Sin miedo al agua del grifo: “¿Me voy a poner mala?”
Esperanza lleva décadas bebiéndola. Cynthia, Gloria, Censi y Flor han empezado a hacerlo en los últimos años. Las cinco hablan de su experiencia y desmontan mitos
Cuando Cynthia Martínez llegó a Lanzarote hace nueve años, una de las primeras cosas que le inculcaron es que debía tener “miedo” al agua del grifo. “La gente me decía: No la bebas, que el agua de Lanzarote es muy mala”. A Censi Moreno, que lleva 10 años en la Isla, le ocurrió lo mismo: “Al principio no la usaba ni para beber ni para cocinar, porque todo el mundo me decía que no se podía”. Hoy, con información en la mano, no se explican de dónde parten y cómo nacieron esos temores. Sobre todo porque no siempre fue así.
“Yo llegué aquí en el año 89 y en todos los colegios había bebederos”, recuerda Esperanza Solís, que vivió una realidad muy distinta. “Entonces todo el mundo bebía agua del chorro y nadie se planteaba que aquello era malo”. En su caso, además, no necesitó que ningún experto le confirmara que el agua del grifo es totalmente apta para su consumo. Desde que llegó a la Isla trabaja en el laboratorio de Salud Pública, y precisamente se encarga de realizar análisis constantes del agua para garantizar su calidad. “Si tuviese un problema y no se pudiera beber, no se podría dar por el grifo”, sentencia.
El cambio de mentalidad, afirma, llegó cuando Inalsa creó Chafariz y empezó a vender agua embotellada. “Coincidió con la moda de beber agua embotellada en toda España. Quedaba muy bien y nos dieron el tortazo con el plástico”, lamenta. “El agua de Chafariz era la buena y la del chorro era mala, cuando lo que estaban embotellando era la misma agua desalada”. En su opinión, el problema es que “el negocio del agua es tan grande y mueve tanto dinero, que acabar con él cuesta muchísimo”.
Ella siempre ha bebido agua del grifo. Cynthia y Censi han empezado a hacerlo en los últimos años, igual que Flor Alonso y Gloria Alemán. Algunas se conocían previamente y otras no, pero eso es lo que tienen en común estas cinco mujeres que han querido compartir su experiencia. Hoy, cuando se sientan en un bar, piden un vaso de agua del grifo y el camarero les dice que en Lanzarote “no se recomienda” beberla, preguntan a coro: “¿Quién no lo recomienda?” No hay respuesta.
“Me convenció”
Gloria empezó a abrir los ojos gracias a las primeras jornadas Docentes por la Biosfera, organizadas en 2022 por la Reserva de la Biosfera y el Centro de Profesores. “Uno de los ponentes era Rayco Guedes, que es profesor de Química en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y a mí me convenció totalmente”, recuerda. Entre otras cosas, Rayco dejó dos mensajes: que “el agua del grifo es a día de hoy el alimento más controlado que podamos ingerir”, porque “no hay nada que pase controles más estrictos”, y que el verdadero peligro está en el plástico y los microplásticos del agua embotellada, que sí pueden ser perjudiciales para la salud.
“Al principio no la usaba ni para cocinar, porque me decían que no se podía”
“Yo ya estaba dándole vueltas a la cabeza al tema de los plásticos. Quería cambiarlo y no sabía cómo, pero Rayco me dio la seguridad, porque es una persona con muchísimos conocimientos”. De aquellas jornadas surgió la campaña Más grifo, menos plástico, que este pasado 5 de junio celebró su tercera edición, reuniendo a expertos de distintos ámbitos que inciden en el mismo mensaje. El que también han venido trasladando Canal Gestión y el Consorcio del Agua de Lanzarote: “El agua que sale por el grifo es de una calidad totalmente apta para su consumo” y cumple “con todas las garantías exigibles”. Y lo mismo puede comprobarse en la web del Sistema de Información Nacional de Aguas de Consumo (SINAC).
Sin embargo, la desconfianza sigue ahí. Esperanza, Cynthia, Gloria, Flor y Censi lo saben bien. De hecho, al preguntarles cómo les mira la gente cuando cuentan que beben agua del grifo, se ríen al unísono. “A mí unos amigos me llaman la loca del agua”, bromea Censi, que es médico de profesión. “La mayoría de mis amistades no se atreven”, añade Gloria. Ella, al igual que Esperanza, ha hecho la prueba en su casa cuando recibe visitas. Si le piden agua, les sirve la misma que consume habitualmente. “Cuando les digo que es agua del grifo dicen: Ah, pues está buena. Es algo más psicológico que otra cosa”.
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La barrera del sabor
Para casi todas, el principal problema cuando empezaron a pasarse al agua del grifo fue el sabor, que es lo que hace que mucha gente desconfíe. Sin embargo, subrayan que “es cuestión de acostumbrarse, igual que ocurre con otros sabores a los que no estamos habituados”. No es una cuestión de calidad, sino de un proceso de producción distinto.
“Yo llegué aquí en 1989 y entonces todo el mundo bebía agua del chorro”
Esperanza explica que lo que se hace en las plantas desaladoras es quitar todas las sales y compuestos al agua del mar, dejando un agua destilada. Después, le añaden los minerales que requiere “para hacerla bebible”. En ese proceso se añade también el cloro, que es el que permite que llegue a los hogares en óptimas condiciones, pero también marca el sabor del agua en la Isla. “Les molesta el sabor a cloro, cuando eso es precisamente una garantía de salubridad”, subraya Esperanza.
En su caso, que lleva décadas bebiendo agua del grifo en Lanzarote, está más que acostumbrada a ese sabor, pero el resto coincide en que hay muchas formas sencillas de eliminarlo. Y es que el cloro es volátil y basta con dejar reposar el agua en un vaso o en una jarra de cristal, o enfriarla metiéndola en la nevera, para que ese sabor vaya desapareciendo. La otra opción que usan muchas de ellas, está en los filtros.
Cynthia lo instaló en el grifo de casa y Gloria simplemente compró una jarra con filtro, que le costó 15 euros. Desde entonces, pasa por ahí el agua del grifo y es la que consumen a diario su hijo y ella. Esperanza, como técnica de Salud Pública, no puede evitar intervenir: “Pero eso hay que mantenerlo muy bien, eh”, advierte. Ella insiste en que lo más seguro es consumir el agua que llega directamente de la red, porque los filtros requieren un mantenimiento y no todo el mundo lo cumple adecuadamente. Pero respetando su vida útil y siguiendo las instrucciones para su cuidado, son una opción para quienes no se acostumbran al sabor.
Los aljibes
Censi y Flor tienen circunstancias distintas, porque en su casa no reciben el agua directamente de la red: antes pasa por un aljibe, como ocurre en muchos hogares de la Isla. Y ahí, al ser instalaciones privadas, el agua deja de estar sujeta a los controles de Salud Pública. “Los depósitos y los aljibes hay que mantenerlos en buen estado, como se hacía de toda la vida de Dios aquí en la Isla”, precisa Esperanza. “Se limpiaban y se encalaban todos los años y eso era un método de desinfección”. Además, subraya que es importante que no tengan grietas, para asegurarse de que no entren elementos extraños. “En los depósitos de antes, muchas veces se llevaba el viento la tapa y las palomas iban a beber y se ahogaban ahí. Claro, esa agua estaba podrida”.
“Mis amigos me llaman la loca del agua”, bromea Censi
En cualquier caso, aclara que el mantenimiento de los depósitos no solo es necesario para poder beber con garantías, sino para cualquier uso que se le vaya a dar al agua. “Una vez pedí un café y un vaso de agua del grifo en un bar de Arrecife y no me lo querían dar. El camarero me decía: Del grifo no se puede, yo no voy a poner mi trabajo en peligro si usted se pone mala. Y yo le pregunté: Mira, ¿y tú con qué agua estás lavando todo? ¿Con qué lavas las verduras? ¿Sale del grifo, no? Si me enfermo igual la responsable no es el agua, sino tú, que eres el que tiene que mantener bien sus cosas”, recuerda Esperanza.
En su caso vive en un edificio, y lo primero que hizo en su día fue pedir una limpieza del aljibe de la comunidad, que llevaba años sin mantenimiento. Censi, por su parte, lo ha tenido más difícil. Ella vive en Playa Honda y hace dos años, tras sufrir varios cortes de agua, decidió rehabilitar el aljibe de su vivienda, que estaba en desuso. “Uno de los cortes duró tres días. Estuve duchando a los niños con garrafas de plástico y nos dimos cuenta de que necesitábamos ese depósito”.
El problema fue cómo le hicieron esa obra: “Con lo que sé hoy, jamás hubiera hecho eso”. En total le colocaron tres filtros, uno de ellos de carbón activo, justo en el punto de entrada de agua al aljibe. Es decir, ese filtro le estaba quitando el cloro al agua antes de almacenarla. Cuando empezó a informarse más, entre otras cosas a raíz de la campaña Más grifo, menos plástico, le entraron “dudas” y decidió hacer un análisis. El resultado: había E. coli en el aljibe.
“Por eso estoy en contra de los filtros”, insiste Esperanza. Especialmente los que incluyen químicos, como el carbón activo, porque “secuestra el cloro” y elimina esa “barrera sanitaria”. En su opinión como profesional, la mejor opción es la que se usaba antiguamente, “porque aquí en el campo sabían mucho”. Es decir, poner un sistema de redes en las conducciones hacia el aljibe, con distintas densidades, para retener los residuos sólidos sin necesidad de químicos.
Censi, después de haberse asesorado mucho, porque lamenta que falta información con este tema, ya tiene presupuesto para acometer una nueva obra en su aljibe. “Mi hijo bebía del grifo y está deseando volver, pero le he dicho que hasta que no esté limpio tenemos que esperar”.
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Profesores y alumnos
Flor también tuvo un problema con el aljibe de su vivienda y está esperando a resolverlo para dejar de comprar agua embotellada -“de cristal, nunca de plástico”, aclara-. Pero en su trabajo, en el Centro del Profesorado de Lanzarote, ya bebe a diario del grifo. “Desde que tenemos en el CEP un pequeño filtro debajo del grifo, todo el mundo bebemos de esa agua”. Y es que el ámbito educativo es el que más se ha implicado en este proceso.
“Cuando les digo que es agua del grifo dicen: Ah, pues está buena”
Uno de los impulsores de la campaña Más grifo, menos plástico es Yeray Guedes, profesor del Colectivo de Escuelas Rurales de Lanzarote. “Fue él quien me comentó que a través de su hermano y de las escuelas rurales estaban apostando por este cambio y me pareció fantástico”, recuerda Flor, que involucró también al CEP. “Lo apoyamos desde el primer momento y además quisimos que fuera un proyecto dentro de la Dirección General de Ordenación e Innovación, en el eje de sostenibilidad”. Desde entonces siguen intentando que el Gobierno de Canarias realice una convocatoria para que puedan sumarse todos los centros educativos que quieran, para que puedan contar con ese “respaldo institucional”.
Mientras tanto, a título individual, en Lanzarote ya se han unido varios, instalando fuentes en los patios. Además, un nuevo proyecto para “renaturalizar los centros educativos” les ha dado esperanzas: “Dentro de los criterios por los que dan más puntuación y más dinero, hasta 40.000 euros para cada centro, está precisamente la colocación de fuentes”, explica Flor Alonso, que cree que ese “respaldo jurídico y económico va a ayudar a que las direcciones de los centros se involucren”.
Cynthia también es maestra y en su colegio ya hay una fuente instalada. “Imagínate con las olas de calor, que los niños se beben toda el agua, está genial poder mandarlos a rellenar ahí las botellas”. Son ellos, los más pequeños, los que están asumiendo el cambio con más naturalidad. Lo deja claro uno de los hijos de Censi, que tuvieron que acompañarla a la entrevista. Entre merienda, juegos y un poco de aburrimiento, prestó atención a la conversación de la mesa cuando escuchó hablar de colegios, y quiso hacer su aportación espontánea: “En mi cole se bebe agua del grifo”.
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Gloria ha hecho cuentas y desde que dejó de comprar agua embotellada, ahorra entre 400 y 500 euros al año, en una casa con dos personas. “El ahorro es una pasada, pero también la comodidad de no estar cargando con garrafas”, añade Cynthia, que ha ganado “en tiempo y en logística”. Esperanza asiente: “Cuando ves lo que está pagando la gente por cargar agua envasada en plástico, cuando el agua del grifo es totalmente segura, dices: ¿Pero qué estamos haciendo? ¿Estamos locos?” Frente a esa realidad, todas coinciden en citar los estudios que advierten del riesgo de los microplásticos para la salud. “Se han detectado nanoplásticos hasta en la orina de niños por los biberones. Imaginémonos en el agua embotellada, cuando muchas veces está en un camión al sol con el plástico calentándose”, subraya Esperanza.
“Les molesta el sabor a cloro, cuando precisamente es garantía de salubridad”
A estos argumentos para pasarse al agua del grifo, por supuesto, suman el de la sostenibilidad. Por un lado, por reducir el consumo de plástico. Por otro, por la huella de carbono que genera desde el embalaje hasta el transporte a la Isla de esas botellas y garrafas. Además, afirman que asumir que el agua del grifo es totalmente potable, les ha ayudado a valorarla más y a no “malgastarla”, porque “es el agua que bebemos”.
“Yo convencería a cualquiera diciendo: Pruébalo un mes”, sostiene Gloria. Así empezó ella y ahora, además de una jarra con filtro, ha comprado una botella de anhídrido carbónico, porque le gusta más el agua con gas. “Son bombonas reutilizables que puedes rellenar, y con eso le doy a un poquito de gas a mi agua del grifo”.
Para Cynthia, se trata de eso: de ir “poco a poco” dando pasos para reducir el consumo de plástico. Esperanza, como técnica de Salud Pública, añade además otro argumento: “Yo me fío mucho más del agua que sale del grifo, que está corriendo continuamente y se está renovando, que del agüita esa tan maravillosa que nos venden, y no solo por el plástico. Me fío de la que yo analizo, porque trabajo en ello”.


















Comentarios
1 sinplomo Mar, 09/06/2026 - 07:44
2 Jota Mar, 09/06/2026 - 10:45
3 Uno que pasaba Mar, 09/06/2026 - 11:57
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