PERFIL

Domitila Padrón, la intensa vida de la mujer rural del año

Estuvo siempre ligada al campo, aunque de soltera cosía en el taller familiar

Domitila Padrón conserva su pasión por el punto. Foto: Adriel Perdomo.
María José Lahora 2 COMENTARIOS 15/11/2020 - 08:48

A sus 97 años de edad, Domitila Padrón (24 de mayo de 1923) puede presumir de mantener una memoria envidiable. Una bella sonrisa envuelve su mirada. Esa que enamoró en su juventud a sus pretendientes y ahora a las cámaras de los fotógrafos y de televisión, tras convertirse en una figura pública en Lanzarote al recibir el homenaje como mujer rural del año. “Y yo contenta de tener tanta publicidad”, dice orgullosa esta vecina de Mácher.

Domitila recuerda que los jóvenes de su época acudían a los bailes para conocerse. “Había que salir para conseguir novio”, dice. “Si la persona no es vista no es adoraba”, cita. No es de extrañar que de esos encuentros saliera alguna que otra relación. También recuerda su época de moza, cuando le llovían los pretendientes: “Me gustaba mucho redactar las cartas y ponía a los chicos loquitos”, dice entre risas. “Yo era muy pícara en esa época”, añade. Fue en uno de los bailes donde conoció al que más tarde sería su marido, Juan Viña Hernández.

Tras varios años de noviazgo y mucho trabajo para conseguir unos buenos ahorros, la pareja pudo por fin adquirir la casa donde Domitila pasó su infancia y juventud y emprender una vida en común. Contaba 27 años el día que contrajo matrimonio.

Los padres de Domitila, Marcial Padrón Medina y Carmen Bermúdez Mesa, marcharon entonces “al Uruguay” junto al resto de sus hermanos. Aunque estos regresaron al cabo de los años, sus padres decidieron permanecer en el país latinoamericano, que pudo visitar en una ocasión. También solían regresar en algún viaje sus padres, aunque nunca para quedarse. “Toda la ilusión de mis padres era viajar al Uruguay y allí se quedaron”.

Tras su regreso de tierras americanas, algunos representantes de la familia se instalaron en Fuerteventura. Era costumbre (antes del coronavirus) quedar cada año para reunirse.

“En la escuela nos echaban a los mayorcitos para que entraran otros niños”

La vida de Domitila estuvo siempre ligada al campo, aunque de soltera solía coser en el taller familiar. Ella misma confeccionó el traje de su marido para la boda, que Juan lució, años después, en un retrato familiar junto a los dos hijos del matrimonio, Rogelio y María Imperio.

De diseñar su vestido de novia se encargó su hermana modista, especialista en moda femenina. La pasión por las labores de costura la ha mantenido durante todos estos años. Sorprende ver cómo maneja las aguas de punto. Tiene debilidad por confeccionar fundas de cojín. Hasta una a la semana dice que hace.

También recuerda que desde pequeña bordó muchísimo, incluso para la calle, aunque hoy día se le fatiga la vista y prefiere las labores de punto, más llevaderas y en las que se afana a todas horas, ya sea para confeccionar prendas para decorar su hogar o para regalar a los miembros de su familia. No en vano, cuenta con cinco nietos y un biznieto.

Vida rural

Tras la boda, a Domilita le tocó alternar las labores del campo con las domésticas como ama de casa. En el campo, el matrimonio sembraba cebollas, tomates, arvejas, cebada, millo, judías y chícharos. “De todos los granos teníamos”, dice. Domitila resalta el duro papel que realizaban las mujeres de su época, “trabajando en el campo y en la casa”. Algunas de ella, con maridos “ruines, hasta leña le daban a sus esposas. Hoy los maridos andan derechos, porque, si no se portan bien, les ponen la maleta en la puerta”, comenta.

De su infancia recuerda sus años de estudio en el colegio. Primero en Tías, con doña Pilar, que, de origen peninsular, acabó mudándose a Uga tras contraer matrimonio. Cuando contaba 10 años, la familia de Domitila se trasladó a Mácher, donde al principio no había maestro público, hasta que a los 13 años pudo retomar las clases con doña Dominga, mujer de Rafael Stinga, de la que dice “era una excelente maestra”. Su tiempo en la escuela no duró mucho más, “la escuela entonces no era más que una habitación y nos echaban a los alumnos mayorcitos para que entraran otros niños”, narra.

Domitila fue la mayor de ocho hermanos. Le tocó cuidar de ellos y dice que si lloraban los castigaba. Cuenta una anécdota de esa época, cuando de jovencita se quedó de madrugada cuidando de los pequeños. “Mi madre salió de amanecida y uno de mis hermanos comenzó a llorar. Yo quería seguir durmiendo, y como no callaba, le di una torta que le dejé seco. Entonces pensé: ‘Ya le maté’. Al menos, hizo que se durmiera”.

Otra historia que cuenta de su infancia es la de aquella vez, aun residiendo en Tías, cuando le encargaron ir a comprar con la burra. En el camino se encontró con una amiga del colegio a la que comenzó a hacerle “regañizas”, con tan mala fortuna que Domitila cayó sobre una pared y se golpeó la cabeza. “A mi madre le dije que había sido la burra. Era mala yo, entonces”, dice entre risas.

“Los extranjeros empezaron a comprar en Mácher y la gente cogió dinerito”

Otro momento memorable fue la peregrinación a la ermita de Las Nieves con unas zapatillas de suela de caucho y amarradas al tobillo con un atillo que le destrozaron los pies. “No podía ni caminar y llegué coja perdida”. Tal era su dolencia, que causó la burla de algunos vecinos, según explica. Las peregrinaciones a la Virgen eran habituales para cumplir las promesas.

Sobre la evolución de Mácher en todos estos años de vida, Domitila comenta el impulso del turismo. “Los extranjeros comenzaron a comprar terrenos y la gente cogió mucho dinerito. Nosotros no”, explica. Añade que algunos de los propietarios del suelo se querían quitar de encima estos terrenos “para no pagar la contribución, pero se los vendieron bien a los extranjeros”.

“Hubo un disloque haciendo casas para el turismo, y la gente ganó su dinero y también pudo construir sus propias viviendas”, comenta sobre el desarrollo de la localidad. A pesar de su vitalidad, Domitila no ha estado ajena a los achaques propios de la edad: “Tengo mis problemas de salud, pero los llevo bien. Pocas personas de mi edad pueden decir que caminan como yo y, gracias a Dios, la cabeza, hasta el día de hoy, funciona más o menos”. Ha sufrido de problemas de corazón que le han obligado a vivir con un marcapasos, y algún que otro broncoespasmo, aunque ya hace un “tiempito” que no le dan.

Con esto de la COVID, echa de menos acudir a la misa de la ermita de San Pedro: “Desde que empezó el virus he ido dos veces, no más”. Tenía por costumbre desayunar después de la ceremonia en el bar con una amiga. Ahora se tiene que conformar con ver la homilía por la televisión.

Comentarios

Fantástica , absolutamente fantástica . Gracias por el reportaje y gracias a esta mujer por su pasión por la vida .
Muy buen reportaje y enhorabuena a la señora por hacernos llegar esos momentos de antaño.

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