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“He estado en la cárcel, he pensado que no iba a sobrevivir y he salido”

Noelia ha decidido “salir del armario” y contar su experiencia en la prisión de Tahíche para “dar voz a todos los internos que no la tienen”. Especialmente a las mujeres, “las grandes olvidadas”

Isabel Lusarreta 0 COMENTARIOS 31/08/2026 - 07:06

Cuando Noelia ingresó en el Centro Penitenciario de Tahíche solo tenía 27 años, y su recuerdo más nítido de aquel 9 de febrero de 2022 es un color: “Cuando entras en tu habitación es todo blanco. Las paredes, los hierros, la cama de gomaespuma, las sábanas de Instituciones Penitenciarias... Es una ansiedad que te mueres”. Hasta entonces, “nunca había conocido a una persona que hubiera estado en la cárcel”. Su única referencia era “la de las películas”, que no le aportaban precisamente tranquilidad.

De hecho, lo agradeció cuando le comunicaron que debía pasar 10 días aislada en cuarentena por las restricciones del Covid. Incluso rechazó tener una interna de apoyo: “Prefería estar sola con mi soledad”. Necesitaba tiempo para adaptarse “a lo desconocido”, pero también para vencer el miedo a las mujeres que iban a ser sus compañeras. “No es ya lo que hayan hecho, es que te preguntas: ¿y si de repente una me clava un pincho y me mata?”

En las primeras horas solo podía llorar, y lo seguía haciendo cuando cayó la noche. Ahí empezó a ver que quizá esas internas no eran tan temibles. “Recuerdo que escuché a una compañera llamar a otra por la ventana y le dijo: ¿Quién es la que está llorando? ¿Es la nueva? Dile que se asome”. Noelia, entre lágrimas, mantuvo su primera conversación. “No te preocupes, que es lo normal, que es el primer día. Ya verás que cuando estés con nosotras vas a estar bien”, le dijeron.

Cuatro años y medio después, por fin puede decir algo: “He estado en la cárcel, he pensado que no iba a sobrevivir y he salido”. Ha recuperado su vida, aunque aún lleva una pulsera en el tobillo, que le recuerda que sigue en libertad condicional. Pidió sustituir ese dispositivo por otras fórmulas, pero se lo denegaron. Durante meses, para evitar esa pulsera, siguió acudiendo a dormir a Tahíche de lunes a jueves, porque no quería estar en la calle con ese “estigma”, pero a mediados del pasado mes de mayo dijo basta. Decidió “salir del armario”.

“Cuando vas por la carretera y ves la prisión de lejos, todo el mundo sabe que es la prisión, se ven las torres, pero nadie piensa que dentro hay 400 o 500 personas con su vida parada”, subraya. Por eso entendió que tenía “la oportunidad de ponerle voz a personas que no la tienen”. Sobre todo a las mujeres, que denuncia que son “las grandes olvidadas del sistema penitenciario”.

“Prefería estar muerta”

“Yo he deseado morirme muchísimas veces dentro de la prisión. Los primeros días prefería estar muerta antes que amanecer otro día más en la misma situación”, confiesa. De golpe, pasó de tener un trabajo, amigos y “un vestido de Pronovias colgado” en casa de su madre, porque estaba a punto de casarse; a verse privada de libertad. Sin ningún control sobre su vida ni sobre su tiempo.

En la cárcel, “ninguna conversación empieza preguntando por qué estás aquí”. “Al principio te lo preguntas, pero después te da igual. Aprendes a no juzgar y a no estigmatizar”, explica. Por eso prefiere no entrar en detalles sobre los motivos que la llevaron a prisión. Los sabe su entorno y los habla sin tapujos en el tú a tú, pero la historia que quiere hacer pública va mucho más allá de eso. Entre otras cosas, de superar esos “estigmas”. No olvida la frase que un día le dijo una funcionaria: “Este sitio está lleno de buenas personas que en un momento de su vida tomaron una mala decisión”.

En su caso, de todo aquello hace doce años. Entonces tenía 20 y vivía en Jerez de la Frontera, su ciudad natal. Desde que acudió a declarar en una de las causas hasta que se celebró el primer juicio, pasaron más de cinco años. En ese tiempo superó una depresión, se mudó a Lanzarote para empezar de cero, consiguió un trabajo estable, hizo nuevos amigos y conoció al que iba a ser su marido. “Una parte de mí decía: Esto no va a pasar, se va a solucionar. No voy a ir a la cárcel, es surrealista. Yo tengo una vida totalmente ordenada”. Pero ocurrió.

Noelia se vio en una celda blanca a la que hoy llama “habitación”, con una ventana que enfrente solo tenía “un muro con pinchos arriba”. Lo importante, como tardó poco en descubrir, era lo que había a los lados: las ventanas de sus compañeras. Las que la animaron la primera noche. La que al día siguiente la empezó a llamar por su nombre desde el patio, gracias a la mediación de una funcionaria que creyó que “congeniarían bien”. “Me asomé y cuando vi a Jessica vi a Dios. Está feo decirlo, pero la vi tan normal”, recuerda.

Con ella aprendió uno de los códigos del módulo: la sororidad. “Me dejaba todos los días en la puerta un café con una palmera, o con unos donetes...” También le hicieron llegar una cartulina y rotuladores, porque estaban preparando el cumpleaños de una interna y le pidieron que hiciera el cartel. El día en el que se celebraba la fiesta, coincidió con el fin de su cuarentena. “Cuando bajé ya las sentía mis compañeras”.

Al describir la vida en prisión, utiliza una frase televisiva: “Allí dentro es todo muy intenso. Es como un Gran Hermano”. En el día a día, su único contacto con el exterior son “ocho minutos por teléfono”, por lo que entre ellas se crea “un sentimiento de hermandad”. “Hay momentos chungos, obviamente, porque las mujeres podemos ser muy viscerales y está todo muy a flor de piel. Y también hay gente mala, como en todas partes, porque la cárcel no deja de ser un reflejo de la sociedad, pero por lo general la relación es muy buena. Te peleas, te tiras de los pelos, a veces algunas literalmente, pero son como tu familia”.

Saltando obstáculos

Noelia entró para cumplir una primera pena de cuatro meses, porque le denegaron suspender la ejecución, pero sabía que se habían ido sumando otras. Tardó “tres semanas” en asumir que esa era su nueva situación y que “iba para largo”. Fue entonces cuando empezó a descubrir las carencias y los fallos de un sistema que, en la teoría, tiene como finalidad la reinserción de las personas que cumplen condena.

“Al ver la prisión, nadie piensa que dentro hay personas con su vida parada”

Su primera idea fue dedicar ese tiempo a estudiar. Ella estaba cursando online primero de Derecho, pero descubrió que en prisión solo podía acceder a formación universitaria a través de la UNED. “Yo en la UNIR estaba becada, pero en la UNED tenía que pagar los créditos y no tenía el dinero”. Los cursos anuales de pintura, cocina o informática que ofrece el centro, que son muy demandados, “no estaban activos en ese momento”; y los de formación básica y alfabetización estaban descartados, aunque lo intentó con Bachillerato. “Como yo me lo saqué de sociales, pedí apuntarme al de ciencias, para poder al menos estudiar algo”. No se lo permitieron, con el argumento de que ya tenía ese título.

En su opinión, el verdadero motivo para no dejarla asistir estaba en que las clases son mixtas, y la dirección del centro de entonces tenía una política: “cuanto menos nos juntáramos con los otros internos, mejor, porque tenían miedo a que nos quedáramos embarazadas”. Y eso, afirma que terminaba perjudicando a las mujeres de múltiples formas. Para empezar, en la asignación de trabajos dentro de la prisión, que fue la primera batalla que decidió librar.

Ser mujer en prisión

Noelia sostiene que no había ni una sola mujer trabajando en servicios comunes del centro, como cocina, lavandería, enfermería o mantenimiento. Ellas estaban limitadas a los trabajos de su propio módulo, que representa poco más del cinco por ciento de las instalaciones, con 28 de las 500 plazas de la prisión. Las escasas opciones de trabajo estaban en su propio economato, su office o limpieza.

“Me leí el reglamento penitenciario de arriba a abajo”, recuerda. Sobre el papel, las mujeres tenían derecho a optar a cualquier plaza de las bolsas de empleo, que se adjudican por puntos. “Pero daba la casualidad de que ninguna de mis compañeras tenía más puntos que algún hombre. ¡Ninguna!”

Su otro hallazgo fue que en su módulo no estaba activo el protocolo que les permitía celebrar una asamblea semanal y designar una presidenta para canalizar sus demandas. Poco después lo pusieron en marcha y Noelia se convirtió en la voz de sus compañeras ante la institución. Y cuando allí no obtenía respuesta, acudía a la jueza de vigilancia penitenciaria, que vela por los derechos de los internos. “Milagrosamente, al mes siguiente de hablar con ella las mujeres empezaron a trabajar en nuevos destinos”, subraya.

En su caso, nunca llegó a trabajar fuera de su módulo, y cree que actitudes reivindicativas como esa hicieron que se “comiera más años que el pulpo en el tercer grado sin la condicional”, pero cree que valió la pena. “Hace unos meses se me acercó una compañera a la que no conocía y me dijo: ¿Tú eres Noelia? Buah. Gracias a ti estamos trabajando en la lavandería y le paso todos los meses 300 pavos a mi hijo”.

El valor del dinero

“Creo que mi paso por la prisión ha sido totalmente el detonante de la persona que soy ahora, y a día de hoy ya no me pesa”, afirma Noelia. Ya no es la joven que ingresó en Tahíche. De hecho, desde la distancia, cree que a veces vivía “en los mundos de Yupi”. Por ejemplo, cuando el primer día pidió un psicólogo -“toda inocente yo”-, tanto para afrontar la situación como para continuar la terapia que ya seguía fuera. O cuando preguntó si podía utilizar la tarjeta para ingresar dinero en su peculio, que es la cuenta con la que se manejan los internos para sus gastos en prisión. No olvida las miradas y las respuestas de los funcionarios: “Te queda tanto por aprender”.

“Con las compañeras hay momentos chungos, pero son como tu familia”

En sus primeros días, solo pudo contar con los “seis euros y pico” que llevaba en el bolsillo cuando fue conducida a prisión. Pronto aprendió la importancia que también tiene el dinero dentro de esos muros. “Cuando entras te dan un vaso de plástico con un cepillo de dientes, unos cubiertos de plástico, cuatro rollos de papel de baño, un gel, una lejía y compresas, de esas gordas que son para pérdidas de orina. Con eso te tienes que arreglar un mes”. Todo lo demás, incluido el desodorante o el champú, tienen que comprarlo en el economato, si se lo pueden permitir.

Esa fue otra de las lecciones de sororidad que aprendió en su módulo: “Cuando una no recibía dinero una semana, hacíamos entre todas una vaquita, porque ninguna se iba a quedar pasando necesidades. Y no cobrar es pasar necesidades, porque el sistema no te cubre todo”. Además, también en eso afirma que se veía la desigualdad. “Cuatro rollos de papel higiénico para un hombre que solo se tiene que limpiar el culo, a lo mejor le llega, pero a una mujer no. Y con la regla, menos”.

Son las cosas del sistema que cree que la gente debería conocer. Otras, tienen que ver con la sanidad y con la burocracia. Por ejemplo, afirma que si un interno “se pone malo de noche”, tiene que pasar hasta tres filtros antes de que lo lleven a un hospital: primero el funcionario de guardia, después el jefe de servicio que autorice la apertura de la celda y por último el médico que esté de guardia, “que tiene que venir desde su casa”. Y luego, localizar a la patrulla de la Guardia Civil para el traslado. “Tiene que haber algo que facilite ese proceso, porque según lo que tenga, a lo mejor no lo cuenta”.

Además, explica que solo hay dos prisiones en España donde la enfermería está coordinada con el servicio de salud de su comunidad, “con el mismo programa y la misma información”; y Lanzarote no es una de ellas. Aquí, cuando ingresan, no consta nada de su historial anterior, como la posible medicación crónica que tuvieran recetada. Y cuando salen, también se queda “en blanco” ese periodo de su vida, lo que les obliga a dar constantes explicaciones. “Parece que no, pero es un bache tras otro”.

Lo que “lo cambia todo”

Pese a sus cuestionamientos al sistema, Noelia también reconoce lo positivo: “Yo puedo decir que no he vivido una mala experiencia en la prisión”. De hecho, muchas de sus quejas tienen más que ver con las circunstancias de otros compañeros y compañeras que con las suyas, y casi siempre ligadas a la burocracia y a la falta de recursos. En cuanto a los funcionarios, a los que tienen que tratar siempre de usted, “de don y doña”, también afirma que “hay de todo”: “La suerte es que yo me he cruzado con muchos que hacen lo que hacen por devoción, y eso te facilita mucho las cosas”.

Además, destaca lo que supone el trabajo que las asociaciones desarrollan en prisión. Desde el programa de reinserción Reincorpora, financiado por la Fundación La Caixa -“espero que no dejen nunca de hacerlo, porque es brutal”-; hasta las distintas actividades que ofrece la ONG Derecho y Justicia, que cree que “han evitado más de un suicidio”. Y es que en un lugar “donde te levantas siempre a la misma hora, te acuestas a la misma hora y todo está marcado por horarios, cualquier actividad que te saque de la monotonía es algo extraordinario”.

“Ninguna conversación empieza preguntando por qué estás aquí”

Uno de los peores momentos, de hecho, es “la hora del chape”. Así llaman los internos a las dos horas y media que deben pasar en sus celdas tras la comida. En total, sumadas a las doce horas de la noche, son casi 15 horas al día encerrados. Algunos, con su compañero o compañera de celda. Otros solos, como Noelia, porque el módulo de mujeres nunca suele estar completo.

“La diferencia de que tu experiencia en prisión sea mejor o peor, además del equipo de funcionarios que te toque, es la bondad de los voluntarios que entran allí a sentarse contigo, cuando podrían estar en cualquier otro sitio. Son las personas que lo cambian todo”, defiende. Desde el padre Jonathan, hasta las voluntarias del centro de salud de Valterra, una matrona y una enfermera que empezaron ofreciendo charlas y terminaron llevando a prisión el equipo necesario para realizar revisiones ginecológicas, incluyendo citologías, que era una vieja reivindicación de las internas.

A ella, todo eso fue lo que la salvó. De hecho, cree que la falta de actividad es la que alimenta “un círculo vicioso” en otros internos. “Bajan al patio, no tienen nada que hacer, se aburren, consumen, se drogan, la lían, los castigan, vuelven a no tener derecho a ninguna actividad porque están castigados, se amargan, se drogan, consumen, la lían... Es un bucle que no les permite avanzar”. Y es que sí, confirma un secreto a voces: “En la cárcel hay droga. Casi más que en la calle”.

Una nueva vida

Hoy Noelia tiene 32 años y, por segunda vez, una nueva vida. Los planes de boda quedaron atrás, porque el que iba a ser su marido rompió la relación cuando ella estaba en la cárcel. Siente que ahora es “mucho más fuerte” y que la experiencia también le ha servido para hacer “una limpia social muy importante”. Para saber con quién puede contar.

“Hay amigas de toda la vida que a día de hoy no me miran a la cara”, confiesa. También le ha ocurrido con algunos familiares. A cambio, tres amigas que había hecho en la Isla no dejaron nunca de ir a visitarla a prisión, y otras que conoció después, cuando estaba con el tercer grado, han conseguido emocionarla. Durante mucho tiempo les ocultó que había estado en prisión. Incluso cuando seguía yendo a dormir de lunes a jueves.

“En prisión, no cobrar es pasar necesidades, porque el sistema no cubre todo”

“Sentía que las engañaba, porque hasta nos fuimos de viaje juntas aprovechando mis días de permiso, pero no me sentía preparada para contarlo”. Entonces conoció el proyecto de Las Olvidadas, y el pasado mes de mayo le ofrecieron participar en una mesa redonda en Madrid. Suponía exponerse públicamente, pero al final decidió hacerlo. El resto vino en cadena. Pidió por fin la pulsera telemática que llevaba meses rechazando y se sinceró con las personas de su entorno que aún no conocían su situación.

Con esas nuevas amigas, le costó: “Durante tres semanas dejé de quedar con ellas y al final se lo acabé contando en un audio”, recuerda. Ellas respondieron presentándose en su casa: “No venimos por eso, venimos porque te echamos de menos y queremos que vuelvas a ser tú. No nos importa lo que haya pasado antes. Eres la misma persona y no ha cambiado nada”. No le podían haber dicho nada mejor.

“Ahora me he liberado. He salido del armario, como yo digo, y puedo ponerle voz a todos los compañeros que no la tienen, a los que murieron por sobredosis o se quitaron la vida, porque hay muchísimas cosas que cambiar en el sistema penitenciario”. Cree que quizá tenía que pasar por esta experiencia para encontrar su “propósito” en la vida. “Lo he descubierto gracias a verme en el lado más feo, con personas que normalmente la sociedad tiene apartadas. Allí dentro somos todos iguales. Tengo compañeras que me han dado un café o un abrazo cuando yo no tenía nada y hoy piden en un semáforo y viven en la calle. Yo he vuelto a mi vida y ellas a la suya, pero ahora no puedo mirar para otro lado”.

“Pasaba sangre, sudor y lágrimas para volver a prisión tras el trabajo”

Noelia llevaba un año y cuatro meses en prisión cuando recibió “el mayor regalo” de su vida: la jueza de vigilancia penitenciaria autorizó que pudiera salir del centro a trabajar. Aún no tenía el tercer grado, pero en segundo grado también cabe esa opción en algunas circunstancias. Eso sí, sus salidas eran única y exclusivamente a su lugar de trabajo.

Así pasó del módulo de mujeres de la prisión al Centro de Inserción Social (CIS), que se ubica justo al lado y alberga a los internos que ya están en ese paso previo a la libertad. “En España solo hay dos CIS que dependen de la prisión. El resto están en núcleos urbanos, que es lo lógico, porque es un centro de reinserción”, apunta. En Lanzarote, su ubicación complica ese proceso. “Si lo que quieres es que la gente salga, que vaya a trabajar, que arregle papeles, el médico... se lo tienes que poner un poco más fácil, no lo puedes poner ahí arriba”.

No hay guaguas que pasen por la cárcel. La parada más cercana para ir a Arrecife está en la rotonda de la Fundación César Manrique, a una media hora caminando. En su caso, el primer trabajo que consiguió fue en un restaurante de Puerto del Carmen. Salía del trabajo a las 12 de la noche y a la una tenía que estar en el CIS, porque a esa hora es la última entrada. “Pasaba sangre, sudor y lágrimas, porque en ese momento no tenía coche”, recuerda. Y eso que ella tenía “la suerte de contar con una red de apoyo” fuera, y más de una vez llamó a una amiga para que la llevara en el coche.

Sin embargo, subraya las limitaciones que eso supone para otros internos, y especialmente para los majoreros que cumplen condena en Lanzarote. Mientras están en tercer grado tienen que ir y volver todos los días a Fuerteventura, porque lo normal es que en ese camino hacia la reinserción consigan trabajo en su isla.

Para los migrantes sin permiso de trabajo, la estancia en el CIS también es difícil. “Lo más triste es cuando te dicen que estaban mejor en el módulo, porque ahí tenían su trabajo, sus actividades, sus clases...”, lamenta Noelia. Los papeles se empiezan a tramitar cuando ya están en el CIS y ella defiende que debería ser al revés, porque pueden tardar meses, y es “muy duro ver cómo tus compañeros salen todos los días a trabajar o se van a casa el fin de semana y tú te quedas en el patio sin nada que hacer”.

En cuanto a las dificultades que puede afrontar cualquier interno o exinterno para encontrar un empleo, Noelia explica que algunos lo consiguen en empresas que participan en programas de reinserción, gracias a las asociaciones que trabajan en la cárcel. El resto, tiene dos opciones: “O cuentas la verdad y te arriesgas a que no te cojan, o te esperas y no lo cuentas hasta que ya has demostrado tu valía en el trabajo, que es la baza que más solemos utilizar”. Ella hizo eso en los dos trabajos que tuvo mientras aún dormía en Tahíche, y en ambas le fue bien cuando lo terminó contando. Sin embargo, también conoce compañeros que fueron despedidos tras sincerarse.

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