El desierto florido de Lanzarote y Fuerteventura se tiñe de rojo con el cosco
Miles de visitantes se han lanzado a fotografiarlo y compartirlo en redes sociales
El “desierto florido” de este año en Fuerteventura y Lanzarote ha terminado convertido en un fenómeno viral gracias al cosco, una humilde planta halófila conocida científicamente como Mesembryanthemum nodiflorum. Tras las lluvias excepcionalmente abundantes del invierno y la primavera, enormes extensiones de terreno se cubrieron primero de verde y después de un intenso tono rojizo al madurar la planta. El paisaje ha sido tan llamativo que miles de visitantes se han lanzado a fotografiarlo y compartirlo en redes sociales, transformando de manera inesperada la imagen de las islas orientales.
Muchos usuarios hablaban de “una Lanzarote irreconocible” o de “la Fuerteventura más bonita en décadas”. El efecto sorpresa ha sido enorme porque estas islas suelen asociarse al negro volcánico, los malpaíses y los tonos ocres del territorio árido. De pronto, el paisaje parecía teñido de vino tinto.
Sin embargo, detrás de esa espectacularidad estética hay una explicación biológica muy interesante. El cosco es una planta anual adaptada a ambientes salinos y extremadamente secos. Durante el invierno brota con un color verde claro, pero cuando llega la primavera y comienza a producir semillas se tiñe de rojo intenso al activar la fabricación de betacianinas, el mismo pigmento que tiñe de rojo a las remolachas de mesa.
¿Para qué les sirve ese color? Como destaca Alfredo Reyes, director del Jardín de Aclimatación de La Orotava (ICIA), es una excelente protección frente a la radiación solar y el estrés hídrico, además de aportar antioxidantes a la planta. Podría decirse que ese rojo-morado es su particular crema protectora. Un salvoconducto de supervivencia a decir del botánico majorero Stephan Scholz, quien resalta que “así la planta puede vivir más tiempo en la primavera, ya con días bastante largos, y madurar mejor sus semillas”.
Alimento de los pobres
El color rojo indica que la planta ha alcanzado su madurez y que las semillas ya están listas para dispersarse. Durante siglos, esa transformación fue observada con atención por las familias campesinas de Lanzarote y Fuerteventura porque marcaba el momento óptimo para recolectar el cosco. Lo que muchos contemplan como una postal turística fue durante generaciones un recurso extremo de supervivencia.
La recogida del cosco formaba parte de una economía de supervivencia
Las semillas del cosco se utilizaron históricamente para elaborar el llamado “gofio de cosco”, un alimento asociado a las épocas de hambre y escasez. Era una comida humilde, considerada durante mucho tiempo “comida de pobres”, pero extremadamente nutritiva. Hoy se sabe que estas semillas poseen un elevado contenido en proteínas y fibra. En momentos de crisis sustituían al cereal cuando las cosechas fracasaban en unas islas castigadas periódicamente por la sequía.
La recogida del cosco formaba parte de una economía de supervivencia profundamente ligada al paisaje. Era básicamente un trabajo de mujeres y niños. Las plantas se arrancaban enteras y se llevaban hasta charcos o piletas excavados junto al mar. Allí, el contacto con el agua salada hacía que los frutos se abrieran de manera natural y soltaran las semillas al fondo. Después se recogían cuidadosamente, se secaban al sol, se tostaban a fuego lento y finalmente se molían en molinos de mano para fabricar el gofio.
Los testimonios orales recogidos en Lanzarote por Jaime Gil, Marta Peña y Raquel Niz describen aquel proceso con enorme dureza. “Aquello era por el hambre, es que no teníamos nada para comer”, recordaba una vecina de Tinajo. El gofio de cosco es de color pardo oscuro. Gustoso, quienes lo hemos probado comparamos su sabor con el de unas almendras terrosas.
El cosco no sólo alimentó a la población canaria moderna. Existen hallazgos arqueobotánicos en yacimientos prehispánicos de Gran Canaria, como la Cueva Pintada de Gáldar, que demuestran que ya era consumido hace setecientos años por los antiguos canarios. Más tarde, cronistas como Viera y Clavijo mencionan su utilización entre las clases humildes durante los siglos XVIII y XIX. Su consumo volvió a resurgir durante las crisis provocadas por la Primera Guerra Mundial y el hambre posterior a la Guerra Civil española. También los saharauis nómadas emplean sus semillas como alimento de emergencia.
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La Oliva. Foto: Carlos de Saá.
Cenizas para jabones
Pero la historia del cosco no termina en el gofio. La misma planta que hoy tiñe de rojo los campos fue durante siglos una de las bases económicas de Fuerteventura gracias a su riqueza en sales alcalinas. Junto con otras especies similares, como la barrilla o escarcha (Mesembryanthemum crystallinum), el cosco era recolectado, secado y quemado para obtener cenizas ricas en potasa y sosa.
Esas cenizas se compactaban formando bloques conocidos como “piedras de barrilla”, que eran exportados masivamente hacia Inglaterra y otros puertos europeos. A comienzos del siglo XIX, el comercio de barrilla representaba alrededor del 25 por ciento de toda la riqueza agrícola de Fuerteventura. Hubo años en los que se exportó más barrilla que cereal.
El negocio se derrumbó durante el siglo XIX con la aparición de la sosa artificial
La razón de aquel negocio estaba en la industria. Antes de la invención de la sosa artificial por Nicolas Leblanc a finales del siglo XVIII, la fabricación de jabón y vidrio dependía de las sales extraídas de plantas halófilas como el cosco. La potasa obtenida de sus cenizas se mezclaba con grasas y aceites para fabricar jabón mediante el proceso de saponificación. También se utilizaba como fundente para rebajar la temperatura de fusión de la arena silícea en la fabricación de vidrio. De hecho, todavía hoy la mayor parte de la sosa industrial se destina a la industria vidriera.
El comercio de barrilla transformó profundamente la economía y el paisaje humano de Fuerteventura. Puerto de Cabras, la actual Puerto del Rosario, creció gracias en parte al continuo tráfico de barcos ingleses que cargaban toneladas de barrilla rumbo a Europa e incluso América. Uno de aquellos comerciantes fue el británico Diego Miller Seroston, también conocido como James Miller, vicecónsul y figura clave en el desarrollo urbano de la capital. Su apellido permanece todavía en la avenida Diego Miller de la capital majorera.
La importancia económica del cosco y la barrilla llegó a provocar conflictos sociales. En 1829, cuando los arrendatarios de la dehesa de Guriamen prohibieron a los vecinos recolectar estas plantas, centenares de personas de La Oliva, Villaverde, Corralejo y Lajares se levantaron contra ellos en el llamado “Motín de Guriamen”. La revuelta demuestra hasta qué punto aquellas plantas fueron un recurso esencial para las familias más pobres.
El negocio se derrumbó durante el siglo XIX con la aparición de la sosa artificial. En pocas décadas el precio cayó de forma drástica y los barcos dejaron de salir hacia Inglaterra cargados de aquella riqueza blanca. El cosco regresó entonces a su condición de planta humilde y casi olvidada.
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Abeja cuco. Foto: Stephan Scholz.
Controversia ecológica
Más allá de su interés paisajístico, el botánico Stephan Scholz destaca la importancia que tiene esta planta en los ecosistemas áridos, especialmente para los insectos polinizadores, pues alarga la temporada de flores, convirtiéndose casi en el último recurso alimenticio de especies tan interesantes como las abejas silvestres. Más allá de las empleadas para producir miel, hay descritas 74 especies diferentes de abejas en Fuerteventura y 67 en Lanzarote, de las que algo más de un 30 por ciento son endémicas, exclusivas.
Sin ir más lejos, el botánico majorero reconoce haberse quedado fascinado hace unos días, durante una expedición científica a la isla de Lobos, cuando descubrió libando en el cosco a varios ejemplares de Thyreus histrionicus, una de las llamadas “abejas cuco”. Tan curiosa denominación se explica porque la especie pone sus huevos en el nido de otras abejas y sus larvas se alimentan de lo que ha recogido la abeja parasitada para su propia descendencia.
Pero no todos los expertos tienen esa visión tan positiva del rojizo cosco. La catedrática de Botánica de la Universidad de La Laguna, Juana María González, advierte de que ese color tiñendo el campo debería interpretarse como “la luz roja” de una alarma ecológica. “Explica la pobreza infinita de un territorio que está hecho polvo y donde solo crece una única especie muy agresiva que se comporta como invasora”. En esos llanos cubiertos de cosco no crece nada más, quizá porque esa planta no lo permite. “Es un indicador de degradación de unos suelos que sería necesario restaurar”. Un ecosistema sano, da igual su sequedad, debería tener una gran variedad de especies donde ninguna fuera la dominante, señala González. Pero donde crece el cosco no crece otra cosa.
Mesembryanthemum nodiflorum está considerada como una planta originaria de Sudáfrica que en Canarias se cataloga como “nativa probable”, aunque hay muchas dudas de su llegada natural e incluso podría haber sido traída como alimento por los antiguos canarios.
En varios países fuera de España se tiene como introducida y con comportamiento invasivo, especialmente en Australia, Estados Unidos (California y Nueva Jersey) y en partes de América del Sur (Chile y Argentina).
Otros expertos consultados son más benévolos con el cosco y recuerdan que al menos está protegiendo suelos casi desnudos de la erosión y aportando a ellos materia orgánica.
Disquisiciones científicas aparte, lo cierto es que esta humilde planta de recias costumbres ha logrado acaparar titulares estos meses, ya no por alimentar hambrunas ni por abastecer fábricas de jabón y vidrio, sino por convertir durante unas semanas el paisaje volcánico de Canarias en una inesperada marea roja visible incluso desde el aire.


















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