El país norteamericano ofreció cinco millones de pesetas, a finales del siglo XIX, por arrendar durante 99 años una isla que ha visto pasar proyectos muy sorprendentes

De cuando Estados Unidos se quiso quedar con La Graciosa
El país norteamericano ofreció cinco millones de pesetas, a finales del siglo XIX, por arrendar durante 99 años una isla que ha visto pasar proyectos muy sorprendentes
Con las pretensiones del presidente Donald Trump de hacerse con Groenlandia de plena actualidad, es un buen momento para recordar distintos episodios en los que el Gobierno de Estados Unidos o empresas de ese país mostraron interés por La Graciosa, aunque también hubo capítulos de pura especulación sin fundamento.
Probablemente el primer acercamiento fue el más convincente y el que casi estuvo a punto de llevarse a cabo. A finales del siglo XIX hubo varios intentos de arrendamiento de la Octava Isla por parte de USA, tal y como recogen distintos especialistas que se han interesado por La Graciosa como Francisco Hernández Delgado, cronista oficial de Teguise, el investigador Agustín Pallarés Padilla o el geógrafo Ezequiel Acosta. Aunque fue Jesús María Martínez Milán quien dio más datos en un estudio de 1992 publicado por el CIES (Centro de Investigaciones Económicas y Sociales) de La Caja de Canaria titulado Las pesquerías canario africanas 1800-1914.
La figura clave de este intento fue el empresario Edward Belknap Hodges, quien en 1879 “fue comisionado por su Gobierno [Estados Unidos] para solicitar de las autoridades españolas el establecimiento de ‘una Colonia de pescadores de los Estados Unidos en la Isla de Graciosa’”. Se pretendía que el Gobierno español cediera la Isla por 99 años a cambio de cinco millones de pesetas, con la idea de usar La Graciosa para crear factorías de pescado y como base de operaciones para que la flota pesquera norteamericana faenara en Canarias y en la costa africana, como alternativa a las aguas de Terranova. Entre las condiciones que ponían los estadounidenses estaba convertir la Isla en puerto franco, poder quedarse con los terrenos que ellos eligieran, tener capacidad para decidir sobre otras instalaciones que no fueran suyas y no pagar tributación durante los primeros 25 años.
En todo caso se trataba de un alquiler, no de una venta, como fue la famosa compra de Alaska a Rusia por parte de Estados Unidos por más de siete millones de dólares en 1867. Tras el desastre del 98, España, por ejemplo, también vendió sus posesiones del Pacífico (las islas Marianas, Carolinas y Palaos), por 25 millones de pesetas a Alemania.
El acercamiento de EEUU a La Graciosa tiene que ser entendido dentro del aumento del interés por las pesquerías de la costa del Sáhara. Aunque se conocía su riqueza desde la conquista y los pescadores canarios la solían frecuentar, fue a partir del escocés George Glas en el siglo XVIII, cuando varios especialistas volvieron a llamar la atención sobre la gran potencialidad económica de este enclave. De hecho, el propio Edward Belknap Hodges participó como financiero en las peticiones que hizo el capitán de barco malagueño Rafael Cappa Maqueda en 1852 y 1858 solicitando más o menos lo mismo: establecer factorías de salazones y una flota en La Graciosa desde la que explotar la costa africana. Estos proyectos sí fueron aprobados, pero la muerte de su principal promotor primero, Rafael Cappa, y luego de sus herederos, no hicieron avanzar el proyecto.
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Dos campesinos con sus camellos cargan lo que parece trigo o forraje en La Graciosa, detrás de ellos se aprecia el perfil de la montaña de El Mojón. Fotografía de Jan Blaauboer de los años 50 del siglo XX cedida por el Archivo General del Cabildo de La Palma.
La petición del Gobierno de Estados Unidos y de Edward Belknap Hodges de 1879 fue rechazada, volviendo a intentarlo en 1881 aunque, en esta ocasión, solicitaban otros puntos de Lanzarote, Fuerteventura o Isla de Lobos, porque La Graciosa ya tenía un proyecto concedido. De nuevo, estas iniciativas no prosperaron, como las otras dos que presentó ya solo Belknap Hodges en 1883 y 1884. El rechazo del Gobierno español tuvo que ver, según Jesús María Martínez Milán, con que los proyectos no se adaptaban “a la legislación española y por considerarlo perjudicial a los intereses del Estado y de la propia industria marítima española”.
Estados Unidos quería usar La Graciosa como base para su flota pesquera
Hay que tener en cuenta el contexto de la época. En medio de la creciente carrera colonial europea, España volvió a retomar sus ansias territoriales por el norte de África, con las pesquerías como uno de los principales alicientes, al tiempo que crecían las tensiones con Estados Unidos por su apoyo a los independentistas cubanos. Casi al mismo tiempo que la primera propuesta de Edward Belknap Hodges y el Gobierno de Estados Unidos era rechazada, la del empresario español Silva Ferro sí fue aceptada en 1880. Pero el destino deparó un giro inesperado al futuro de la Octava Isla de Canarias. Las factorías de pescado de Ferro apenas llegaron a funcionar, aunque sí hicieron de palanca para crear el primer pueblo estable de la Isla. Este empresario español murió cuando estaban empezando a andar las primeras fábricas de salazones, en 1884, de manera que su familia les dejó las instalaciones a los trabajadores, quienes decidieron quedarse y probar fortuna, formando el primer grupo de residentes estables hasta la fecha de La Graciosa, siendo el embrión del que partió la actual población.
La isla de mayor tamaño de lo que hoy conocemos como el Archipiélago Chinijo había sido usada durante siglos como tierra comunal, pero también había vivido importantes conflictos sobre su propiedad entre los señores de la Isla, la Corona y el Cabildo. Durante largo tiempo, La Graciosa sirvió principalmente de asentamiento temporal para actividades puntuales de pesca y ganadería de la población de Lanzarote, sobre todo del norte de la Isla, aunque hasta 1884 no residían de forma permanente.
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Imagen de 1962 de La Graciosa, cedida por Memoria Digital de La Graciosa, Cabildo de Lanzarote.
Grandes proyectos
La sombra de Estados Unidos volvió a influir en la historia de La Graciosa a finales del siglo. Tras la independencia de Cuba en 1898 y la guerra de EEUU contra España se extendieron los rumores de una posible campaña norteamericana para hacerse con Canarias. Estas conjeturas no pasaron de la mera fase especulativa, pero buena prueba de la honda preocupación real que existía es que se estableció una batería de cañones y un destacamento de soldados en donde décadas más tarde se construiría el Mirador del Río. Las autoridades nacionales decidieron reforzar militarmente esta posición de atalaya junto a La Graciosa porque temían una invasión.
En los cincuenta se rumoreó sobre el interés de Frank Sinatra por La Graciosa
Curiosamente, una de las voces más influyentes del momento en Lanzarote, la de Antonio María Manrique, tío abuelo de César Manrique, escribió un célebre artículo titulado Esperando al enemigo, donde comentaba el temor que existía en la Isla a un posible ataque estadounidense.
La zona del Río siempre fue considerada de especial importancia para la defensa de la Isla. José A. Granados Góngora, autor del libro La aeronáutica en la isla de Lanzarote, comenta que incluso se llegó a plantear la creación de una base aeronaval entre La Graciosa y Lanzarote en los años 20. En la II Guerra Mundial también se volvieron a oír rumores de posibles invasiones a Canarias por parte del bando de los Aliados, con Reino Unido y Estados Unidos a la cabeza, como zona estratégica en la guerra contra los nazis en el Atlántico. Y aunque efectivamente se diseñaron planes de ataque, estos no se llevaron a cabo al final.
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Fotografía del entorno del muelle de Caleta del Sebo con un grupo de hombres y mujeres del pueblo limpiando y repartiendo el pescado tras su captura. Imagen de Elza y Nick Wagner cedida por Memoria Digital de La Graciosa, Cabildo de Lanzarote.
En la segunda mitad del siglo XX, con el contexto bélico ya olvidado, los nuevos planes tuvieron que ver más con el turismo de masas. En los años 60, el semanario local Antena se hizo eco en varias ocasiones de un supuesto interés de Frank Sinatra y otros socios por hacerse con La Graciosa para construir grandes casinos y centros de ocio, aunque ningún investigador de los consultados cita este proyecto. Del que sí hay más documentación es de la llamada Urbanización Fraga Iribarne, a finales de los años sesenta. El entonces joven y moderno ministro de Información y Turismo del régimen franquista apoyó desde las instituciones públicas un mega proyecto que buscaba un inversor y promotor privado para desarrollar turísticamente La Graciosa: se cedía la Isla por 50 años a cambio de construir y gestionar un enorme complejo turístico de 25.000 camas. Se llegó a organizar un concurso internacional que incluso se anunció en The New York Times, pero la idea no prosperó.
No ha sido el único gran proyecto que se propuso en el siglo XX para La Graciosa. En la primera mitad de la centuria, el Cabildo intentó realizar una carretera por en medio del Risco de Famara, pero ante los frecuentes derrumbes desistió de esta iniciativa, aunque la vía quedó como con un sendero de tierra, hoy muy peligroso de transitar. Esta carretera estaba asociada a la realización de un puente entre Lanzarote y La Graciosa, que se planteó en varias ocasiones. En los años ochenta, Dimas Martín, como alcalde de Teguise, fue varios pasos más allá, proponiendo la construcción de un teleférico que conectara ambas islas, para escándalo de los incipientes sectores ecologistas. Desde 1986 es Parque Natural, aunque eso no ha alejado la presión turística, con 300.000 visitantes anuales frente a menos de un millar de residentes.














Comentarios
1 ENVENAO Lun, 20/10/2025 - 11:46
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