reflejar la riqueza marina de Arrecife; pareciera que la niña fuera una especie de «deidad de la abundancia», un recordatorio de lo que el mar dio a nuestra ciudad.

Pero si hubo una especie que abrazó la vida de Arrecife, esa fue la sardina. No solo por ser el pescado procesado y enlatado en las múltiples fábricas de la ciudad, sino también porque, en mi recuerdo, cuando llegaban los sardineros a Naos procedentes del banco pesquero canario-sahariano, los lanzaroteños íbamos al muelle y, a pie de barco, la tripulación nos regalaba, sin ningún tipo de reparo, sardinas. Nos íbamos a casa con bolsas llenas de ellas.

La sardina es una especie pelágica que se alimenta de plancton. Pero si tiene una característica que me asombra, es cómo forman grandes bancos o cardúmenes. Organizadas por tamaño, pueden juntarse más de un millón y moverse al unísono en espiral sin que haya una líder.

Cómo nadan juntas sin que choquen no es un enigma: calculan muy bien las distancias y sus ojos en los laterales de la cabeza permiten coordinar los movimientos. Además, poseen un órgano sensorial, la línea lateral, que recoge las vibraciones y turbulencias del agua. Cooperación, eficiencia, unidad, sincronización y armonía conforman la estrategia que garantiza la supervivencia y la protección ante amenazas. Cada pez, por separado, es vulnerable, pero juntos crean un deslumbrante y enorme animal. Un espectáculo visual en el que millones de ojos juegan a despistar a sus potenciales depredadores.

Los cardúmenes representan inteligencia, definen una estrategia evolutiva y son de tal belleza que nos hipnotizan hasta la médula. Los collages de Arrecife representan inteligencia, definen una verdad histórica y son de tal belleza que me gustaría felicitar a sus autoras, Marta Medina e Isabelle Mathieu. No las conozco, lo que no me impide compartir la feliz idea que tuvieron de utilizar las paredes desconchadas como lienzos y hacer partícipe del proyecto a los vecinos de Arrecife, ya que fueron estos los que donaron sus fotos para crear los collages.

La periodista Almudena Cruz, en un artículo sobre los collages de Arrecife, publicado en el periódico El Día en el año 2019, escribe: «El arte consuela, extiende horizontes mentales, admira y, a veces, asusta al que se sitúa como espectador. Pero la creatividad, asimismo, puede servir para abrir interrogantes y animar a la búsqueda de soluciones». Suscribo cada una de sus palabras. En estos tiempos tan convulsos y desesperantes, más cardúmenes de arte, por favor.

 

P.D. El sombrero de la niña es una especie de tocado en el que se puede reconocer un pez vaquita y un pez araña. En su brazo izquierdo asoma, entre otras variedades, una aguja. Y de la mano derecha cuelgan cinco piezas; una de ellas podría ser una sardina arencada. De la soga penden anguilas, congrios y un pez sable. En la parte superior planea un pez volador, en medio nada una aguja y en la inferior hay un balde repleto de varias especies.

Gracias a Felipe el Agüarecido y a Rafa Mesa por ayudarme con la identificación de las especies.

Añadir nuevo comentario