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“A lo de multidisciplinar le han dado un regustillo negativo”

De primogénito de Félix Hormiga a estrella con nombre propio, Atchén Pounapal pulveriza toda definición

Myriam Ybot 0 COMENTARIOS 26/09/2026 - 08:06

Según la mitología de Lanzarote, Atchén fue un hábil estratega que, en tiempos de la conquista y al modo de un Ulises canario, ocultó sus intenciones, urdió engaños, estrechó lazos y fingió buenas relaciones con los navegantes normandos, lo que inicialmente le granjeó el odio de su pueblo. Cuando se destapó el ardid, después de muchos intentos de acabar con su vida, fue arrojado por el risco de Los Ajaches, de donde la leyenda cuenta que se elevó transformado en pájaro inmortal.

“Mi padre formaba parte de la generación que reivindicaba la identidad canaria, su tradición y su pasado, y como tantos otros, peleó para poder bautizarme con un nombre aborigen, algo que no permitían las autoridades eclesiásticas. Creo que insistió tanto, se documentó y justificó la elección hasta tal punto que, por agotamiento, debieron aceptar su deseo. Y en lugar de incorporar un añadido del santoral católico, como se obligaba y era aceptado a regañadientes, él me puso de segundo Pounapal, que en bereber significa primogénito”, revela mi interlocutor con una gran sonrisa.

El relato de las circunstancias de su particular nombre resquebraja cualquier improbable hielo en la entrevista, celebrada en una tórrida mañana de verano en La Plazuela de Arrecife; una conversación interrumpida a menudo por viandantes que saludan al popular hijo del escritor Félix Hormiga. No pueden negar el parentesco ni la oscuridad poblada de la barba ni sus profundos ojos castaños ni el verbo torrencial, y aún menos esa manera en que, después de pronunciadas, sus palabras se mantienen suspendidas en el aire, vaporosas, como sin ganas de irse.

Durante años, su segundo apellido fue “el mayor de Félix Hormiga”, algo que Atchén no califica ni como losa ni como trampolín. “Yo daba por hecho que todo el mundo lo sabía, pero en una ocasión en que salimos juntos en una foto en la cocina de casa, amigos de siempre se asombraron de una relación familiar que desconocían. Es verdad que nunca busqué pedir favores, que siempre he evitado ejercer de hijo de... En cierto sentido, quizá podría hablar de una carga en relación con las expectativas, la sensación de que la gente iba a ser extremadamente crítica conmigo en mis aspiraciones literarias, por ejemplo, teniendo como padre al gran escritor Félix Hormiga”.

Una presión que se convertiría en caricia, impulso, reconocimiento y estímulo cuando el autor de El Rabo del Ciclón validó sus textos: “Empecé a tener confianza y a estar a gusto con lo que escribía cuando comentó, en una situación como súper normal: `No es porque sea mi hijo, es que escribe muy bien´. Aquellas palabras fueron mejor que cualquier gran premio, porque mi padre, que ya se había transformado casi en un colega de cafetería, me estaba reconociendo desde un lugar y con una opinión de experto”, recuerda.

Junto al aplauso paterno, las redes sociales, con su incomparable capacidad para llegar a los rincones más inverosímiles, operaron como escaparate de su trabajo fotográfico y literario y canal de retorno de felicitaciones. Así lo sintió durante los largos años en los que se dedicó en cuerpo y alma a la restauración, una ocupación extenuante y demandante que no dejaba tiempo para preparar exposiciones o ensayar obras de teatro. “Lo de subir una fotografía, acompañada de un breve texto, fue una herramienta que me sirvió para canalizar ese mono que tenía de la producción artística. Para mí es supercómodo, las fotos me las hago yo mismo, el personaje me lo invento yo, lo monto todo en casa, lo retoco yo, muchas veces hago yo la ropa, ayudado por mi madre, y los pequeños textos, a veces los escribo del tirón. Y gente a la que aprecio un montón y que son referentes para mí, se han acercado y me han dicho, por ejemplo: Oye, que me ha gustado muchísimo lo que escribiste sobre la playa, en tal foto”.

Un ‘collage’ creativo

Si escarbar en los mitos para rastrear el origen del Atchén aborigen es complejo, no lo es menos describir al artista y creador del siglo XXI, que atraviesa un momento dulce de trabajo y reconocimiento dentro y fuera de la Isla. Él mismo se define como “un collage de un montón de cosas”. Y se explica: “No sé si por mi manera de ser, por mi carácter, por mi naturaleza, nunca he querido prescindir de opciones o tener que elegir. Incluso en Bellas Artes tuve la suerte de que todavía no existiera ese plan de estudios donde, si eras escultor, eras escultor, si eras pintor, eras pintor, sino que podías formarte en todo lo que te interesara, diseño gráfico, cerámica, escultura o arte dramático. Creo que mi personalidad reside en esa variedad de intereses”.

El panorama se le presenta tan polifacético como el camino ya hollado

Multidisciplinariedad, maridaje, fusión... El lenguaje ofrece un amplio abanico de posibilidades para definir la creación cultural que rompe con los límites y las fronteras de géneros y artes. Una posibilidad que, desde su propia experiencia, Pounapal avala con entusiasmo: “Me hace mucha gracia la palabra multidisciplinar, que se puso de moda en los 90 con cierto regustillo negativo, como que picas en todos lados pero no te centras en nada... Pues no estoy de acuerdo. Me parece muy interesante poderte empapar de la variedad más amplia de expresiones artísticas”.

Su caso es notable, sin duda, con acercamientos y obra en pintura, ilustración, fotografía, teatro y performance, literatura, audiovisual, música, danza, escaparatismo... Pocos palos hay que no haya tocado su caudalosa creatividad. Una opción netamente contemporánea a la que, en una nueva pirueta, incorpora elementos de la tradición, lo que le lleva a ser rabiosamente moderno sin sacrificar sus raíces, aunque genere sorpresa en quienes le rodean.

“A la gente le asombra que yo, ahora, esté súper involucrado en la danza con Los Buches, y en la Orden del Cachorro, porque tienen una idea elaborada sobre mí de modernidad total. Pero a mí el folclore me ha gustado siempre, desde niño. Lo he vivido muy de cerca, también por la suerte de tener la familia que tengo: por parte de madre, el hogar de Femés con unos valores tradicionales muy vinculados a la tierra y con unos principios excepcionales, y por mi padre, con el acercamiento a la cultura. Desde finales de los 70 había un sentimiento por recuperar la canariedad, que es esa palabra tan extraña, y eso siempre ha estado ahí; uno va de muy moderno, de haber estado en Berlín, en Barcelona, en un montón de sitios, pero después venía a Lanzarote un fin de semana, coincidía con Antonio Corujo al timple en Ginory, y cuando cantaba una malagueña o una folía, las lágrimas me salían solas”, recuerda.

En su opinión, el recurso a la tradición y la conexión entre las raíces ancestrales y lo contemporáneo, más que una moda, era algo inevitable: “Pensemos en artistas como Rodrígo Cuevas o Guitarrita de la Fuente; Rosalía lo hizo en sus inicios, cuando ofrecía algo más aflamencado... Siempre se recurre al patrimonio; puedes hacer una cosa súper moderna, pero tiene que haber unos cimientos debajo. Como cuando Quevedo saca a Los Gofiones o Ale Acosta incorpora la voz de Valentina la de Sabinosa, con unas chácaras y un tambor, a una base electrónica. La identidad no es algo inviolable y esta es la manera de que no desaparezca, siempre que el acercamiento se haga con respeto y coherencia”, afirma.

Atchén, caracterizado como Marilyn Chacón.

Marilyn Chacón

El amor por el teatro y la interpretación es otro elemento que le trenza los pulsos al padre, fundador en los ochenta de la mítica compañía Regartija. Atchén se inició en las filas de la tinerfeña Catarsis aunque enseguida apostó por la experimentación personal a través de la performance. “Empezaba a jugar con la creación de personajes. Un día quedaba con un protésico dental y me hacía una funda de colmillos, pero no para hacer el vampiro prototípico, sino para romper con los arquetipos estéticos y vampirizar a un ama de casa, llevar a la gente a la sorpresa, salirme de lo convencional”. Y de ahí a Marilyn Chacón, la popularísima DJ pin-up de gruesas cejas y atuendos imposibles que animó durante años las noches de Arrecife, había solo un paso.

Creó a Marilyn Chacón, un personaje femenino en un hombre peludo

El artista lo recuerda con afecto: “Lo de Marilyn surgió una noche en una exposición colectiva en el Tambo en 2007 o 2008, no sé bien. Había vuelto de Barcelona, licenciado en Bellas Artes, y estaba trabajando en un estudio fotográfico y haciendo alguna cosa por mi cuenta. Allí estaban todos, Emma, Moisés, todo el mundo. Y entonces se me ocurrió crear un personaje. En esa época estaba muy de moda el rollo pin-up, en plan las chicas de las portadas de las revistas de tatuaje, una cosa de los márgenes pero acotada por la norma: si eras pelirroja, mejor, si tenías curvitas, mejor, la ropa, marinera o cowboy, pero cuidado, ni muy macarra, ni muy moderna, ni muy gringa”.

Fiel a su estilo, creó a Marilyn Chacón, un personaje extremadamente femenino encarnado en un hombre peludo, de poses estudiadísimas y aspecto de engendro: “La gente que se dedicaba al transformismo, que jugaba con la ilusión de la feminidad, me decía, pero aféitate, ponte esto, que esa ropa es superfea, pero yo no perseguía la belleza, me interesaba más el monstruo”.

Reina de la noche en El Callejón y en el Tambo, Atchén se introdujo así en los vericuetos de la creación musical. “Pinchar fue un vehículo muy atractivo para adentrarme en la música, y en esa actividad encontré espacios donde podía combinar la interpretación, generando un personaje, con la moda, la estética, la construcción de ambientes, el maquillaje, la fotografía y el diseño, porque hacíamos carteles para las sesiones, pequeños vídeos... Mis apariciones, después de tres horas de maquillaje, con un Versace de Ferrer y una enorme tulipa negra en la cabeza, por ejemplo, causaban una enorme expectación, era como la alfombra roja de los Óscar, en medio de Arrecife”.

Pero la estrella tras la cabina no se quedó ahí y el alter ego de Pounapal escapó del ocio nocturno y salió a la luz, en bolos en Fuerteventura, presentaciones de libros o vídeos, lo que la hizo más interesante y popular todavía. “Y con Moisés Fleitas, que era Eustakya Lepop, la compañerísima de Marilyn, vivimos historias como para escribir un libro”.

Luego tocó descansar, y cejas, tacones y minivestidos quedaron aparcados para dar vía libre al artista a nuevas experiencias creadoras. “Hay contextos en los que se me ha pedido que lleve a Marilyn, pero cuyo sentido no entiendo. Las últimas veces siempre han sido para el Cabaret canalla de El Almacén y cuando pinché en la reapertura. A veces siento su espíritu dentro, pidiéndome que la saque, pero después, por otro lado, es como una etapa cerrada, y me da pena, porque la recuerdo con mucho cariño”.

Proyectos

Cuando mira al futuro, el panorama se le presenta tan polifacético y multicolor como el camino ya hollado. Tiene una extensa colección de textos en la zaranda, de donde extraer la sustancia para un libro que quiere publicar en el plazo de un año. Algunos son recientes, de otros no recuerda su escritura. Y comparte la explicación que le ofreció Félix Hormiga y que hunde las raíces en la personalísima imaginería paterna. “Mi padre me dijo: tú tienes una cosa que se llama la boca muerta. Cuando escribes, hay párrafos que son tuyos, y otros que te dictan, te están hablando como a una especie de medium. Crees que se te está ocurriendo a ti, pero es la boca muerta la que te dicta. Y seguramente, eso te viene por tu bisabuela”. Sin confirmar ni desmentir, el artista se muestra convencido de la magia inexplicable que contiene Lanzarote.

Puede visitarse en El Almacén la instalación ‘Arqueología del ciclo’

Además, hasta el 26 de septiembre puede visitarse en El Almacén la instalación Arqueología del ciclo, una creación visual y sonora que enfatiza la idea del eterno retorno, mediante la repetición continuada de imágenes y escenas performáticas que evocan la tierra, el agua, el aire y el fuego. Las escenas, grabadas en distintas localizaciones de Lanzarote y Fuerteventura, cuentan con la colaboración artística de Moisés Fleitas en el montaje y con las composiciones sonoras y musicales de Kravirus, lo que Atchén califica como “un trío perfecto”.

Según relata, el recorrido de la propuesta ha sido accidentado y orgánico: “Primero fue parte de un proyecto en Tenerife que se tuvo que aplazar, una serie de visuales, sin música, para acompañar una exposición. Luego empezó a crecer sin control y a demandar trabajo, que duró cerca de dos años, y vi clarísimo que, en la adaptación para Lanzarote, hacía falta música”. Y en esa línea avanza, con la vista puesta en mover la instalación fuera de la isla e, incluso, crear algún artefacto digital con la música y las imágenes de la exposición, junto a fotografías y composiciones que no se utilizaron en el proyecto final.

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