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Ignacio Romero recupera la herencia vitícola en Montaña Blanca

El proyecto que comparte con Luise Guttenberger rehabilita viñas familiares, preserva el paisaje y divulga la cultura del vino

María José Lahora 0 COMENTARIOS 20/10/2026 - 08:18

El biólogo y divulgador medioambiental Ignacio Romero ha acuñado un nuevo término: enorruta, para descubrir el patrimonio y la cultura del vino en torno al paisaje protegido de La Geria a los pies de Montaña Blanca. En los recorridos que ofrece desde su nuevo proyecto como viticultor y bodeguero, junto a su pareja Luise Guttenberger, rememora el esplendor vitivinícola en una localidad donde en el pasado casi cada finca albergaba una bodega rodeada de parras. La suya es actualmente la única representante del histórico pueblo en el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Vinos de Lanzarote.

Desde que pusiera en marcha su proyecto bodeguero en Montaña Blanca junto a su familia el objetivo ha sido recuperar el cultivo de la viña en la zona. Hace 15 años comenzaron el proceso de rehabilitación de los viñedos familiares como una forma de estar “enraizados a la tierra”. “El campo para mí es pura inspiración”, comenta Romero. Las primeras cosechas ofrecieron una producción casera que degustaron entre familiares y amigos. El proyecto y la “inspiración” fueron creciendo y también las dimensiones que precisaban para albergar las elaboraciones.

Aprovechando la pandemia decidieron no solo continuar con la rehabilitación de las viñas familiares, sino también restaurar una edificación en desuso y casi derruida en la finca familiar que perteneció a su abuelo y abrir la bodega al público en 2021. A día de hoy cuentan con contratos formalizados con touroperadores de alto standing que buscan ofrecer a sus clientes visitas a lugares selectos de Lanzarote, o bien propuestas de particulares interesados en conocer los entresijos de la viticultura de la Isla.

En Montaña Blanca, los visitantes pueden conocer de primera mano cómo se trabaja el viñedo tradicional en ecológico y la elaboración de un vino natural sin intervención. Trabajan con grupos de reducidas dimensiones, no más de 15 integrantes. Una vez al mes, con el proyecto de educación medioambiental Senderismo Lanzarote, puesto en marcha hace dos décadas, realizan una visita a los viñedos que también finaliza en la bodega. Allí se ofrece una degustación de las elaboraciones que maridan con queso de Montaña Blanca, batata frita de Tías o mermelada de Bernardo’s.

En la bodega pueden verse los tanques, ahora fermentando los caldos de la fértil cosecha de esta campaña y que podrán embotellar a partir de noviembre. También una prensa tradicional, única que emplean para el prensado de la uva y responsabilidad exclusiva del propio Ignacio Romero. En época de vendimia, en la que sí participan los amigos, hay pocas noches para el descanso. La familia debe aprovechar todas las horas posibles para que el mosto llegue en las mejores condiciones a los tanques de fermentación. También pueden contemplarse barricas de roble y de jerez, donde el biólogo experimenta con vinos dulces.

En la bodega de Ignacio Romero no se desaprovecha nada. Los caldos sobrantes, ya sin aroma ni sabor, como los que conserva de la cosecha de 2023, se aromatizan con especias obteniendo una bebida tipo vermú, exclusivamente para su degustación en la finca. Está elaborada sin azúcar, aprovecha para ello la cera de la miel de las colmenas de su suegro, el apicultor Klaus Guttenberger, que de otra manera se desecharía.

El divulgador medioambiental ha acuñado un nuevo término: enorruta

Los viñedos, que apenas ocupan tres hectáreas de extensión, se encuentran en un radio de dos kilómetros. Junto al entorno de la casa familiar que alberga la bodega se divisan las fincas Los Charcos, Lomo de Tesa, Hoya de Las Raíces, El Cabezo. Cuentan con otras dos más en la zona: Cuatro Esquinas en Masdache y otra finca en El Oratorio, una de las más incipientes del proceso de recuperación. La más alejada está en Mozaga y pertenece a la herencia materna.

El primer año de producción, 2023, se alcanzó una cosecha de 4.000 kilos, sin embargo las dos siguientes, siguiendo la tónica general de la Isla fueron vendimias de escasa producción, llegando a la actual cosecha donde se ha logrado superar los 3.000 kilos de uva. Mayoritariamente malvasía volcánica, también listán negro, una escasa representación de diego y moscatel, principalmente en El Charco, que dejan pasificar en la propia parra.  

La producción de Ignacio Romero es limitada, con una mínima intervención y de elaboración natural, representando esa apuesta por la alimentación saludable. Este año esperan alcanzar los 3.000 litros de vino. Lo justo para la familia, las propuestas enoturísticas y la venta en la propia bodega. Cuenta con un único establecimiento de restauración como cliente seleccionado, el Tamarindos Gastro-Bar, dentro del Centro Antroposófico de Puerto del Carmen.

Como no podía ser de otra manera, sus elaboraciones llevan nombre de plantas: Yesquera, amarilla para el blanco sobre lías y roja para el tinto, y Tarabaste en sus tres variedades: blanco, tinto y dulce.

En un recorrido por los viñedos pueden apreciarse los frutos de estos años de rehabilitación de la viña autóctona. La familia trabaja tanto el cultivo en zanja perimetral, como en chaboco y en hoyo tradicional, como las cepas que pueden verse en la finca de El Cabezo o El Lomo de Tesa, la más complicada de recolectar por su dificultad de acceso, inaccesible para los vehículos a motor y que requiere de una mayor colaboración en época de vendimia. Entonces, los eventuales recolectores, casi siempre amigos de la familia, formarán una cadena para poder vendimiar y cargar las cajas.

Ignacio Romero mantiene la filosofía de concienciación medioambiental que ha guiado todo su trayectoria profesional en la producción vitivinícola. Abogando por una agricultura que busca el equilibrio con la naturaleza y el equilibrio cultural, manteniendo la forma de la producción original de la zona, donde en el pasado podía contabilizarse hasta un centenar de bodegas que desaparecieron con los cambios socioeconómicos. La transición de una economía de subsistencia basada en el sector primario hacia una plenamente terciarizada transformó radicalmente el paisaje de la Isla, que ahora el biólogo y su familia se encargan de recuperar y preservar para las generaciones venideras.

Las elaboraciones de la bodega llevan nombre de plantas: Yesquera y Tarabaste

Trabajar en agricultura ecológica requiere además una mayor dedicación. “Tenemos que ser más preventivos que en la convencional, lo que significa que debemos estar más pendientes de las posibles plagas. Tenemos que estar más presentes en la viña”. Azufre, bentonita... En los terrenos familiares de Mancha Blanca solo se aplican los métodos autorizados para el cultivo ecológico. Este año han tenido que sufrir el ataque de mildiu como el resto de viticultores, lo que ha impedido alcanzar mayores cifras de producción. En febrero se realiza la poda con el menguante. Una vez que brota la fruta se previenen las enfermedades con la aplicación de azufre. La uva se deja madurar en la parra a fin de que tenga una elevada graduación. Sus elaboraciones alcanzan los 13 grados para conferir la estabilidad necesaria que proteja un vino de mínima intervención.

Es habitual la visita de entendidos en viticultura que se sorprenden ante el paisaje de La Geria y sus métodos de producción, no sólo por la belleza del paraje y lo heroico de la experiencia, sino porque no acaban de comprender que iniciativas como la de Ignacio Romero y Luise Guttenberger en Montaña Blanca van más allá del puro negocio. Aseguran que en la Península un proyecto como ese sería “inviable” por la escasa rentabilidad de la viña. En bodegas de La Rioja o Ribera del Duero pueden alcanzarse los 15.000 kilos de uva por hectárea de viñedo frente a los 400 que apenas se cosechan en esta zona de Lanzarote. “Hay que recordarles que la viña en la Isla es más que vino, es cultura, paisaje...”.

Relevo generacional

El proyecto de Ignacio Romero sigue la tónica general de los últimos años en los que han proliferado un enjambre de pequeñas bodegas. “Antiguamente todas las casas del pueblo contaban con su lagar y propia bodega. Un sector primario que decayó y ahora vuelve a florecer. Es una dinámica natural de las nuevas generaciones reflotar las bodegas que tuvieron en su legado familiar con todas las garantías jurídicas”. El buen momento que vive el sector vitivinícola permite auspiciar el ansiado relevo generacional, reflejado en iniciativas como la del biólogo en su finca familiar de Montaña Blanca.

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