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“Quería escribir sobre qué le pasaba a las mujeres de mi tierra”

María del Mar Rodríguez, escritora

Nerea López Cabral 0 COMENTARIOS 12/04/2026 - 07:48

María del Mar Rodríguez no se esperaba que ninguna de sus tres novelas (La prestamista, La tuerta y La viuda blanca) fuese a ser leída por tanta gente. “Ni siquiera que fuesen a ser leídas”, asegura entre risas. Tampoco las buenas críticas, y mucho menos que la conociesen por la calle. “¡Y qué bonito es eso!”, exclama agradecida. Han pasado diez años desde que se lanzó a la escritura como un salvavidas al vacío que le suponía jubilarse, y comenzó a escribir la primera obra de su trilogía Relatos de unas islas desamparadas. “¡Quizás la vendimos!”, le grita desde el fondo la dependienta de la tienda del TEA refiriéndose a un ejemplar de La prestamista, que años atrás la propia autora dejó allí “por si querían echarle un vistazo”. Comenta que no pasa nada, que era solo porque si lo tenían quería llevárselo a las mujeres del centro penitenciario, con quienes estuvo hace unos días. Y es que María del Mar ha sustituido las aulas, como maestra y orientadora, por las presentaciones de sus libros, como escritora canaria. 

-Antes de jubilarse, ¿ya tenía en mente escribir?

-Yo tenía en mente que tenía que sustituir la pasión que sentía por mi trabajo. Pertenezco a esa generación de mujeres que dimos el salto y nos separamos muchísimo de nuestras madres, dependientes de sus maridos, sin autonomía económica, sin estudios. Fuimos la primera generación que de una manera masiva nos incorporamos a las universidades y al mundo público. Así que trabajar era la libertad, un elemento de identidad. En mil ocasiones mi trabajo estuvo por delante de mis hijos y lo digo incluso hasta con cierto pudor. Así que dije tiene que haber algo que sustituya esto tan bonito. Entonces me acordé de mi amor por el lenguaje, y de que siempre escribía cuentos a mi alumnado. Me lancé a la escritura como una especie de salvavidas frente al vacío que para mí suponía jubilarme. Mira tú, que ahora estoy encantada pero en aquel momento la transición fue compleja.

-¿Ha sido más sencillo escribir ‘La viuda blanca’ que las dos anteriores, por ser un periodo más actual?

-A mí la más que me costó fue La prestamista, pero no por el periodo, porque tenía bastante documentación, y se basa mucho en historias familiares que escuché. Lo complejo fue gestar la idea y decir: por dónde empiezo. Podría haber elegido novela romántica, erótica o ciencia ficción, y de repente digo: pues quiero escribir en torno a periodos históricos de mi tierra y con la mirada puesta en qué le pasaba a las mujeres en cada uno de esos momentos. Entonces vinieron las dudas de si sé escribir, si me va a salir, si no... La tuerta ya vino de la mano de La prestamista porque investigando para ésta me encuentro con las mujeres de la Segunda República, Margarita Rocha, Blanca Ascanio, con todas las que terminaron en la cárcel de mujeres de San Miguel. Ahí rápidamente me entra una emoción tremenda porque digo: este es mi segundo libro. Y La viuda blanca ha sido el más fácil porque es el cierre de la trilogía, la respuesta a las preguntas que quedaban abiertas.

“Es sanador que lo que creías un elemento individual sea algo estructural”

-¿Diría que con la primera tuvo el síndrome de la impostora?

-Totalmente, y además lo sigo sintiendo. Yo siempre digo que a mí el feminismo me salvó la vida, porque cuando empiezo a descubrir lo que las feministas han aportado a través de las distintas disciplinas, me doy cuenta del efecto sanador que tiene que algo que tú creías que era un elemento individual tuyo sea la consecuencia de algo estructural, que además está organizado así aposta y en un modelo que es injusto. De repente te das cuenta de que el síndrome de la impostora, el sentimiento de culpa, las inseguridades, los miedos a ocupar los espacios centrales, las dificultades para hablar, el nivel de autoexigencia, que todo eso no me pasa solo a mí porque yo tenga un problema con mi personalidad, nos pasa a todas porque son consecuencia de cuestiones estructurales. Entonces, no desaparece pero lo llevo mejor. Estoy convencida de que cualquier hombre, con la mitad de lo que he hecho, se sentiría diez veces más seguro de lo que yo me siento. El síndrome llega hasta el punto de que cuando las cosas te están funcionando bien piensas, no me merezco que vaya tan bien, van a descubrir que en el fondo no sé tanto. Así que constantemente abro pecho y me concedo el derecho a disfrutar de lo que me va bien. Porque si ha llegado es porque he estado seis años currando un montón de horas, me he formado a lo largo de mi vida con muchas dificultades, he leído mucho y ahora estoy recogiendo una serie de cosas que ya he sembrado. Hago ese ejercicio consciente de merecimiento, de que venga la abundancia a mí.

-¿Recuerda el momento exacto en que empezó a ser consciente del patriarcado?

-Sí, lo recuerdo perfectamente. Trabajaba en un Programa de Igualdad de la Consejería y tenía clara la teoría, pero todavía había algo que me hacía sentir que eso le pasaba a otras mujeres, no a mí. Y en el año 2005 fui a una formación y la ponente dijo esa famosa frase de que el patriarcado se acuesta contigo y se levanta por la mañana. Lo tienes en la cama, en el trabajo, cuando comes, en tus relaciones personales, está en todo. Y de repente me vi dentro de esa cadena y sentí en mi cuerpo el peso de mi madre, de mi abuela, mi bisabuela, mi tatarabuela, de todas las mujeres de mi generación. Llegué a mi coche y estuve llorando más de una hora, en serio. Se acababa de abrir una ventana delante de mí y, aunque se me escapen cosas por costumbre y por el vicio de esa mirada patriarcal, nunca más la perspectiva de género me ha abandonado. Es imposible porque tu cabeza cambia en su forma de organizarse.

-¿No le parece que la vergüenza y la culpa que sufrían las viudas blancas de alguna manera es la misma que sufrimos hoy las mujeres?

-Internamente es lo mismo y lo vivimos cada día. Cuando somos víctimas lo primero que pensamos es: ¿y qué he hecho yo para que esto pase? Las viudas blancas terminaron encogidas en sus casas porque no solo era guardar el decoro al marido, era también saber que si ibas a rehacer tu vida, era vergonzoso para ti, para tus hijos y para el resto de la familia. Las víctimas asumieron rápidamente la vergüenza y las normas que se les imponían. Y hoy lo vemos mucho en los juicios: las mujeres se echan para atrás porque saben que van a ser revictimizadas. La perversión del patriarcado es que el juicio cae sobre la víctima, no sobre el agresor. Y las que no vivimos determinadas situaciones hemos sido muy enjuiciadoras. Antes de empezar a escribir el libro, muchas mujeres me decían: pues yo no lo hubiese recibido de nuevo (al marido que volvía de Venezuela tras haberse desentendido de su familia en Canarias). Pero cada una cose su herida y transita su duelo como puede. Hay que ser muy respetuosa con la decisión porque bastante duro ya es lo que has tenido que pasar, para que se te exija ser valiente.

“Las viudas blancas asumieron la vergüenza y las normas que se les imponía”

-¿Se ha sentido agotada de luchar por la igualdad?

-Me sentí muy agotada y sola porque el descubrimiento fue mío, y te enfadas porque tus amigas, tu pareja, tus hijos, no tienen la misma mirada, y dices: pero por el amor de dios ¿es que no lo ves? Y luego piensas que esto lleva un proceso y lo verá quien lo quiera ver. Me decían que era muy radical, muy exagerada. Yo tenía una fantasía en mi cabeza, que era coger a mi grupo de amigos y amigas, invitarlos a una cena, hacerles un PowerPoint (risas) y pasarles unas fotocopias de Gerda Lerner, de La creación del patriarcado. Hasta que empecé a conectar con grupos feministas, y la beligerancia bajó porque me dediqué a aprender. Ahora sé de dónde me quiero nutrir, vivo rodeada de mujeres que saben mucho más que yo, y me siento muy segura de lo que pienso. Ya no espero que me digan si tengo razón o no.

-¿Le preocupa que las mujeres retrocedamos en derechos?

-Tengo mucho miedo por la deriva política y por el voto masculino joven. Pero también entiendo que no es una cuestión que podamos resolver desde el feminismo, es algo que tienen que resolver los hombres. Los de mi generación no asumieron esa tarea colectiva, nunca los vi sentarse a hablar de las consecuencias de esa masculinidad tan tóxica en sus vidas. Y de aquellos barros estos lodos. Ahora tenemos cuatro machos alfa que están volviendo loco al mundo, el ejemplo más claro del patriarcado más brutal. Pero les corresponde a ellos entender que la pérdida de privilegios es inevitable en un mundo donde las mujeres ya estamos ahí y no nos vamos a retirar. Privilegios es que tienes más de lo que te corresponde, pero en esa pérdida también vas a ganar mucho porque se están quedando muy solos, ya que las mujeres les están dando la espalda. Me refiero a los jóvenes, los mayores no lo quisieron hacer, se pasaron parte de la vida defendiéndose: yo no tengo nada que ver con esto, yo no pego, no violo, no soy... y no construyeron. Antes le explicaba mucho a los hombres pero ya no, les digo: coge un libro y averigua. Hay un montón de hombres de izquierdas muy preocupados porque viene galopando el fascismo, así que júntate con otros hombres, haz tertulias como hemos hecho nosotras, y reflexionen sobre si este es el mundo que quieren para sus hijos e hijas.

-¿Cómo ve el panorama político en los próximos años?

-Por supervivencia y salud mental, establezco dos momentos. A corto plazo, creo que lo vamos a pasar mal tanto en España como a nivel mundial. Mira Milei, Trump, Netanyahu, son la devoración, la avaricia, la depredación, la violencia de a ver quién puede más. Esa es la filosofía patriarcal. Pero la humanidad siempre ha tenido un instinto de supervivencia muy potente, y estoy convencida de que el feminismo será la solución del futuro. Hay elementos que en mi cabeza hacen que eso no sea una utopía. Las universidades están llenas de mujeres, tienen un marco feminista en todas las disciplinas del saber, que les va a dar respuesta a lo que planteen. Tenemos redes y tenemos muy incorporada la cultura del cuidado -y eso que en un momento nos ha condenado-, y bien equilibrada y repartida nos puede salvar. Estamos en un fin de ciclo, suelen durar años. Los fines del Imperio Romano, de Egipto, de la Edad Media... siempre son muy dolorosos y muy traumáticos, salen figuras muy esperpénticas que tratan de agarrarse. Cuando vemos a Donald Trump vemos una pataleta: mamá, tienen que venir los barcos al estrecho de Ormuz porque lo digo yo. Son pataletas de machos viejos, pero con un poder muy global.

“Un hombre, con la mitad de lo que yo he hecho, se sentiría diez veces más seguro”

-Como maestra y orientadora, ¿pudo integrar la perspectiva de género?

-Mira, me produce mucho enfado cuando ante el crecimiento de la violencia de género o de las desigualdades, la primera respuesta sea la escuela. La escuela tendría, la escuela tendría... En primer lugar, tenemos una deuda con ella, de darle dignidad para que el profesorado tenga autoridad moral y profesional. Se gana en el aula, pero necesitamos el apoyo de las familias. Una familia le da a un muchachito de diez años un móvil al que le llega pornografía, un influencer le dice: tú eres el macho alfa y no te dejes pisotear, o un íncel le dice: las chicas no te quieren, y resulta que la escuela tiene que educar... No mira, la escuela llega hasta donde llega. Yo pude trabajar tranquilamente durante mis 33 años de vida profesional la educación en valores de acuerdo al currículo, pero tengo una compañera denunciada por un padre por hablar de los derechos que tuvimos las mujeres durante la Segunda República, o compañeras que al jubilarse les escribieron por fuera del instituto “feminazi”, y otros que han sido amenazados por las familias, que normalmente son familias de derechas.

-¿Las viudas blancas son una laguna más de nuestra historia?

-Creo que con el conocimiento de nuestra historia y la construcción de la identidad tenemos un problema, que es parte de la psicología que nos sitúa en un lugar inferior, de colonia, de estar olvidados. El otro día en La Gomera entré en la sala de visitantes y la persona que hablaba en el documental tenía acento peninsular. Nos ha costado hasta hacer las paces con nuestra manera de hablar porque parecía que nos faltaban las eses y las ces, que nos faltaba algo. En el arquetipo colectivo del pueblo canario siempre está la idea de que nos falta algo, de que tienen que venir de fuera para decirnos lo que tenemos que hacer. Creo que construimos la identidad desde la carencia y también desde el mestizaje, y es difícil. Escribir los tres libros ha sido un reencuentro muy íntimo y muy profundo con mi tierra, donde he identificado una serie de valores como la capacidad de esfuerzo, la humildad y lo trabajadora que es nuestra gente en contextos difíciles, en unas huertas pequeñas, en épocas malas, cuando había que migrar o sembrar cuatro papas en una esquina, cuando se morían los niños porque no tenían ayuda, y yo voy a tu casa, te doy un agüita y te acompaño en el duelo. Esa unión de pueblo trabajador que ha tenido que hacer un esfuerzo por sobrevivir me ha hecho sentirme muy orgullosa.

“Los machos alfa que enloquecen el mundo son ejemplo de un patriarcado brutal”

-¿Tiene momentos favoritos de cada una de las novelas?

-Antes de compartirlos los leo como unas diez veces en voz alta y lloro muchísimo. Lloré mucho con la muerte de Juana, con la vuelta de Maruja del exilio, con el final de Pura y Concha. Con este último he llorado mucho porque tiene que ver con mi momento vital. Soy una mujer con una edad, y es un libro de aceptar los errores, de pensar que se hizo lo mejor que se supo y se pudo. Es un libro de gente que se ha ido, de perdón y de cierre.

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