Ana Carrasco

En memoria de la heroína de Haría, María Elisa Álvarez de Obaya

Tenía yo apenas un año de vida cuando ocurrió. Fue noticia nacional. Me imagino a mis padres metiéndome en la cuna mientras hablaban de los pobres vecinos del norte de la isla, fallecidos. "Muerte natural", se decía; pero en Ribadavia, Emilio Rodríguez moría también, y en O Carballiño algunos campesinos tuvieron la misma suerte. No fueron pocos. Aunque el fiscal que llevó el caso calculó miles de víctimas, la cifra oficial se estableció en 51.

Se dijo, y se dice, que fue el mayor envenenamiento de la historia de España; "El caso colza del franquismo", lo llamaron otros. Motivos había para novelar la tragedia, y el escritor orensano Fernando Méndez lo hizo en 2024. Motivos había para realizar un documental por el 50.º aniversario de las muertes, y el cineasta Emilio Ruiz Barrachina lo tituló "Metílico, la bebida de la muerte".

Culpables fueron muchos. La sentencia judicial condenó a once personas, todos ellos bodegueros, porque de alcohol y fraude iba la cosa. Rogelio Aguiar Fernández, industrial de Orense, tuvo la letal ocurrencia de usar alcohol metílico —mucho más barato que el etílico— para elaborar bebidas alcohólicas. Un negocio redondo en el que poco importaba la gente y mucho menos que el metílico no fuera apto para el consumo humano. Se trataba de ganar dinero; los impresentables solo piensan en sí mismos.

En la cadena fraudulenta, el eslabón, Rogelio Aguiar, vendía el producto al siguiente, Román Rafael Lago Cabral, entre otros. Todos sabían lo que hacían. Nuestros muertos, los fallecidos en Haría, bebieron los licores procedentes de Casa Lago, en Vigo. Quién les iba a decir que aquellos tragos de ron servidos en el bar de don Francisco Pérez Pacheco, les traerían a unos la muerte y a otros la ceguera. La desgracia se repetía en otros lugares: 18 fallecidos en Canarias y 33 en la península, además de quienes perdieron la vista.

Sin la intervención de la boticaria de Haría, el número de muertes habría sido terrorífico. María Elisa Álvarez Obaya, farmacéutica de profesión, supo relacionar desde el primer momento la muerte de sus vecinos con la ingesta de alcohol. Analizó los garrafones de Pérez Pacheco y de otros establecimientos, comprobando que contenían metanol. Sobre la marcha, preparó un informe determinante para la prohibición de la venta de alcohol en la isla. "El caso del metílico" llegaría a los juzgados gracias a su denuncia.

La investigación posterior determinó que el licor adulterado bebido en Haría procedía de Casa Lago e Hijos. Pero hablemos de ella, de la boticaria, porque es la protagonista más importante de esta historia. De los infames bodegueros mejor no hablar: tuvieron la suerte de estar poco tiempo en prisión e incluso hubo indultos.

Álvarez Obaya, nacida en Asturias en 1934, estudió Farmacia en las universidades de Santiago de Compostela y de Barcelona, licenciándose en 1961. En cuanto terminó sus estudios se trasladó a Haría. Allí no solo regentó la farmacia, sino que fue inspectora farmacéutica municipal. Lamento no haber sabido de ella hasta hace muy poco. Conocí su historia por una amiga de Madrid. Elena Domingo me envió por WhatsApp un artículo publicado en la revista "Ciencia y más" firmado por la matemática Marta Macho y fechado en 2016.

Me pregunto si a lo largo de mi vida escuché algo acerca de María Elisa; si Alejandro Perdomo, gran sabedor de historias y anécdotas de Lanzarote, me habló alguna vez de ella. Si fue así, no lo recuerdo. Documentación escrita hay mucha, sobre todo noticias acerca del juicio celebrado a finales de 1967. El proceso para la heroína de esta historia no fue fácil: la investigación se llevó a cabo, primero, con reticencias y, más tarde, con amenazas.

Me agrada leer que el alcalde de Haría, don Juan Pablo de León Guerra, la apoyó a pesar de los opositores; me alegra saber que mantuvo su criterio de prohibir la venta de alcohol hasta la retirada de todas las garrafas adulteradas. Pero más me enorgullecen las declaraciones de María Elisa en El Eco de Canarias:

"Mi apuro era evitar que se bebiese en aquellos días el ron; era sábado y pocos días después San José. A mí lo que me apena de todo esto es ver cómo, una vez más, ha sido la clase humilde la que ha pagado las consecuencias de una anomalía, pues, al menos en Lanzarote, el fraude se verificó en el ron de venta a granel".

Tras el caso, María Elisa se trasladó a Las Palmas para ejercer su profesión en los laboratorios de Inspección Farmacéutica. Por suerte para los canarios, los análisis bromatológicos quedaron en sus manos. Álvarez Obaya fue distinguida por la Real Academia de Farmacia con la Medalla Carracido y homenajeada por el Ayuntamiento de Haría con una placa en su honor. En Villaviciosa, Asturias, una plaza lleva su nombre.

El 26 de febrero de 2010 moría en Las Palmas. Ahora que sé de ella, su legado vive en mi corazón, y espero que también en el de ustedes. «Ningún legado es tan rico como la honestidad», escribió Shakespeare.

 

P.D. El 26 de febrero se cumplen 16 años de su muerte. Que permanezca en nuestra memoria, ella y su forma de proceder.

 

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