Sari Cáceres, Nona Perera y Paqui Hernández eran casi unas niñas cuando entraron a trabajar en la conservera en los años 70, para investigar los vertidos que habían hecho intransitable la zona

Infiltradas en La Rocar: las adolescentes que quisieron salvar el Charco
Sari Cáceres, Nona Perera y Paqui Hernández eran casi unas niñas cuando entraron a trabajar en la conservera en los años 70, para investigar los vertidos que habían hecho intransitable la zona
A principios de los años 70, el Charco de San Ginés se había convertido en un lugar intransitable. “La orilla era como una bola de petróleo negro apestoso. Por encima tenía una especie de nata y si la pisabas te hundías”, recuerda Sari Cáceres. Su amiga de la infancia, Nona Perera, la mira y asiente: “La gente no podía ni salir de las casas por el olor”. Ellas eran entonces unas adolescentes, pero habían conocido otros tiempos en los que los niños se bañaban en el Charco, y decidieron investigar: “Queríamos saber cómo había acabado así un sitio tan maravilloso”.
Más de medio siglo después, Sari, Nona y Paqui Hernández recuerdan aquella aventura que les llevó a infiltrarse como trabajadoras en la conservera La Rocar, cuando solo tenían entre 12 y 14 años. Querían conocer de cerca los vertidos que estaban contaminando el litoral de Arrecife. “Después de aquello, nunca he podido volver a comer atún”, confiesa Nona.
Las tres pertenecían a un grupo de adolescentes inquietos, formado en su mayoría por mujeres. Algunas eran vecinas o se conocían de la escuela, pero también coincidían en el Club Séneca, gestionado por la Iglesia. “Era muy dinámico. Teníamos periódico, excursiones, balonmano, teatro, baile...” Incluso les daba clases de ping pong un campeón de España que estaba “haciendo el cuartel” en Lanzarote. Aun así, no era suficiente. Necesitaban algo más y decidieron crear su propia asociación: Gamá, que en lengua aborigen significa “basta ya”. Su objetivo era hacer algo frente a las cosas que no iban bien en su entorno; y lo primero fue el Charco de San Ginés.
Un escenario doméstico
Recuerdan que en su infancia, el Charco era como “un escenario doméstico”. Los barcos pesqueros convivían con las mujeres que se acercaban “a lavar las papas a la orilla” y con los niños que se daban chapuzones en sus aguas. “No estaba limpio del todo, pero tampoco lo está ahora”, apuntan. El gran problema llegó con los vertidos de las fábricas conserveras, especialmente de La Rocar, y con el dique que se construyó en la zona próxima de Naos. Ese muro impedía que los residuos fueran mar adentro, haciendo que se acumularan en la costa, generando contaminación y provocando un hedor que se hizo conocido en toda Canarias.
El Charco se terminó dragando en 1976, tras años de protestas vecinales
“Conocíamos mucha gente que vivía en el Charco y que se quejaba de la situación. Hasta decían que cuando se hacían una herida no se les curaba, que se les infectaba”. Por eso decidieron averiguar más, y el primer paso fue “hacer encuestas” entre los vecinos de la zona. El siguiente, fue adentrarse en el problema: “Vimos que la opción para saber qué pasaba era meternos a la fábrica a trabajar”.
En total fueron cinco las jóvenes que dieron ese paso, aunque cada una lo vivió de manera distinta. “Yo aguanté dos horas y media, pero me las pagaron”, bromea Paqui. En su caso, la pusieron a trabajar en una cadena de montaje, con botas, delantal y unos guantes que se le rompieron “desde el minuto uno”. Allí recibía palanganas llenas de sardinas, “ya descabezadas y sin tripas”, y debía ir colocándolas en unos pinchos. “Algunas palanganas se me pasaban, porque venían muy rápido, y empezaron a gritarme. ¡Qué miedo! La mayoría era gente de Barbate, que tenía otra forma de hablar, y nosotras éramos unas crías”. Cuando a las diez y media de la mañana sonó la sirena del primer descanso -ese sonido que inundaba toda la ciudad marcando el ritmo de la fábrica-, se marchó para no volver. “Aquello fue durísimo”.
De las cinco adolescentes que entraron, otra también abandonó el primer día. “Eran las más pequeñas”, justifica Sari. Ella, junto a Nona y una hermana de Paqui, aguantó. “Cada vez que llegaba a casa, mis hermanos protestaban por el olor. Te lavabas pero no te lo quitabas de encima”, recuerda. Nona lo tuvo aún más complicado, porque fue la única que no les contó a sus padres que iba a trabajar en La Rocar. “No me hubieran dejado”.
Sari tenía una madre “liberal”, hija de un represaliado de la dictadura y alejada de la Iglesia; pero la familia de Nona era lo habitual en la época: religiosa y conservadora. “Yo siempre tenía que mentir para hacer cualquier cosa”. Cuando salía de la fábrica, se duchaba “dos veces” en casa de una de sus compañeras y si el olor persistía, se inventaba “excusas”. Las demás, lo que ocultaron fue el motivo que les llevó a entrar en ese trabajo. Todas venían de familias a las que “no les sobraba el dinero”, y la mayoría lo justificó diciendo que querían “buscarse la vida” y ahorrar para poder acudir a los viajes que hacían con las montañeras.
La libreta “robada”
Aún no se explican bien cómo les dieron el trabajo en la fábrica, ni tampoco cómo se embarcaron ellas en algo así, pero Sari apunta a Nona. “Siempre digo que era la más ocurrente para esas ideas. Igual que cuando empezó con el rollo de la arqueología y desde niña se metía en las cuevas”, dice de la que después fue durante años jefa de Patrimonio Histórico del Cabildo. “Yo era más miedosa, pero me gustaba y me motivaba su carácter de investigar y de conocer cosas”.
“Aunque te lavaras al salir de la fábrica, no te quitabas el olor de encima”
Nona, de hecho, era la que acudía a La Rocar armada de una libreta, donde iba apuntando todo lo que llamaba su atención. En primera persona pudieron ver cómo desde la parte trasera de la fábrica se arrojaban directamente al mar todos los desperdicios, pero ya no se interesaban solo por los vertidos, también por las condiciones laborales en la conservera. Cada vez que tenían oportunidad, hacían preguntas a sus compañeras, que las recibían con recelo. “¿Por qué te interesa? ¿Qué escribes ahí?”, le llegó a cuestionar una de ellas. La libreta, que Nona solía guardar en su taquilla de la fábrica, terminó desapareciendo. “Yo creo que me la robaron”, sostiene. “Siempre sospeché que los jefes nos vigilaban. Que sabían por qué estábamos ahí y por qué estábamos preguntando”.
En general, afirman que el ambiente hacia ellas era “hostil”, también con las compañeras. La mayoría eran mujeres que las conserveras habían traído desde Andalucía, porque llegó a haber cinco fábricas en Arrecife y no encontraban mano de obra en la Isla. Algunas eran chicas solo un poco mayores que ellas y otras mujeres que habían venido con sus familias. Los maridos faenaban en el mar y ellas en las fábricas, y la mayoría vivía en “una habitación gigante con literas” que la empresa había habilitado frente al Parador. “Yo me imagino que ahí no tenían baño ni se podían lavar, porque se echaban colonia para quitarse el olor”, apunta Sari. “Imagínate vernos llegar a unas estudiantes a ese trabajo tan duro que tenían. Nos verían como a unas pijillas”, añade Nona.
No obstante, coinciden en que sí tuvieron más relación con algunas jóvenes y en especial con un grupo de chicas de Argana que también trabajaban en La Rocar. Pero cuando hacían preguntas en la hora del bocadillo, la desconfianza era la misma. “Evadían las respuestas y nadie nos quiso decir nunca ni cuánto cobraba”.
Entre tijeras y pimienta
Sari no olvida el primer enfrentamiento que tuvo a cuenta de su trabajo. A ella le habían puesto a anotar las cajas de sardinas que completaba cada trabajadora, que cobraba en función de ese número. “Una señora se enfadó porque decía que le había anotado una caja menos. Me gritó, cogió unas tijeras y me dijo: la próxima vez que te equivoques te saco los ojos”.
“Yo aguanté en la conservera dos horas y media, pero me las pagaron”
Ese mismo día pidió que le cambiaran las funciones, y acabó colocando a mano pimienta en las latas. Pasó toda la jornada con un dolor cada vez mayor y al día siguiente, “tenía la mano como un monstruo, hinchada y dolorida”. De ahí pasó a la limpieza del atún, pero en las latas de sardinas picantes ya había dejado su propio sello. “Conforme me iba doliendo más la mano, en vez de una pimienta ponía hasta tres o cuatro y pensaba: el que se coma esto se va a acordar de mí”.
Nona también recuerda el atún y por qué no ha podido volver a comerlo -“a veces estaba verde, como podrido, y lo raspaban antes de ponerlo en las latas”-, así como las duras condiciones de trabajo. El calor y los vapores que emanaban de las calderas, el olor asfixiante y el ruido, que impedía hablar siquiera con las compañeras durante la jornada. Por eso, a su interés inicial por los vertidos se sumó esa nueva inquietud sobre las condiciones laborales y sobre sus compañeras. “Cómo venían a la Isla desde otros lugares para hacer este trabajo tan duro”.
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Nona y Sari, cuando fundaron Gamá.
Promesa de un sancocho
Su experiencia como trabajadoras infiltradas en La Rocar duró 13 días. De allí salieron con su primer sueldo, que les pareció “muchísimo dinero”; con el número de la Seguridad Social que les ha acompañado toda la vida, al ser su primer contrato; y con varias latas de sardinas que les regalaron el último día. En cuanto a sus pesquisas, se quedaron para ellas, pero sirvieron para aumentar su convicción de que había que poner fin a los vertidos.
“Después de aquella experiencia, nunca he podido volver a comer atún”
En los meses y en los años siguientes se sumaron a las manifestaciones vecinales reclamando el dragado del Charco de San Ginés y la apertura de unos ojos de desagüe en el dique que había agudizado el problema. También recuerdan que un compañero hizo pintadas en el Charco, y que ellas mismas acudían a los plenos del Ayuntamiento con pancartas. “Para la fábrica era un ahorro verter al mar, pero era un problema social y sanitario que había que solucionar”, subraya Nona.
Finalmente, las obras de dragado del Charco comenzaron en septiembre de 1976, y en esas fechas se anunció la construcción de un emisario para reducir el problema de los vertidos de las conserveras. La Asociación de Cabezas de Familias de Arrecife, que había abanderado buena parte de las protestas, cuestionaba entonces en El Eco de Canarias que esa inversión se afrontara con dinero público del Ayuntamiento, cuando entendía que eran las empresas que estaban contaminando las que debían sufragar las obras.
En los años siguientes hubo que hacer otros dragados en el Charco, pero el problema se amortiguó, hasta que el declive de la pesca, con la pérdida del banco sahariano, terminó trayendo consigo el cierre de las conserveras. Pero Nona, Sari y Paqui recuerdan con satisfacción aquella primera limpieza que se llevó a cabo en 1976. “Cuando estábamos haciendo las entrevistas entre los vecinos, la gente del Charco nos ofreció un sancocho si lográbamos que lo limpiaran, pero nunca nos lo hicieron”, bromean.
No obstante, todas coinciden en que se llevaron mucho más. Para Nona, “tener una visión de la vida de aquellas mujeres y de cómo curraban”, y también entender que hay una causa detrás de cada problema medioambiental. Para Sari, el “tesoro” de haber vivido esa experiencia: “Creo que nos sirvió también para conectar con un montón de problemas de la clase trabajadora”. En cuanto a Paqui, que solo pasó unas horas por La Rocar, extiende su valoración a todo lo que supuso para ella formar parte de ese colectivo juvenil Gamá: “Esa parte de mi vida es la que ha hecho que yo sea lo que soy ahora. Para mí es una suerte haber vivido todo aquello y haberlas encontrado a ellas y a toda esa gente, porque todo eso te enriquece como ser humano”.
La asociación Gamá, que unió de manera informal a un grupo de adolescentes a principios de los 70, no solo puso la vista en los vertidos de las conserveras, también se volcó en otros temas. Sari, Nona y Paqui recuerdan especialmente una protesta que protagonizaron en 1973. Ese día, Arrecife acogía la gala de Miss España, con la victoria de la que después se convertiría en Miss Universo, Amparo Muñoz, y aprovecharon para salir con una pancarta en la que reclamaban dos servicios básicos: agua y luz. La red de agua ya había empezado a funcionar en la capital pero los cortes eran constantes, y la luz faltaba con demasiada frecuencia. “Empezamos a gritar ‘agua y luz’ y se paró todo el mundo, se paró la música y cada vez más gente gritaba agua y luz”, recuerdan.
Con la distancia del tiempo, sus impulsoras afirman que era un movimiento ecologista, aunque entonces poco sabían de esos términos. Fue después, gracias al hombre que regentaba la librería García Lorca, cuando empezaron a conocer conceptos que resultaban muy lejanos en esos últimos años del franquismo. “Nos reuníamos en un palomar con Manuel Medina, al que llamábamos Manuel el comunista, para recibir clases de política clandestinamente. Había estado muchos años en la cárcel represaliado y caminaba encorvado de las palizas que le dieron”.
En aquellos años empezaba el desarrollo turístico y Nona Perera evoca cómo en otra ocasión hicieron pintadas por la ciudad con un mensaje: “Se vende Lanzarote”, junto al número de teléfono del Cabildo. Después dejaron la Isla para ir a la universidad y Gamá quedó como un recuerdo juvenil, pero los caminos de las tres siguieron unidos en Gran Canaria. Allí acudieron juntas a manifestaciones, se movilizaron por el No a la OTAN y vivieron “de primera mano la descolonización del Sáhara y la formación del Frente Polisario”, haciendo “de enlace” para llevar material desde las islas.
Hoy Nona milita en Podemos y forma parte de Ecologistas en Acción en Lanzarote, pero Sari y Paqui no pertenecen a ninguna asociación. Eso sí, siguen acudiendo a cada manifestación en la que creen, y también han dejado su impronta en su trabajo como maestras, “intentando trabajar en sitios más conflictivos” y rodeándose “de gente que iba muy avanzada en la manera de trabajar”.
















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1 Vecino Lun, 29/06/2026 - 07:29
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