Ana Carrasco

Lo que de verdad importa

Se acerca el final de mis vacaciones. Las empecé con un acontecimiento mundial victorioso para la selección española de fútbol y las termino con otro acontecimiento estelar: el eclipse total de sol. Para muchas personas, ambos sucesos han sido como un «Kit Kat» cuando aprieta el hambre por el sentido de la vida. Pero la Tierra gira, y yo sigo atravesando barrios, buscando los atajos más bellos y sonoros; esos donde los pájaros cantan, las flores atraen mariposas y los árboles ofrecen un verdor luminoso y, sobre todo, sombra.

Regreso desde el centro de Madrid al barrio donde duermo, La Elipa, recorriendo la calle Mercedes Formica y el Parque de la Fuente del Berro. Si la falangista Mercedes Formica fue novelista, jurista y defensora del feminismo en plena dictadura franquista, otra mujer tuvo mucho que ver con el parque: su última propietaria. La hispanista Nonnie Reineke van Eeghen junto a su marido, transformó y rediseñó el jardín en los años 20, trayendo desde Holanda a once expertos jardineros. Afortunadamente, en 1948 la finca pasó a ser de propiedad pública para el disfrute de los madrileños y de todas aquellas personas que hoy huyen del calor insoportable de sus casas. Sin duda, un reducto de paz que une dos barrios muy distantes social y económicamente.

Cruzo el Parque del Retiro para llegar a Atocha. Una joven camina delante. Va ligera, pero nuestra mirada se clava en su cintura: apenas tiene. No existe otra explicación que una cirugía estética de las costillas flotantes. La imagen que ofrece es tan antinatural que me revuelve el corazón. Me impresiona la tiranía de un canon de belleza instaurado artificialmente que provoca más de 500 operaciones estéticas al día en España, algunas tan descabelladas como la extracción de las costillas. Al llegar a la altura del hotel Ritz, un señor con tirantes sale del establecimiento con una bolsa grande de la firma Stefano Ricci. Con curiosidad, cojo el móvil para consultar el precio de una prenda: una chamarra cuesta más de 4.000 euros; una camiseta, unos 500 euros. Almuerzo en un restaurante cerca de Atocha que sirve papas arrugadas con mojo. Una pareja pide el plato; previamente ha dudado ante las diferentes opciones que ofrece la carta. Ella, que tendrá unos 50 años, pone sobre la mesa una muñeca pequeña: la recoloca bien en varias ocasiones y le pasa la mano por el pelo.

Todo me parece tan absurdo que mi cabeza navega ya hacia el Atlántico. Menos mal que llegaré a Lanzarote y que allí me espera una cita importante: el reconocimiento público y social al biólogo Domingo Concepción. Domingo no durmió en el Ritz, no se operó para parecer más guapo, ni se compró ropa de Stefano Ricci. Dedicó su vida a divulgar los valores naturales de Lanzarote y a defender la isla de quienes querían especular con ella y enriquecerse a lo bestia; muchos de ellos con la única aspiración, tal vez, de pasar noches en un hotel lujoso o adquirir ropa para supermillonarios.

Son las vidas dedicadas al bien común las que enriquecen este mundo, y la belleza de sus almas la que da sentido a la vida. Querido Domingo, allí estaré, en el Teatro Municipal de San Bartolomé el próximo sábado 22 de agosto, para aplaudir tu valentía, tu humildad y tu dedicación a lo que de verdad importa, a lo que de verdad me importa.

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