“La esperanza y sentirse arropado son protectores de la salud mental”
Beatriz Salas, psicóloga
El Ayuntamiento de Teguise ha puesto en marcha el programa (RE)CreaT, una iniciativa de intervención comunitaria destinada a jóvenes de entre 14 y 30 años y a familias del municipio, como un espacio de psicoeducación, ocio saludable y desarrollo comunitario.
-¿En qué consiste el programa (RE)CreaT?
-Es un programa para dar alternativas, sobre todo a la población joven, pero también a las familias, de entretenimiento y desde esa herramienta poder hacer una educación, en este caso psicoeducación, para ayudarles a conectar más consigo mismos, con el entorno y con las relaciones personales. Este año tenemos 113 talleres desde una base artística, y buscamos tocar ciertos intereses o partes emocionales que les puedan mover, porque están muy atrapados en las pantallas, desganados, desmotivados, no tienen mucho aliciente, no confían en el futuro. Tenemos que buscar la manera de atraerlos y abrir la oportunidad de que les entre otra manera de disfrutar, otra información y otra manera de entender el mundo. Hay artistas locales, propuestas desde las artes escénicas, costura creativa, música, percusión, acciones de voluntariado... porque no podemos olvidar que somos sociedad y la estructura social se está deshumanizando. Vamos a hacer comunidad, vamos a hacer fiestas de voluntariado, simplemente compartir con otras personas que tienen diferentes diversidades o disfunciones, compartir la experiencia para hacerlos sentir más íntegros en la sociedad... Y hay tres carreras solidarias, porque el deporte es necesario.
-Ya ha nombrado las pantallas, que se relacionan con la salud mental de la infancia y la juventud. ¿Son el problema o son un síntoma de la incomunicación o la individualidad?
-Son las dos cosas. Son un problema, cuanto más temprano se empieza y más tiempo se está. No vamos a demonizar las pantallas, se pueden usar. Yo juego con mi hijo, de 15 años, a la consola, pero es un uso controlado, es un tiempo que tú decides, no es un abandono. Si no hay acompañamiento no sabemos lo que hacen ni lo que les llega. Y nuestros niños pueden ser muy buenos niños y tener una muy buena familia, pero con una pantalla les llega información que no tienen que ver. Y además el algoritmo es muy tramposo, está hecho para que no te desenganches, está continuamente mandándote lo que cree que te va a gustar y está diseñado para eso. La herramienta está hecha para que no controles. El problema es que no tengamos conciencia de esto y no pongamos medidas.
-¿Hasta qué edad no se debería dejar a un niño solo con un móvil?
-Lo más tarde posible. Si yo le doy a un niño pequeño una pantalla, con los estímulos que está viendo, le estoy bloqueando todo el desarrollo de la parte prefrontal del cerebro, que es la que va a ayudar a que como adultos vayamos desarrollando la gestión de las emociones, el control inhibitorio, el control de impulsos, la capacidad de reflexionar, todas estas funciones ejecutivas... En la película Cenicienta, cuando aparece la hada madrina y hace magia, es todo muy lento, todo muy despacio. Ahora ves cualquier vídeo y es todo como muy estimulante, todo muy rápido, cada vez más explosivo. No estamos entrenando a ese cerebro, que no está maduro, a tener quietud, a la pausa, a la espera. Y luego lo usamos como niñero: el niño no molesta porque está ahí absorto, metido en la pantalla, pero luego te va a dar muchos problemas de conducta, porque no va a tener tolerancia a la frustración, a esperar...
-¿Es importante que el cerebro descanse, que los niños se aburran, que durante un tiempo no reciban ningún tipo de estímulo?
-Se tendría que premiar que hubiese mucho tiempo de aburrimiento y de espera, porque allí es cuando el cerebro está desarrollando las redes de conexión, está integrando todo lo que está viviendo en el día, lo que está aprendiendo, en esos periodos de descanso, y además está reposando. En realidad, todas las grandes ideas del mundo han nacido en periodos de descanso. Newton descubrió la gravedad tumbado debajo del manzano.
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“Sobreproteger no ayuda a que entiendan que lo natural es sentir incomodidad”
-Pero los niños o adolescentes son un reflejo de la sociedad que hemos creado, porque parece que ahora hay que rentabilizar el tiempo, aunque sea el tiempo de ocio, hemos mercantilizado nuestro propio tiempo...
-Es una cultura del hacer y de la exigencia. Si lo pensamos, nuestros chicos lo tienen mucho más fácil que hace 20 años, tienen más oportunidades, más alternativas y parece que están más perdidos que nunca, porque también tiene mucha más presión que la que tuvimos nosotros, más exigencia a la perfección. Parece que se les exige que tienen que ser excelentes en todo y hay chavales que lo consiguen a costa de tener mucha ansiedad. Ya tenemos niños de ocho y 10 años que nos vienen con ansiedad, o lo contrario, niños que acaban en la sumisión, se bloquean porque creen que no van a conseguir nada. No es que sea un fracaso, es que les hemos enseñado socialmente que no van a lograr nada si no son excelentes en todo. Y ahí hay que educar también a las familias, a los educadores y a la sociedad en general. No podemos ser perfectos en todo.
-¿Y cómo detectan esa desesperanza? ¿De manera consciente o de manera inconsciente?
-No son tan conscientes. Cuando ya tienen más de veinte años sí que lo dicen: que para sobrevivir prefieren no hacer nada. Y no tienen esta mentalidad de que para aprender a vivir tengo que empezar sobreviviendo, sobre todo si todavía no tengo experiencia laboral, no me he formado lo suficiente... Sí tienen una desesperanza y una sensación de vacío. No confían en el futuro y nosotros necesitamos generar la vida. Lo que he aprendido trabajando en la consulta es que una fortaleza y un protector de la salud mental es la esperanza y sentirse arropado socialmente. Cada vez estamos arropando menos a los niños y sobre todo cuando llega la adolescencia, que ellos necesitan distancia, diferenciarse de los adultos, pero no quiere decir que necesiten que los abandonemos. A veces se oye: es que él no quiere que estés en primera fila animándole en el partido de fútbol o en sus carreras, pero sí quiere verte en la última fila y discreto, que no le des vergüenza, pero te quiere ver.
-¿Y cómo les afecta el miedo que tenemos los adultos? El hecho de educar con miedo a que les ocurra algo...
-El miedo afecta de muchas maneras. Puede afectar generando una sobreprotección, que la vemos mucho, se llaman los papás y mamás helicópteros que están salvando y anticipando todo a sus hijos. Y es muy curioso porque los sobreprotegen en unas áreas que en realidad no les están permitiendo un buen desarrollo. De hecho, llegan chicos a la universidad que no saben hacer la matrícula porque quieren salvarles de malestar o incomodidad. Y esto genera mucho daño, ya no solo porque no ayudamos a que sean autónomos y se desarrollen, sino porque no ayudamos a que entiendan que lo natural en la vida es sentir incomodidad y comodidad. La incomodidad se puede atravesar y se puede superar y tenemos herramientas para afrontarla. Si yo tengo un papá y una mamá sobreprotectoras, voy creciendo, fomentando mis creencias negativas de que no soy válido, de que no puedo conseguir las cosas, de que soy insuficiente. Que igual mi familia me está aportando mucho amor y siento que soy amado, pero siento que soy inútil.
-¿Eso se puede corregir? ¿Cómo y a partir de cuándo?
-Todo, de alguna manera, se puede amoldar. El cerebro tiene una plasticidad muy grande. Cuanto más tarde más va a costar. La adolescencia es una etapa en que está transformándose el cerebro, por eso también aparecen rasgos como la rebeldía, y dependiendo de la historia que hayas tenido atrás, va a ser más funcional o más disfuncional. Si yo tengo una historia difícil en casa, conflictiva, me va a generar dolor, no solo en la familia, sino fuera. Cuanto antes podamos aprender a acompañarlos, más fácil va a ser.
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“Las pantallas bloquean el desarrollo de la parte prefrontal del cerebro”
-¿Los padres de ahora piensan que pueden influir o que son responsables de todo lo que les ocurra a sus hijos?
-Esa necesidad de tener que controlarlo todo. Vivimos en Lanzarote, hay riesgos como en todos los lados, pero no es un lugar extra peligroso, pero hay chicos para los que sus padres son el chófer... ¿Puedo controlar todo lo que le vaya a pasar a mi hijo? No. Puedo enseñarle a que tenga algunas pautas de cuidado, a enseñarle estrategias, no para que vivan con miedo, sino para que aprendan a defenderse, saber qué caminos tengo que tomar para que las cosas puedan salir mejor. Y ese miedo de los padres es muy curioso, porque a veces sobreprotegen en ese lado, pero luego los hijos hacen lo que les da la gana por la noche. Los padres tienen mucho miedo de que sus hijos no les quieran. Y los hijos no dejan de querer a los padres porque les pongan normas o límites. Dejan de querer a los padres porque sean incoherentes, que los traten mal, pero no por las normas o límites. Alguna vez algún muchacho me ha dicho: a mis padres les doy igual... ¿Cómo que les das igual? Las familias siempre intentan hacer lo mejor que creen para sus hijos, pero es muy difícil ser padre si tienes que seguir la corriente de una sociedad como esta.
-El diagnóstico de la salud mental de los jóvenes, ¿cómo es de alarmante comparado con hace treinta o cuarenta años? ¿Realmente es peor o es que ahora nos preocupamos por ello y antes no?
-Hay diferencias. La estadística de los trastornos graves no ha aumentado. Lo que ha subido son otros tipos de trastornos, como los afectivos, la ansiedad, la depresión, de alguna manera algo la disociación. ¿Por qué se da esto? Porque hay una diferencia con el ayer. Antes nos pasaban cosas, pero teníamos un protector de salud mental más natural, que no daba para todo, pero ya hacía mucho. Nosotros íbamos a la plaza, nos juntábamos y hablábamos, nuestros padres se juntaban al café y hablaban de sus problemas. Había muchos espacios en los que te comunicabas, compartías tu vivencia y había cierto apoyo. Hoy en día no hay esos espacios, ni los adultos estamos haciendo eso, y eso era terapéutico. No tenemos esos espacios, por esta desconexión social. En las casas tampoco se comparte tanto. Por eso hoy la gente necesita, aparte de que la sociedad se está haciendo daño, más espacios. ¿Qué tienen de bueno nuestros jóvenes de hoy? Que hay un trabajo de visualizar la salud mental y los profesionales que hay alrededor de la salud mental, que en realidad somos todos... En realidad un amigo ya es un factor de protección, o de riesgo, de la salud mental de la otra persona. Nuestros jóvenes confían en los profesionales de la salud mental. Antiguamente no, solo era como para los locos. Hoy no, los jóvenes hasta lo piden y eso también es bueno.

















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