Salvador Bueno, sembrando baloncesto donde no había
De una pista sin luz en Playa Blanca a construir una familia deportiva con ambición
En un rincón donde hace no tanto el baloncesto era prácticamente inexistente, Salvador Bueno ha construido algo más que un club: ha levantado una estructura deportiva con vocación social. Natural de Arrecife y responsable del Servicio Técnico de la cadena Supermercados Marcial, Salva combina su vida profesional con una dedicación constante al deporte base. Tras más de dos décadas ligado al baloncesto, su historia es la de alguien que empezó ayudando en un evento puntual y terminó creando un proyecto que hoy da identidad deportiva a todo un municipio.
Los inicios de Salvador Bueno en el baloncesto no responden al relato clásico del jugador precoz que crece entre canchas. Su vínculo con este deporte surge casi por casualidad, cuando un club organizó un evento en San Bartolomé y buscaba monitores. Aquella oportunidad, que comenzó como una colaboración puntual, se convirtió en el punto de partida de una trayectoria que ya suma 23 años. Apenas dos meses después, ya asumía el reto de crear un nuevo núcleo de baloncesto en Teguise, en un entorno donde este deporte apenas tenía presencia.
Su trayectoria dentro del baloncesto comenzó formalmente en 2002 en el Club Baloncesto Grubati, donde permaneció hasta 2005. Sin embargo, su experiencia como jugador fue breve: “Con 13 o 14 años probé en un club que pasó por mi colegio, pero estuve poco tiempo. Mi verdadera experiencia llegó como entrenador”. Esa vocación por la formación sería la base de todo lo que vendría después.
La chispa surgió en una conversación aparentemente trivial. “Un día, hablando con Tiburcio, el conserje del pabellón de la Villa, mientras descansábamos entre entrenamientos, me preguntó si me gustaría tener mi propio club”. A partir de ahí, todo cambió: “Desde ese momento empecé con los trámites hasta hacerlo realidad”.
Nace el CB Tinyala
Así nació en 2007 el Club Baloncesto Tinyala. La elección del municipio no fue casual. Salva buscó zonas donde el baloncesto no tuviera arraigo, detectando en Playa Blanca una oportunidad por su volumen de población infantil. La realidad con la que se encontró fue tan simple como dura: no había estructura, ni tradición ni instalaciones adecuadas. “Solo teníamos una pista en todo el municipio. Entrenábamos martes y jueves de 17.30 a 18.30 con todas las categorías mezcladas. Además, no había luz, así que teníamos que terminar temprano”. Durante casi tres años, esa fue la rutina: precariedad, limitaciones y mucha perseverancia. “Fue muy duro”, insiste.
“A corto plazo queremos crear más equipos, especialmente femeninos”
Con el tiempo, aquel proyecto incipiente comenzó a consolidarse. El crecimiento en número de jugadores y equipos permitió al club competir con mayor regularidad y alcanzar hitos deportivos como clasificaciones a fases de ascenso en categorías infantil y cadete, además de participaciones en campeonatos de Canarias. Sin embargo, más allá de los resultados, Salvador Bueno subraya que intenta “transmitir deportividad, juego limpio, compañerismo, trabajo en equipo, convivencia e igualdad”. Valores que, según él, son la base de todo el proyecto.
Sin embargo, no todo son avances. Uno de los puntos débiles sigue siendo la implicación familiar: “La participación es baja. Pocos padres ayudan al club o asisten a ver a sus hijos en los partidos”. Aun así, el impacto del club en Playa Blanca es innegable: de no existir el baloncesto en el municipio, se ha pasado a contar con una escuela municipal que atrae a numerosos niños y niñas, ofreciendo una alternativa a quienes no encuentran su lugar en otras disciplinas deportivas.
Limitaciones
En cuanto a infraestructuras, el club ha mejorado su situación inicial, utilizando instalaciones como Aulagar, San Marcial o las canchas de Uga. No obstante, persisten las limitaciones, especialmente en el estado del pavimento o los problemas de drenaje en días de lluvia. De cara al futuro, tiene claro qué necesita el municipio: “El pabellón mejoraría la calidad del deporte, permitiría atraer a más niños, organizar torneos de mayor nivel y dar un salto de calidad en Yaiza”.
Explica que la relación con el Ayuntamiento es positiva: “Han reformado instalaciones y colaboran en los eventos del club”, pero su mirada está puesta en metas más ambiciosas: “A corto plazo queremos crear equipos que faltan, especialmente femeninos, y conseguir más victorias y títulos”. Y añade: “A medio y largo plazo queremos competir a nivel autonómico y en Liga EBA”.
Pero más allá de los objetivos competitivos, lo que realmente impulsa a Salvador Bueno es el impacto social de su trabajo. “He ayudado a muchos niños a salir de la calle”, afirma con convicción. Para él, el baloncesto no es solo un deporte, sino una herramienta educativa que inculca disciplina, fomenta la convivencia y abre puertas a experiencias como viajar y conocer otras islas.
Después de más de dos décadas de dedicación, Salvador Bueno no mide su éxito únicamente en victorias o clasificaciones, sino en el legado que está construyendo. Cuando se le pregunta qué significa el club para él, no duda: “Es una gran familia del baloncesto en nuestro municipio”.
La historia de Salvador Bueno no es la de un protagonista habitual en los focos mediáticos, pero sí la de un constructor de base, de los que transforman realidades con trabajo silencioso. Desde una pista sin luz hasta una estructura consolidada, su trayectoria refleja que el crecimiento del deporte no siempre empieza en grandes pabellones, sino en la voluntad de quienes creen en él. Y si hay una idea que resume su recorrido, es la que él mismo deja como mensaje final: “La entrega para incentivar a los niños de este deporte en nuestro municipio de Yaiza”. Una declaración que, más que un titular, define toda una vida dedicada al baloncesto.


















Añadir nuevo comentario