03
Sep
2013
Saúl García

Ildefonso Aguilar de la Rúa (Los Santos, Salamanca, 1945) ha ingresado este año en la Real Academia Canaria de Bellas Artes. Dice que es algo que “se agradece”, que la Academia es un organismo vivo y que su actividad creadora no acaba aquí. “No me veo cansado en absoluto”. Lo que aún no ha terminado, sin embargo, sí que tuvo un principio. El abuelo de Ildefonso llegó en 1933 a Lanzarote para dirigir el primer instituto de enseñanza media de la Isla, y le gustó tanto que fue trayendo a sus hijos, que también eran maestros. Ildefonso Aguilar tenía ocho meses cuando desembarcó con su padre, que era profesor y violinista, y en un Arrecife “familiar y natural” pasó su infancia “en un ambiente extraordinario”. Siempre tuvo pasión por pintar y dibujar y siempre tuvo claro que quería estudiar Bellas Artes. El ambiente en la Isla no era propicio para despertar al arte aunque sí había —dice Ildefonso—una buena oferta de teatro, y el recuerdo de una exposición “fascinante”  de Manolo Millares en el Cabildo. El ambiente familiar, sin embargo, era tan favorable para desarrollar las aptitudes artísticas, que su padre, cuyo sueldo de maestro no daba para que el joven Aguilar se desplazase a estudiar a Tenerife, pidió el traslado a esa isla para que empezara su carrera. “Es algo que agradeceré siempre porque mi padre ya estaba arraigado aquí, tenía muchos amigos”, dice. Su padre, además, le despertó el interés por la imagen: con un proyector de 16 milímetros, proyectaba cine en la Escuela.

Mientras estudiaba, comenzó a hacer unos audiovisuales, con un montaje artesanal y autodidacta, en el que hilvanaba imágenes de Lanzarote y música, que proyectaba en el Hotel San Felipe de Puerto dela Cruz y que suponían “una promoción enorme de Lanzarote”. Después, terminó sus estudios y aunque su familia se quedó allí, él regresó a la Isla y en 1969, con los Centros Turísticos recién creados, comenzó a trabajar en el departamento de cultura del Cabildo. Durante muchos años fue el encargado de la programación cultural en un periodo en el que llegaron a la Isla espectáculos de relevancia mundial como Macunaíma, de Brasil, Momix, Marcel Marceau, orquestas de música clásica…, “con un presupuesto bajísimo”.

“Eso se perdió”. Esas actuaciones se programaban en gran parte en el auditorio de Jameos, hoy cerrado. “Yo no me puedo explicar qué ha pasado —dice, sobre los Centros— porque la mayoría de los turistas siguen visitándolos. La hostelería los deterioró  pero también una mala gestión, falta de objetivos claros, de saber qué debieran albergar para seguir siendo atractivos y una incapacidad política de ver con claridad qué son los Centros. El objetivo no era recaudar  y hacer taquilla”. Aún así, considera que se pueden recuperar.

Hace veinte años elaboró un proyecto, una ruta que unía las Salinas de Janubio con El Golfo, donde se iba a realizar un mirador y un espectáculo de luz y sonido. El proyecto, tras diseñarlo junto a la casa Philips en Holanda, se presentó pero no se hizo. Hace unos meses, el Cabildo le invitó a retomarlo y se está reformando, diseñando un nuevo acceso a El Golfo. También proyectó un espectáculo de luz y sonido para el anochecer en el Volcán del Cuervo que quedó estancado y que podría prosperar ahora “porque Lanzarote ofrece poco ocio nocturno de calidad”. Dice que harían falta muy pocos recursos económicos y que la mejor manera de preservar esos espacios es ponerlos en valor y darles un uso adecuado.

La faceta de Ildefonso Aguilar más conocida es la de pintor, y de su música se conocen, sobre todo,  las ambientaciones para Timanfaya o los Jameos. Es menos conocido que en 1978 editó un disco, ‘Erosión’, que la crítica especializada coloca en la vanguardia de la música electrónica y del sonido ambient. A Aguilar siempre le interesó el sonido y creía que se podía conseguir uno característico de la Isla. Con sonidos naturales, del viento, el mar o la arena, mezclados con sonidos electrónicos y usando el minimoog y el polymoog, los sintetizadores  más antiguos, preparó una maqueta y un productor alemán le invitó a grabarla en Frankfurt. Se editó y se distribuyó de forma doméstica por una casa de San Sebastián. Tuvo buenas críticas y pocas ventas. No editó más discos aunque sí hizo más composiciones, como los paisajes audibles que pudo grabar para un sello norteamericano, pero no lo hizo, porque siempre trabajó en la música como complemento de la imagen. Por eso y porque “el mercado era corto”. Ahora, que la música electrónica caso domina el mercado mundial, dice que “su uso y medida han desvirtuado la creatividad, se está muy centrado en el espectáculo acústico y no en la creación”.

Y ese sonido de Ia Isla empezó a fraguarse con el Festival de música visual, que comenzó y terminó, prácticamente, con su amigo Brian Eno, en los Jameos y en el Volcán del Cuervo. Aguilar invitó al músico británico a actuar en  Jameos, en un concierto con “asistencia masiva”, y ese fue el inicio del festival, que duró catorce años, y terminó no se sabe muy bien por qué. “Por falta de visión de los que rigen los destinos del Cabildo, —dice— se argumentaba que no se podía soportar pero no era cierto, el último festival (en 2002) costó 30 millones de pesetas, con siete conciertos y actividades paralelas, había una recaudación importante y apoyo económico del Gobierno de Canarias, de la Caja de ahorros… Al Cabildo le costaba 10 millones, y hay que valorar la repercusión en medios nacionales e internacionales y lo que cuesta una campaña de promoción”. Y el festival, efectivamente, ligaba una imagen de la Isla a un sonido, una marca “la música como la de Lanzarote”, fue una referencia de la música contemporánea y mantenía  un “prestigio cultural de vanguardia notable”.

Mientras hacía todas esas otras cosas, Ildefonso siempre está pintando, influido inevitablemente por el paisaje de la Isla, “como les ha pasado a todos los que hemos desarrollado el trabajo plástico en Lanzarote”: Manolo Millares, Luis Pérez Oliva, Manrique, Santiago Alemán, Juan Gopar… “En algún periodo todos hemos pasado por ahí, es inevitable”, dice. “El paisaje es muy poderoso y me siento cómodo intentando trasladar lo que no se ve”. Y en lo que no se ve él vio, intuyó, similitudes con el paisaje de Islandia y viajó hasta allí buscando un vínculo estético, Ha vuelto varias veces “y sigo en ello, mezclo anímicamente los dos espacios porque conceptualmente su plástica es igual”. Intentó establecer además un vínculo cultural y tuvo reuniones con la ministra de cultura para hacer un intercambio Canarias-Islandia que incluía un concierto de Sigur Ros en Lanzarote, pero también eso se quedó parado.

Hoy, con más de 40 años de carrera, dice que está satisfecho del reconocimiento y del apoyo institucional y social recibido. No debe ser fácil en una Isla, se le pregunta, en la que la personalidad de Manrique lo envuelve todo: “Hemos padecido una cierta marginación por parte de la fuerte personalidad de César y el control, en el buen sentido, que ejerció siempre.

Yo tuve muchas dificultades y le debo mucho a César, él me ayudó a muchas cosas, se lo debo, pero era un hombre difícil de tratar desde el mismo gremio, yo estaba a años luz artísticamente de é pero tenía mi personalidad propia y César tuvo ciertos reparos hacia eso, pero se superaron”.

Dice que quizá sea momento, para la Isla, de emanciparse de esa figura y que en parte se está haciendo  “aunque  hay miedo de quienes tienen la posibilidad de abrir otros campos, cierto temor de que se desvirtúe el espíritu de César y hay que atreverse a hacerlo con respeto, porque el modelo de César es valido y se puede seguir en esa línea, permitiendo que otros creadores intervengan”. “Yo detecto una mayor apertura últimamente  en su filosofía de trabajo (en la Fundación César Manrique), con apertura a otras personas, lo percibo por mí miso, tengo ahora mayor afinidad con la FCM, que me tiene respeto y cariño y aceptan la participación. Intuyo que algo de esto está ocurriendo”.

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