“La industria de explotación sexual se ha convertido en multinacional del crimen”
Rosa Cobo, presidenta de la Red de Estudios sobre Prostitución y Pornografía
Rosa Cobo Badía es doctora en Ciencias Políticas y Sociología, profesora de Sociología del Género en la Universidad de A Coruña y presidenta de la Red Académica Internacional de Estudios sobre Prostitución y Pornografía. Se sitúa en la corriente del feminismo radical, al reconocerse genealógicamente heredera del movimiento de los años 70 del pasado siglo, que sostenía que el origen del poder patriarcal estaba en el dominio de la sexualidad y de la reproducción de las mujeres. “Nada que ver con extremismos. Uy, si pedimos cosas bien normaluchas”, dice con una gran sonrisa. Atiende a Diario de Lanzarote al término de su ponencia inaugural en las Jornadas organizadas por la asociación Mararía y dedicadas al cuerpo femenino como territorio de control.
-Sus investigaciones plantean que la novedad de la prostitución en el siglo XXI es la fusión entre los intereses patriarcales y los intereses capitalistas.
-Lo primero que hay que decir es que la prostitución, en los últimos años, se ha convertido en una vindicación central de la agenda política del feminismo, algo que no ha ocurrido en sus tres siglos de historia, pese a la preocupación y las críticas del XIX y de la última década de los setenta. El segundo elemento importante es que la prostitución, que antes respondía a intereses patriarcales, es decir, hombres que querían acceder a las mujeres sexualmente por un precio, ahora experimenta una fortísima implantación, cuando aparecen las políticas económicas neoliberales. ¿Por qué? Porque el capitalismo neoliberal necesita un mercado global. Muchos países en el mundo, que no podían engancharse a ese mercado global, tuvieron que acudir a las economías ilícitas, a las economías criminales, y una de ellas fue la prostitución. La industria de la explotación sexual se convierte así en una multinacional del crimen, en una industria global que exporta mujeres de países del sur a países del norte; ellas envían remesas de dinero al país de origen y eso reactiva el consumo, la economía y evita la quiebra de las élites económicas.
-En la misma línea, asegura que la escalada de la prostitución ha sido posible por la complicidad de algunos estados y de algunas instituciones del capitalismo internacional.
-Efectivamente. Un fenómeno social tan relevante como es el de la prostitución, el segundo negocio en términos de beneficios a escala global en el marco de las economías ilícitas, tiene que tener muchos apoyos. El primero es el del mercado, obviamente; y el segundo, el del Estado. Pero también contribuye un sector de las industrias culturales, una parte muy amplia de los medios de comunicación, junto a organizaciones no gubernamentales, integrantes importantísimos de la academia... Es imposible que una práctica social que se traduce en un negocio global, que salva la economía de muchos países en el mundo, pueda funcionar con el único apoyo de los mercenarios y de los proxenetas sobre los que se asienta la industria prostitucional.
-Hablamos de economías ilícitas que operan en sociedades que, a su vez, toleran estas prácticas.
-La prostitución en la mayor parte de los países del mundo, también en España, está socialmente tolerada o regulada. Pero eso es una cosa distinta a la industria que trafica con mujeres, con procesos de acumulación económica intensísimos que no son legales. Es un dinero que no pasa por los circuitos de la legalidad salvo en el nudo que conecta la economía ilegal con la economía financiera ilegal; se produce así un blanqueo de dinero que legaliza una buena parte de lo que se ha obtenido ilegalmente.
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“La abolición de la prostitución es un proyecto político feminista civilizador”
-¿Cómo argumenta su defensa del abolicionismo frente a la regularización de la prostitución?
-Respecto a la abolición, mis posiciones son clarísimas. Yo soy una de las personas que ha investigado sobre esto y que estimo que la abolición de la prostitución es un proyecto político feminista fuertemente civilizador. Sobre este asunto, hay tres posiciones: la regulacionista, que pretende legalizar la prostitución con el objetivo clarísimo de ofrecer garantías jurídicas a la industria proxeneta, a la industria del sexo; luego está el prohibicionismo, por el que se prohíbe la prostitución y se arremete con detenciones y con sanciones a las mujeres que están en prostitución; y finalmente está el abolicionismo, que considera que la prostitución es una institución fundacional del sistema patriarcal; que quiere acabar con esa práctica social y para eso propone perseguir a la industria criminal, perseguir el proxenetismo, perseguir a quienes se autodenominan empresarios del sexo, y a toda la cadena de mercenarios que circulan desde el país de origen hasta el país de destino. Por otra parte, tenemos la pretensión de sancionar a los puteros. No está bien aprovecharse de mujeres que están en situación de vulnerabilidad y ejercer violencia contra ellas, porque los daños psicológicos y físicos son inmensos. También consideramos que es muy necesario implementar planes de sensibilización y planes coeducativos en las escuelas, donde se refuerce entre niños y niñas la igualdad y la educación afectivo sexual. Igualmente son necesarias las políticas públicas de igualdad para las mujeres que están en prostitución, porque si no son sujeto de políticas públicas, entonces volverán a la prostitución. Soluciones habitacionales, terapia psicológica para ellas y para sus hijos e hijas, cualificación profesional... Esto es el abolicionismo.
-¿Acabará el abolicionismo con la prostitución?
-No lo sabemos, pero, ¿va a disuadir a muchos proxenetas de que este no es el país adecuado? Sí, por supuesto que sí. ¿Va a hacer posible que, como ha ocurrido en Suecia, generaciones de jóvenes no crean que la salida natural es la prostitución? Yo creo que sí, que es perfectamente posible. Eso es lo que queremos, dar un golpe irreversible a un tipo de actividad y a un sistema que orienta la mirada masculina hacia todas las mujeres. Los varones que van a la prostitución y los que creen que la prostitución es algo normalizado, asumen que todas las mujeres son potencialmente prostituibles. Que todas vamos a decirles que sí, que todas nos morimos por tener relaciones. Hay que destruir ese imaginario sexual que es un imaginario de violencia contra las mujeres y que tiene un gran impacto fuera del sistema prostitucional. Lo decía Esther Torrado: un vídeo porno norteamericano puede poner en pie una práctica de violencia en Camboya. Porque la prostitución y la pornografía son las dos caras de la misma moneda, y esa moneda se llama industria de la explotación sexual. Y la industria de la explotación sexual coloniza las cabezas de nuestros adolescentes, de nuestros jóvenes, que se pasan horas y horas viendo pornografía y después tratan de llevarla a la práctica con sus novias, con sus amigas, con sus compañeras. El resultado es un tejido de violencia que produce un enorme malestar en las chicas, que quisieran otro tipo de relación.
“Prostitución y pornografía son las dos caras de la industria de explotación”
-La violencia sexual continúa siendo un gran caballo de batalla, con un sistema que duda sistemáticamente de las víctimas.
-Cuando una mujer pone una denuncia, la violencia no es intangible ni abstracta. Otra cosa muy distinta es que los jueces crean en la palabra de la víctima. En el caso del futbolista Dani Alves, había indicios mucho más potentes que los que han provocado la destitución del fiscal general del Estado, por poner un ejemplo. Había una cámara, había una chica jovencita que fue evaluada por policías y por servicios médicos, había pruebas... pero Dani Alves está en la calle. No puede legislarse acerca del deseo. No tiene por qué. Pero sí hay que legislar acerca de la violencia sexual. Pero de nada sirve si el juez decide no creer la palabra de la víctima. Cuando yo voy a poner una denuncia porque digo que me han robado la cartera, ningún policía lo duda. Pero si voy y digo que me han violado, entonces sí lo dudan. La pregunta es por qué hay palabras que son dignas de ser creídas y palabras que no tienen ninguna credibilidad.
-Llega el 8 de marzo y los titulares se empeñan en señalar la división del movimiento feminista español. ¿Es posible reaccionar a las nuevas invectivas patriarcales desde la desunión y el enfrentamiento?
-El feminismo se ha separado desde el año 2021 por una razón ideológica de fondo, que tiene que ver con una agenda política atravesada por los nervios de la violencia sexual, que incluye la prostitución, la pornografía, y en otro sentido también los vientres de alquiler, y de la feminización de la pobreza y la precarización de las mujeres en el mercado laboral, en su acepción más amplia. Pero un sector de la nueva izquierda, que no comparte estas prioridades, necesitado de construir un sujeto político de cambio social, se apropió del feminismo y lo vació de contenido. Han querido tener una marca de distinción respecto a un movimiento que ellos estimaban que estaba controlado por el PSOE. Han decidido que esto les era políticamente muy rentable. Pero la realidad es que ha habido organizaciones feministas que han estado acogidas por el PSOE y también por Izquierda Unida, y otras que somos perfectamente autónomas. Ahora, dicho esto, yo creo que es enormemente importante que enfaticemos aquello que nos une y que debilitemos aquello en lo que no estamos de acuerdo. El feminismo es un movimiento social que puede ser enormemente relevante a la hora de articular posiciones que sean críticas contra la derecha extrema, porque la derecha extrema intenta acabar con derechos de las mujeres. Y para responder a eso, sería muy importante que tendiésemos puentes, que hablásemos y que fuésemos capaces de salir de una polarización general, en la que el feminismo también está, porque si la derecha extrema llega al poder, va a perjudicarnos a todas.
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Rosa Cobo, durante las jornadas de la mujer organizadas por la asociación Mararía.
“En el caso Alves había más indicios que en el del fiscal general del Estado”
-Entre las disputas más enconadas se encuentra la disolución del género.
-El tema trans es uno de los debates más fuertes que separan a las mujeres que se autodesignan feministas, y sobre este asunto hay varias cosas que me preocupan mucho, como que se confunda o se crea que es lo mismo la igualdad entre hombres y mujeres que la diversidad. El movimiento LGTB contiene una reivindicación social con su propia legitimidad, por el trabajo desarrollado por su proyecto; y el feminismo es otra cosa. Son dos movimientos sociales distintos, tienen dos agendas políticas distintas; y las feministas tenemos cierto malestar porque no queremos que aquellos derechos que hemos conseguido ni aquellos espacios que hemos conquistado sean ocupados por quienes no han dado la lucha como la hemos dado nosotras. El colectivo LGTB tiene sus propias reivindicaciones que llevar adelante, al mismo tiempo que ponen en pie un proyecto político. Pero nosotras tenemos ya proyecto político, tenemos historia, tenemos genealogía, tenemos espacios y tenemos derechos alcanzados. Y hasta que no haya una clarísima distinción entre un movimiento y el otro, entre una agenda y la otra, entre los derechos que nosotras hemos conseguido y los que ellos quieren conseguir, hasta que eso no se produzca, va a haber una situación de mucha tensión política. No estoy en contra de la diversidad para nada, pero no es el objetivo político del feminismo. Nuestro objetivo es crear derechos para las mujeres. El sistema patriarcal puede erosionar a otros colectivos, pero está creado para la subordinación de las mujeres.
-Otro asunto al que ha prestado atención ha sido el de las prácticas que, bajo un paraguas cultural e identitario, pueden enmascarar atentados al principio de igualdad.
-Desde luego, partimos de la idea fundamental de que todas las culturas son respetables, y sobre todo, las que ha inferiorizado Occidente. Pero lo que a veces no son respetables son algunas de las prácticas que tienen lugar dentro de cada cultura. ¿Por qué? Porque aunque son explicadas como prácticas culturales, en realidad son prácticas patriarcales. ¿Cómo podemos distinguir una práctica patriarcal? Fácil: el burka y las distintas formas de velación son prácticas patriarcales porque son solamente asumidas por las mujeres. ¿Van tapados los varones? No. ¿Van velados los varones? No. ¿Llevan un burka y ven el mundo cuadriculado? No. Pues eso es una práctica patriarcal. Intervenir es complejísimo porque las élites patriarcales de esas culturas bien se empeñan en convencer a sus mujeres de que se trata de señas de identidad cultural. Y lo que es muchísimo peor, sectores de la izquierda que han hecho suya esa misma idea. En todo caso, las formas de velación total, incluido el burka, deben ser completamente prohibidas y deben de tener efectos en las ayudas que reciben las personas migrantes.

















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