20
Ene
2014
M.J. Tabar

Amanece en la Casa de los Camelleros, en el parque nacional de Timanfaya. El firme de la  carretera es bicolor: en una parte oscura y húmeda persiste el sereno nocturno; la otra está seca porque a un metro bajo tierra se registra una temperatura de 180 grados centígrados. Junto al volcán de Timanfaya se encuentra uno de los módulos de observación permanente del Laboratorio de Geodinámica de Lanzarote (LGL). Este centro de investigación -junto a sus homólogos de Japón y Luxemburgo- registra el mayor  volumen de datos referidos a la corteza terrestre.

Orlando Hernández, técnico del Laboratorio de Geodinámica, empezó su trabajo junto a  Jesús Soto a finales de los años 80. En la misma década llegó a la isla el manchego Jaime Arranz, ingeniero en telecomunicaciones y actual director de la Casa de los Volcanes. Cada lunes, revisan el instrumental de este módulo que ausculta cada segundo la tierra fracturada de Timanfaya.

Es uno de los tres radicados en Lanzarote. Los otros dos se hallan en los Jameos del Agua y la Cueva de los Verdes. “Nos dedicamos a registrar datos para la investigación científica. El Laboratorio no tiene competencia de vigilancia, porque es exclusiva del Instituto Geográfico Nacional”, explica Orlando. En el exterior del LGL, perfectamente integrado en el paisaje, aún se ve una argolla oxidada usada por los camelleros en otros tiempos, y un hueco horadado en el terreno donde se echaban a descansar, abrigados por el calor que emana la tierra en esta área del parque.

Entre las herramientas que miden la anomalía térmica residual en los Camelleros encontramos un gravímetro que mide la contracción de la tierra  por efecto del sol y la luna. Fundamental, porque las mareas terrestres provocan variaciones en la distancia de la superficie al centro de la tierra y generan información sobre la densidad magmática. Un clinómetro de agua (un nivel) vigila la vertical; es  idéntico al instalado en la presa de las Tres Gargantas del río Yangtsé, donde China construyó la planta hidroeléctrica más grande del mundo.

“En Lanzarote todo lo marca el volcán: el paisaje, la agricultura, la historia… La última erupción fue en 1824. Eso es ‘nada’ en la historia del planeta y de la isla”, apunta Orlando. Los pequeños sismos de entre uno y dos grados de magnitud son constantes en la isla. Los tres sismógrafos de este módulo, sincronizados por GPS, registran el batir de las olas del mar y el paso de las guaguas. Ruido en medio de las señales que sí importan.

Hace casi treinta años, Lanzarote fue elegida por la comunidad científica como laboratorio natural donde desarrollar una metodología de vigilancia de riesgo volcánico. Gracias al acuerdo de colaboración firmado por el Cabildo de Lanzarote con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el LGL es una de las fuentes de información más relevantes para geólogos, vulcanólogos y equipos de científicos internacionales.

Este módulo del laboratorio también cuenta con un extensómetro, una estación meteorológica que mide la temperatura, humedad y presión atmosférica, y un equipo que  calcula la emisión de gases (CO2 y radón). En 1990, el vulcanólogo del CSIC José Luis Díez realizó sondeos para evaluar la energía térmica aprovechable en Lanzarote. Su proyecto se denominó ‘Joule’. “Eran entre 4 y 6 megavatios, casi energía residual. No merecía la pena intervenir”, concluye Jaime Arranz.

Todos los datos registrados en este módulo se envían en tiempo real a la Casa de los Volcanes, donde se ubica el centro de recepción de datos. Estos son reenviados mediante comunicación 3G a todos los organismos científicos que colaboran  y tienen instrumental en el Laboratorio: el Instituto Geográfico Nacional, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la Universidad de Granada, el Instituto Geológico Nacional, la República popular China, la Academia de Ciencias de Rusia, el Real Observatorio de Bélgica y la Administración Sismológica de la República Popular de China, entre otras.

Sólo son noticia general cuando se produce una erupción en algún punto del planeta. Pero a diario son un referente internacional de colaboración multidisciplinar en el campo de la geodesia y la geodinámica.

En el siglo XVIII, se produjo en Lanzarote una de las mayores erupciones basálticas de la historia. La lava cambió la topografía de esta isla “en más de un 20% de su superficie”, cubrió 200 km2 destruyendo 24 pueblos y devastando cultivos. El viento extendió las cenizas en todas las direcciones, “principalmente hacia el sureste”, explica el vulcanólogo Ricardo Vieira en una publicación científica. Se formaron más de cien conos volcánicos que hoy conforman el ‘skyline’ de la isla. 

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