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La disparatada leyenda del Diablo de Timanfaya

Mario Ferrer 0 COMENTARIOS 30/05/2021 - 10:55

En primer lugar, tengo que pedirles que vean el vídeo que acompaña este artículo. A mí me llegó hace unos tres o cuatro años gracias a una amiga guía turística, quien, muy indignada, me decía que sus clientes le pedían información sobre el asunto. Honestamente, siempre trato de ser respetuoso con todos los gustos estéticos y también con las maneras en que cada uno se busca los garbanzos, pero el vídeo me pareció tan penoso que preferí no opinar. Además, pensé que tendría mucho recorrido y que era mejor no darle demasiada importancia... Sin embargo, el tiempo me ha demostrado mi equivocación y cada vez me encuentro más a menudo con esta disparatada seudoleyenda, al tiempo que mi disgusto hacia el vídeo ha ido en aumento.

En segundo lugar, me gustaría confirmarles que no soy un purista de las tradiciones ni un creyente apasionado de las leyendas. Más bien al contrario, cualquiera con un conocimiento mínimo de historia y cultura sabe que las leyendas se inventan con frecuencia. Uno de mis historiadores favoritos, Eric Hobsbawm, coordinó un libro muy recomendable titulado La invención de la tradición, en el que diversos autores comentan casos concretos de creaciones de tradiciones por motivos ideológicos y políticos, algo muy habitual tanto en Europa como en otros continentes. Sin ir muy lejos, las leyendas que cuentan que un cuadro de San Ginés (patrono de la capital de la Isla) llegó flotando a Arrecife y que la Virgen de Los Dolores (patrona de Lanzarote) paró súbitamente los volcanes en Mancha Blanca son escasamente defendibles si uno busca la veracidad, pero es evidente que la gracia de las leyendas está más en la creación de un buen mito que en su autenticidad. ¿Qué más da la verdad cuando el sentido de los mitos es sobre todo estético y literario? ¿Acaso Ulises hizo todo lo que cuenta Homero en La Odisea o Arturo y sus caballeros eran tan idealistas como relata su cuento en el difícil mundo de la Edad Media?

Aclarado lo anterior, y que me parece legítimo inventarse leyendas, debo admitirles que ésta del Diablo de Timanfaya ha llegado a repugnarme como pensé que nunca lo haría. Al contrarió de lo que creí inicialmente, su difusión no ha parado. Me he topado con multitud de referencias en internet y en revistas de papel. Incluso también me he encontrado con alumnos de secundaria y de la universidad que la citan como la única leyenda que conocen de Lanzarote.

Los motivos de mi enfado in crescendo sobre esta supuesta leyenda no residen en que su puesta en escena sea estéticamente hortera (allá cada uno con su gusto), sino en que es un verdadero fraude. Para empezar, recordemos que la imagen del Diablo de Timanfaya es una creación pura y dura de César Manrique, gran diseñador e inventor de logotipos. Nadie lo dice en el vídeo, que tiene una clara intención comercial a favor de una marca que vende plantas medicinales, que, por cierto, produce la pieza. Además esta leyenda de Aloe y Vera no tiene nada de creación literaria. No solo se apropia de un diseño de Manrique sino que encima copia la leyenda de Gara y Jonay con un fin puramente mercantil…

Las leyendas no tienen por qué ser verídicas, pero es deseable que disimulen algo en ese sentido o que, por lo menos, no traten como estúpidos a los que la escuchan. Es tan disparatado el trasfondo histórico de la leyenda del Diablo de Timanfaya que llega a incomodar. No es solo que la tragedia que fabula sea inverosímil o que no se encuentre huella de tal relato en la literatura oral ni en el romancero tradicional de la Isla, sino que es infame hasta con la propia planta, ya que en Canarias tradicionalmente siempre se conoció como sábila, no como aloe vera, que es su nombre científico. ¿Ustedes se imaginan a un lanzaroteño del siglo XVIII llamando a su hijo Aloe?

También admito que esta seudoleyenda me irrita porque, a menudo, oigo a salvadores de la patria hablar de la sagrada historia de Lanzarote sin saber nada de la misma o a obispos del marketing turístico clamar contra quienes exponen con realismo los problemas de la Isla (precariedad laboral, corrupción, pobreza…) argumentando que eso puede perjudicar a nuestra sacrosanta imagen turística. ¿Si nos importa tanto la salud del turismo y la “marca Lanzarote” no sería mejor vender a los turistas leyendas que fueron menos falsas?

El colmo de mi enfado, el que me ha llevado a no ignorar más el asunto y escribir este texto, ha sido descubrir que los Centros de Arte, Cultura y Turismo citan la “dramática leyenda del Diablo de Timanfaya” para un concurso sobre el Día de Canarias. Los CACT son espacios culturales de gran relevancia que deberían respetar un poco más su propia historia. Fomentar que la obra de Manrique sea rebajada de esta manera es como si la Organización Mundial de la Salud (OMS) diera pábulo a las teorías de Miguel Bosé sobre el coronavirus. Aunque el trasfondo del asunto no se queda solo en los CACT, sino en el escaso conocimiento que tiene la sociedad insular de la historia de la isla, a pesar de los encendidos cánticos que oímos en alegatos políticos, romerías o celebraciones de Día de Canarias. Tenemos uno de los índices de lectura más bajos del país, que a su vez está a cola de Europa. Por eso nos cuelan disparates como la leyenda de Aloe y Vera. Así andamos en Lanzarote en 2021. Falseando nuestra propia historia para vender la cultura de la isla a un turismo de saldo.

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