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“Una pradera irlandesa no tiene la riqueza biológica de un paisaje seco de la Isla”

Jaime Gil y Marta Peña acaban de publicar un nuevo libro titulado ‘Usos culturales de las yerbas en los campos de Lanzarote’

Myriam Ybot 0 COMENTARIOS 26/02/2026 - 07:00

En el año 2000, Jaime Gil y Marta Peña, ingenieros agrícolas y etnobotánicos con una larga experiencia en investigación sobre el patrimonio vegetal de las Islas, habían llegado ya a una convicción compartida: el enorme acervo de sabiduría vinculado a la agricultura tradicional y al uso de especies nativas y autóctonas estaba en serio riesgo de desaparición.

Su acercamiento al mundo rural para sus trabajos El cultivo tradicional de la papa en la isla de Tenerife (1997), Batatas de Anaga. Inventario e identificación (2001) y Cultivos tradicionales de Lanzarote: Diversidad y ecología (2005), junto a la misión personal de recolectar semillas propias de las distintas islas, les confirmó que los agricultores de edad avanzada conservaban valiosos conocimientos que no debían perderse. Y también que, cada vez que conversaban sobre cultivos, las hierbas acababan brotando en el diálogo, con todo el peso de su importancia sociocultural.

En 2009 salía a la luz la obra Usos culturales de las yerbas en los campos de Lanzarote, más de 500 páginas dedicadas a recoger la sabiduría popular y las aplicaciones de las plantas silvestres de la Isla. Y el pasado mes de diciembre lo hacía el segundo volumen, alcanzándose las referencias a más de 200 especies diferentes, recogidas a lo largo de tres lustros de trabajo de campo.

Jaime Gil se remueve en la silla cuando la charla avanza, en términos laudatorios, hacia la superficie vegetal que alfombra la Isla tras dos meses de lluvias continuadas. “Yo lo llamo la tiranía del verde”, asegura, entre el desafío y la chanza. “He leído en la prensa que Lanzarote había recuperado su paisaje, que en estas fechas se parece a Irlanda; como si eso fuera sinónimo de biodiversidad o de riqueza natural. Y resulta que una pradera irlandesa de almanaque, con su vaca pastando, no tiene la riqueza biológica del paisaje más seco de Lanzarote”.

Argumenta su afirmación con rotundidad científica: “Aunque tú veas aquí un paisaje árido, o pasen cinco o diez años sin que caiga una gota, toda la diversidad está en lo que llamamos el banco de semillas del suelo. Las semillas pueden estar ahí, latentes, durante mucho tiempo y dependiendo del régimen de precipitaciones, si se mantiene la humedad en el suelo durante mucho tiempo, ese banco de semillas va a germinar y nos va a regalar estos verdes espectaculares”.

El abandono del campo supuso un frenazo al aprendizaje de tradición oral

En todo caso, Jaime Gil y Marta Peña abogan al unísono por la preservación de la cultura de secano, que se está perdiendo a pasos agigantados. “La gente está cultivando sus huertos, y es normal que quieran su calabacín y su lechuga, pero vemos que se podría estar dando prioridad a producciones que tradicionalmente no estaban presentes en la Isla, y que sin riego no podrían subsistir. Y deberíamos intentar no perder la cultura asociada a la simiente tradicional, que es el secano. Durante siglos, la gente ha ido probando, seleccionando y desechando semillas, y de ahí el valor de conservarlas, y de conservar el conocimiento asociado a su manejo”.

Esa preocupación concreta fue el origen de una especialización de sus objetivos investigadores, que ha derivado en la publicación de otras obras como Las papas antiguas de Lanzarote. Caracterización y morfológica básica (2007), la reedición revisada de Los cultivos tradicionales de la isla de Lanzarote (2014) y la Guía visual de la flora vascular de Lanzarote (2018).

Las yerbas de Lanzarote

En la explosión de vegetación tras las lluvias, pero también en los huertos todo el año, como invitadas espontáneas, aparecen las yerbas, grafía para la variante popular de hierba más extendida en los campos de la Isla y aceptada por la Real Academia Española de la Lengua (RAE). Y como consecuencia inmediata de tanta exuberancia de color, la gente busca el norte para disfrutar del inusual panorama y hacer fotos sorprendentes, que nutrirán sus redes sociales.

Marta Peña entiende la reacción, es consciente de que la necesidad de esparcimiento es humana y que el terrritorio hay que disfrutarlo, pero siempre evitando el daño ambiental. “Lo ideal es que hubiera espacios acondicionados, porque hay quien quiere dejar el coche a medio metro y poner el mantel encima de las flores; estaría bien que se habilitaran pequeñas zonas recreativas que hagan compatible el placer de la naturaleza y su protección”.

“Cuando preguntábamos sobre plantas, siempre salían a relucir las yerbas”

Y respecto a la recolección de las hierbas para su uso, también se muestra prudente: “Vemos en las redes flores maravillosas, nos enteramos de que esa yerba hace una tisana que sirve para tal cosa, y salimos disparados al campo. Pero no todas las especies son inocuas y también sus usos dependen de las dosis que se utilicen y otros aspectos que hay que tener en cuenta. Los umbrales entre la toxicidad y el beneficio a veces pueden ser muy próximos”, explica.

Recolectar el ejemplar a la sombra de una higuera o en otro entorno, hacerlo en determinada fecha del año o en una isla u otra; muchos son los factores que determinan los usos de las hierbas, según los conocimientos tradicionales de los pastores y campesinos de Lanzarote. Por eso, Gil y Peña recomiendan documentarse bien antes de utilizar cualquier especie vegetal. Y también por eso, el libro Usos culturales de las yerbas en los campos de Lanzarote, que reúne una exhaustiva investigación científica, los pliegos de herbario, fotografías y la transcripción literal de las descripciones y recuerdos de los mayores.

“Desde 1995 estábamos enfocados en recoger semillas tradicionales y en la cultura asociada a las especies agrícolas; y en Lanzarote nos dimos cuenta del gran conocimiento que tenía la gente del campo sobre las yerbas, porque, aunque preguntábamos sobre cultivos, siempre salían a relucir las yerbas, una información completísima y de enorme valor. Pensamos que, quizás, al no disponer de arbolado, se les había prestado más atención que en otras islas”, recuerda la ingeniera agrícola.

Transmisión

Si los investigadores Peña y Gil tienen mucho que agradecer a la generosidad de las cientos de personas que han compartido su tiempo y sus saberes, la contrapartida es también digna de mención. Porque la correa de transmisión de conocimientos durante siglos, de generación a generación, se vio fracturada a mediados de los cincuenta de la pasada centuria cuando la industria turística se impuso como motor económico y barrió la mayor parte de actividades productivas cardinales en los tiempos pretéritos. El abandono del campo supuso un frenazo al aprendizaje de las lecciones de la tradición y a la conciencia de su importancia.

“Piensa en lo que se ha perdido en todos los ámbitos, no solo en el de las yerbas; el uso de las herramientas de cultivo, cómo poner los arreos a un animal para poder arar o para poder trillar, por ejemplo, estaba completamente desaparecido. Y dado que no sabemos cómo va a ir el futuro, es un catálogo de habilidades y saberes prácticos y útiles que tal vez necesitemos”, asegura ella con cierta preocupación.

“La gente ha ido seleccionando semillas, y de ahí el valor de conservarlas”

Marta Peña rememora su asombro inicial al comprobar, en los cientos de entrevistas con su compañera Raquel Niz, hoy fallecida, que las personas ancianas consultadas no eran sabedoras del enorme valor de su conocimiento, aunque sí se dolían de la pérdida de algunas variedades o prácticas agrícolas. “Solo cuando empezábamos a preguntar, se daban cuenta de que, efectivamente, este legado inmaterial tenía valor, más allá de lo cotidiano. Se abrían a nosotras como libros y toda nuestra obsesión, y el mayor interés de nuestros interlocutores, era salvaguardar, al menos, una parte de toda esa información”.

La manera en que se traslada ese tesoro forma parte de la singularidad de Usos culturales de las yerbas en los campos de Lanzarote, en cuyas páginas el relato de la actividad campesina mantiene la oralidad con la exactitud de una nota de voz. Se trata, según afirman los autores, de que los comentarios que han dado lugar a su interpretación, puedan abrirse a nuevas lecturas y conclusiones distintas a las suyas. Es la virtud del trabajo científico cuando, lejos de competir, aspira a ser cimiento sólido de hallazgos futuros.

También el resto de los contenidos de la colosal obra comparten esa voluntad, como expone Gil con la minuciosidad propia de su gremio: “La etnobotánica es compleja y va más allá de recopilar recuerdos y lecciones de la tradición, pues cada dato debe ser contrastado. Si el señor te dice, hay cuatro amapolas, lo ideal es salir al campo a buscarlas con él, algo que no siempre es posible; hay que localizarlas, herborizarlas, incluirlas con respaldo botánico en un pliego y depositarlo en un herbario oficial, accesible a otras investigaciones y verificaciones. Los dos volúmenes del libro contienen la reproducción de los pliegos de herbario de todas las especies que se mencionan y sus localizaciones”.

Pero que ninguna curiosidad quede insatisfecha, pues las páginas de esta bellísima publicación, diseñada por Grego Matos y editada por la oficina de la Reserva de la Biosfera del Cabildo de Lanzarote, tienen como primer compromiso la divulgación: todos los tipos de lectores son bien recibidos, de los aficionados a pasear por el campo a los científicos más sesudos. A día de hoy, ya se han repartido ejemplares entre todos los centros educativos de la Isla, escuelas unitarias, colegios e institutos, y también estarán en los anaqueles de las bibliotecas públicas.

Y que tampoco quede sin decirse que el segundo tomo de Usos culturales de las yerbas en los campos de Lanzarote rinde homenaje a la investigadora etnográfica Raquel Niz y a su labor y compromiso por rescatar, ordenar y devolver a la sociedad los saberes ancestrales, quien no pudo ver publicado este trabajo.

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