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Pies descalzos: el joven Eduardo Hernández recupera la memoria de las abuelas gracioseras

Ha sido uno de los ganadores del certamen Jóvenes Puntales, con su propuesta de libro sobre la vida de las mujeres en La Graciosa en los años 50 y 60, como su propia abuela

Imagen de mujeres en el Risco, yendo a ‘truequear’.
Lourdes Bermejo 1 COMENTARIOS 02/11/2018 - 05:50

Bajo el título ‘Pies descalzos. Historia de una mujer luchadora’, Eduardo Hernández recopila el anecdotario de La Graciosa, que ha conocido directamente en las habituales charlas con sus vecinas de esa generación.

La historia de La Graciosa puede contarse como el comienzo de El Génesis. ‘Al principio, no había nada’ , y en ‘nada’ se incluye la ropa interior. “Mi abuela Edelmira y sus hermanas compartían unas solas bragas”. Así de simple y contundente se expresa Eduardo Hernández, narrando una divertida anécdota de las mujeres de su familia a principios de los años 50, cuando las hermanas Guadalupe eran apenas unas niñas.

En la época, la llegada de una compañía de títeres a la isla era una auténtico acontecimiento, “pero estaba el problema de las braguitas, dado que las chicas iban con trajes cortos. Mi abuela se quedó en casa para que pudiera ir a ver el teatrillo de marionetas su hermana Agustina, que ya ha fallecido. Volvió tan conforme y diciendo que quería volver al día siguiente, así que Edelmira, mi abuela, soltó aquella frase, con la que tanto nos hemos reímos en la familia. “Yo hoy salgo, con bragas o sin bragas”.

La historia, convertida en cuento familiar, ilustra la vida en La Graciosa en unos años en los que las mujeres llevaban en solitario el peso doméstico y se encargaban de ‘truequear’ con pescado y marisco (que también ellas mismas recolectaban) en los pueblos del norte de Lanzarote. Para ello, cruzaban el Río, subían los 300 metros del risco de Famara e intercambiaban su género en Haría, por otros productos de alimentación (pollo, huevos, harina, cebada o trigo).

“Luego descendían de nuevo, y, en la playa, hacían una tegala (fogata) para avisar a sus maridos de que las recogieran con las barcas”, cuenta Eduardo, que ha escuchado narrar esta odisea cotidiana que constituía la vida en La Graciosa. “Cuando los hombres veían la hoguera, en el lugar acordado y ya de noche, decían ‘ese es el fuego de mi mujer’, cuenta.

Si la tarea de subir y bajar el risco cargadas con cestas de pescado a la ida y de otros productos a la vuelta ya parece suficientemente dura, las gracioseras realizaban este trayecto descalzas, circunstancia que ha inspirado a Eduardo el título de su libro. “No se podían exponer a romper el único par de zapatos que tenían”, explica el joven, que, por otra parte, asegura que aquellas jóvenes eran alegres y solidarias.

“Eran un grupo unido, se ayudaban unas de otras para no caerse en los barrancos, cuidaban las cabras, iban a mariscar a Alegranza juntas, a coger sal, cosían las maravillosas camisas gracioseras y montaban el tradicional sombrero típico”, indica el autor de ‘Pies descalzos’, describiendo sin saberlo la filosofía de la sororidad, término que usa actualmente la causa feminista en el sentido de complicidad, apoyo mutuo y comprensión entre las mujeres.

Además de recuperar estos recuerdos de sus antepasadas, Eduardo subraya la lección que supone para un chico de apenas 17 años enfrentarse a esta realidad, no tan alejada de su generación. “Me llama mucho la atención la dignidad con la que estas mujeres han llevado una vida durísima, sin quejarse de nada. Flipo con lo que nos quejamos nosotros ahora, cuando tenemos el armario lleno de ropa, no nos falta de nada y todo nos parece poco”, recalca.

“La graciosera fue padre y madre, luchaba por su casa y su familia y nos enseñó que cualquier señora puede trabajar tanto o más que un hombre”

Como esposas de marineros, las mujeres de La Graciosa pasaban muchos meses al año solas, lo que nuevamente estrechaba los lazos entre ellas, en una sociedad matriarcal a la fuerza. Eduardo dedica, así, su libro “a esa mujer que me llena los ojos de lágrimas nada más oírla hablar y me deja una sonrisa al verla reír. Una mujer que fue padre y madre para sus hijos. Una mujer que luchaba por su casa y su familia. Esta mujer que nos enseñó que cualquier señora puede trabajar tanto o más que un hombre”.

El homenaje que este joven graciosero, estudiante de Bachillerato, que quiere dedicarse al periodismo, hace a su abuela y las mujeres de su época, ha sido galardonado con el premio Jóvenes Puntales de este año, en la categoría de Igualdad. El proyecto, que deberá estar culminado antes del próximo año, fue elegido junto a otros 14 ganadores (dos de la isla de Lanzarote), de entre 290 propuestas de todo el archipiélago.

Los dos ganadores de Lanzarote son, en la categoría de Creatividad, la empresa MJC Ambiental, con su musical ‘Pam, en busca del agua’, de concienciación y responsabilidad de consumo; y, en Emprendimiento, la joven Cristina Calero con su propuesta ‘Vega Viva’, de revitalización de barrios a través de la participación ciudadana.

‘Pies descalzos’, por su parte, fue uno de los proyectos más votados a través de las redes, con 349 apoyos, lo que tuvo en cuenta el jurado del certamen, organizado por el Gobierno de Canarias. Eduardo Hernández trabaja ya en la recopilación de documentación gráfica y testimonios de sus antepasados, aunque su afición a hablar con las ancianas está facilitando el camino.

“Pienso que cuando ya no estén mi abuela y todas las mayores de la isla esas historias quedarán olvidadas. Así que quiero dejar marcadas en hojas en blanco historias de colores y las lágrimas de muchas luchadoras. Cuando una graciosera muere se lleva consigo, marcada en su piel, sus historias, sus recuerdos, sus anécdotas, las risas diarias con sus vecinas. Pero antes de que eso pase, ahí estaré yo, con un bolígrafo y una libreta, oyendo como las mayores guerras que conozco me narran la mayor novela que alguien pueda contar. Y así demostraré que la mujer graciosera trabajó más o igual que cualquier hombre”, concluye en su argumentación un inspirado Eduardo.

Comentarios

En la página Topononía de las Islas Canarias definen tegala como «cerca de piedra sin techo que usaba el pastor como punto de vigilancia, a la vez que como protección del viento. Es lo mismo que la gorona de los pastores de El Hierro», sin embargo, en el trabajo de la noticia, el autor la utiliza como sinónimo de fogata «Luego descendían de nuevo, y, en la playa, hacían una tegala (fogata)». ¿Alguien me puede deshacer este dobre significado?

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