Valery Tellechea, el teatro y la antropología
Se retiró como actriz y empezó a estudiar Antropología. Ya va por el Doctorado. Recibirá un premio por sacar la mejor nota de España en un máster de la UNED
Dice que es una “actriz retirada”. También dice que “queda bonito y da caché”, pero que nunca se sabe. Valery Tellechea salió de Lanzarote en el siglo pasado rumbo a Inglaterra y, dos años después, en Madrid, empezó a estudiar teatro en el laboratorio de William Layton. Poco antes de terminar su formación le hicieron una prueba para una sustitución del personaje de Ofelia, en Hamlet, y se pasó todo ese verano de gira. La transición de la teoría a la práctica la hizo trabajando.
Trabajando siguió muchos años, con compañía propia, junto a su marido José Pedro Carrión, Premio Nacional de Teatro, y con otras ajenas, hasta que volvió a Lanzarote en el año 2017. Aunque volvió sin intención de seguir con el teatro, en la Isla siguió preparando algunas funciones y colaborando con compañías locales hasta que decidió bajarse de las tablas. Demasiado esfuerzo el de ensayar una obra durante semanas para hacer solo una o dos representaciones.
Y entonces se puso a estudiar. Dice que en Madrid, mientras trabajaba en el teatro, podía haber ido a la Universidad de manera presencial, pero no lo hizo. “Fue cuando decidí volver aquí que dije: quiero volver a estudiar”, señala. Solo le faltaba escoger una carrera.
Descartando, descartando, llegó a dos finalistas: Filología Hispánica y Antropología Social. “Me da un poco de vergüenza contarlo”, dice, porque reconoce que no tenía muy claro de qué trataba la antropología, aunque le gustaba el programa de estudios. “Una mañana estaba en la cocina tomándome el café y le digo a mi marido: me quedan dos, Filología Hispánica y Antropología, y me mira mi marido y dice: Antropología Social de toda la vida”, explica.
Empezó el primer curso eligiendo solo cuatro asignaturas y sin saber si algún día iba a terminar. Poco a poco. Incluso dejó una para una segunda convocatoria. Pero llegó la pandemia y se dio cuenta de que lo estaba disfrutando y que era lo único que quería hacer. Así que terminó tercero, cuarto, hizo el máster de profesorado, un Máster de Investigación Antropológica y ahora está en el segundo año del Doctorado.
Le pregunta “todo el mundo” por el motivo para estudiar Antropología
Todo por la UNED en Lanzarote y desde su casa en el campo. “Yo vivo en medio de la nada y tengo acceso a todos los recursos y después, este centro asociado es maravilloso, es chiquitito, pero son un amor”, señala. No tiene tutores presenciales, como sí los hay en otras carreras con más alumnos, pero sí los tiene online.
Dice que es duro estudiar sola pero tiene una disciplina férrea. Los resultados lo demuestran. Accedió a poder hacer el Máster de profesorado de la UNED por sus notas, aunque solo había dos plazas, y en el de Investigación ha sacado la mejor nota de la Facultad de Filosofía en toda España. Tenía una media de diez y va a recibir un reconocimiento por parte de la Universidad. No ha sido una gran sorpresa pero dice que hay que ser cauto, porque debe ser la única persona que, jugando al amigo invisible, se ha quedado sin regalo en dos ocasiones, algo que, sobre el papel parecía imposible.
“El de profesorado lo hice porque yo quiero tener un plan B por si en un momento dado tengo que reincorporarme”, señala, y para el Doctorado ha elegido un tema del que ya sabe algo: el teatro. Aunque no es tan sencillo: es más bien “sobre la formación, creación, producción de afectos y vínculos entre el yo, la persona y el personaje”. La relación o la conexión, si la hay, “entre lo que pasa cuando un actor crea un personaje teatral y cuando en la vida hacemos varios personajes, explica. Aunque los estudios, se sabe cómo empiezan pero no cómo terminan.
Tanto el trabajo de fin de grado, como el máster y ahora el doctorado lo hace, como tutor, con Ángel Díaz de Rada, con quien, sorprendentemente, descubrió que le unían algunas raíces personales y profesionales. Además, en 2024 fundó, junto con otros estudiantes de la Red de Estudiantes de Antropología de Iberoamérica, Ensamblajes, una revista digital de antropología, donde pueden publicar sus trabajos los estudiantes que cursen cualquiera de sus niveles: diplomatura, grado, máster o doctorado.
Estudiar Antropología ha cambiado su forma de ver a los demás
En esa revista, ella misma publicó el artículo Los silencios de la Voz: Formas de (des) incorporación social de los jóvenes que migran, en el que analiza las particularidades a las que se enfrentan estos menores “en su doble condición de menores de edad y extranjeros en situación irregular, aparentemente amparados bajo una legislación basada en el interés superior del menor pero “sometidos institucional y mediáticamente a prácticas y discursos de diferenciación que no tienen en cuenta su edad”.
Dice que estudiar Antropología, de momento, ha cambiado su forma de ver a los demás. “No sé si a comprenderlos pero al menos sí a respetarlos”, añade. “Lo de que ayude a cambiar la sociedad ya es más complicado, eso sí que creo que no”, señala.
También dice que le preguntan constantemente, “todo el mundo”, por el motivo para estudiar Antropología, por la utilidad o la aplicación práctica. Por qué y para qué. Apunta que ahora ya hay muchas grandes empresas que están contratando antropólogos porque quieren conocer mejor a sus clientes y que aunque esa no sea su motivación, la de la traslación inmediata a un puesto de trabajo, eso demuestra que también hay salidas laborales. En cualquier caso, dice que no cree que la utilidad sea tan importante. Ya se verá más adelante. Pero sí que cree que tiene muchas conexiones con el teatro, y no solo por la investigación de su tesis.

















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