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40 años de historias de crueldad y amor

La protectora de animales Sara cumple cuatro décadas salvando vidas. Hoy son Max, Lolo, Mesti o Bardi, que han visto lo peor y lo mejor del ser humano, pero antes hubo miles a los que no olvidan

Isabel Lusarreta 0 COMENTARIOS 27/05/2026 - 07:15

Max solo lleva un año en Sara, pero ya es “el niño bonito” del albergue. Cuando llegó no podía ni caminar. “Lo traían en volandas y con la cabeza colgando. Teníamos que levantársela para que comiera”, recuerda Obelesa Hernández. En ese momento les llegaron a recomendar “dormirlo”, pero decidieron intentarlo. “Si de algo estoy orgullosa de formar parte del equipo de Sara, es de que se lucha por todos”. Al mes empezó a caminar y poco después ya estaba corriendo.

Hoy Max es el único “privilegiado” que pasea suelto por los pasillos interiores del albergue y cuando llegan visitas, se pega a ellas mientras puede, reclamando atención. Aún está a la espera de un hogar definitivo, pero mientras tanto ejerce de anfitrión en la que hoy es su casa, que este año cumple cuatro décadas de historia.

La Asociación Protectora de Animales y Plantas Sara nació en 1986, gracias a un grupo de personas preocupadas por la situación de los animales en la Isla. “Si aún hoy la gente no está concienciada, imagínate entonces”, apunta Obelesa. El maltrato animal estaba a la orden del día y no estaba perseguido ni tipificado como delito; las calles estaban llenas no solo de gatos, sino también de perros abandonados que muchas veces aparecían atropellados; y en la perrera pública se sacrificaban animales solo por cuestión de espacio.

Algunas de las mujeres que decidieron unirse hoy rondan los 90 años, y Obelesa, que ha tenido oportunidad de compartir recuerdos con ellas, afirma con admiración que eran “activistas” y “revolucionarias” en defensa de los derechos de los animales. Sus actos de protesta eran frecuentes y en septiembre de 1992 llegaron a manifestarse con 20 perros frente al Cabildo. Esa era y sigue siendo una parte de su labor: reivindicar y concienciar. La otra, dar una oportunidad a las decenas de miles de animales que han pasado por sus instalaciones en estos 40 años.

Sobras y arroz

La protectora tomó el nombre de la perrita adoptada por una de sus impulsoras -“para ellos fue la primera y de ahí salió el nombre de Sara”-, pero sus recursos eran entonces muy limitados. Cuando abrieron el albergue, su superficie nada tenía que ver con la actual. Solo existía uno de los pasillos, donde convivían juntos todos los perros acogidos, y una habitación que hacía las veces de oficina. Para alimentarlos, tenían que tirar de ingenio y esfuerzo, porque el pienso entonces no era una opción. “Una compañera que lleva aquí más de 20 años recuerda que era todo muy precario. Iban a los hoteles con cubos grandísimos para que les echaran allí los desperdicios de la comida y después hacían bañeras de arroz y lo mezclaban”.

“Si de algo estoy orgullosa es de que en Sara se lucha por todos”, señala Obelesa

Actualmente sus instalaciones albergan casi 400 animales -unos 130 perros y cerca de 270 gatos-, distribuidos en distintas zonas según su edad, características o estado de salud. A ellos se suman los que atienden en la calle, a través de campañas de esterilización y suelta. “Sara ha salvado muchas vidas. Somos el único albergue de la Isla con esta cantidad de animales. Atendemos alrededor de 1.000 al año. ¿A cuántos les has cambiado la vida en 40 años? ¿A cuántos se la has salvado, literalmente, cuando llegan a punto de morir?”

Las historias que no olvidan son muchas. Como la de una podenca que llegó con las patas destrozadas de intentar escapar de un aljibe. “Se destrozó las almohadillas, era sangre pura”. Y por supuesto, todas recuerdan a King, al que rescataron al borde de la muerte en el Volcán de la Corona en febrero de 2016. Dos años después, sus agresores fueron condenados a tres meses y un día de cárcel. Le habían propinado patadas y golpes y lo habían arrojado por la ladera de un barranco, lanzándole una piedra encima. “Fue algo brutal, también porque fue la primera sentencia que se consiguió en Canarias por maltrato animal”, recuerda Obelesa. Solo eso “ya fue un logro, porque casi todas las denuncias quedan en papel mojado o con sanciones mínimas, como si la vida de ellos no valiera nada”.

Miedo en los ojos

Pasear por los distintos pasillos de Sara, donde los perros esperan su oportunidad, es asistir a un espectáculo de acrobacias, saltos imposibles y ladridos en distinta tonalidad. Cualquier cosa sirve para llamar la atención. Para reclamar una caricia o un paseo. Pero hay excepciones, como Bardi y Mesti. Ellas se mantienen al fondo de su jaula, inmóviles y con una mirada difícil de ignorar: sus ojos son la viva imagen del miedo.

“Ellas no se van a acercar. Llevan ya años con nosotros, pero vienen de un maltrato brutal”. Cuando llegaron se quedaban “temblando en una esquina”, pero en este tiempo han trabajado con ellas y han conseguido avances. “Hay tres paseantes habituales con los que ya salen, y cuando viene una de ellas se ponen como locas”. Para que vuelvan a confiar en el resto de seres humanos, aún queda trabajo por delante.

No son las únicas. Otros perros están también en el mismo proceso, pero Obelesa aclara que normalmente se consigue. “Unos con más tiempo y otros con menos, pero sí”. Se le viene a la mente Dino, que ni siquiera se dejaba tocar cuando llegó al albergue, y terminó encontrando un hogar en Alemania. “La chica cogía vacaciones solo para venir a verlo. Pasaba horas sentada en la jaula, para que se fuera acostumbrando a ella”. Es uno de los ejemplos más claros de lo que significa la adopción responsable. “Hay gente que cree que es venir, llevártelo y ya está, pero nuestras adopciones no son así. Hay que ver si el perro es para ti y tú eres para él”.

Para Obelesa, que lleva años siendo voluntaria y ahora es también trabajadora, lo más duro es “verlos llegar rotos” y “conocer sus historias”. “En Sara hay mucho trabajo físico, porque llegas a las seis de la mañana y sabes que no te sientas en ningún momento, pero lo peor es la carga psicológica, porque además te la llevas a casa”. Pero afirma que compensa cuando los ven recuperarse, tanto de las heridas físicas como de las que llevan “por dentro” y, sobre todo, “cuando se consigue la adopción”.

El mundo felino

Solo unos segundos en la gatera de Sara sirven para desmontar cualquier tópico sobre la supuesta independencia de los felinos. Cada uno tiene su personalidad y sus tiempos, pero al menos media docena salen a dar la bienvenida a cada visita. Ellos también reclaman caricias y atención. De hecho, sentarse en una de las sillas de ese espacio es garantía de tener al instante un gato subido sobre el regazo, sin pedir permiso. Y lo más probable es que sea negro, porque son los que más difícil lo tienen para conseguir un hogar. “Ahora ya se adoptan un poco más, pero es verdad que el estigma de los gatos negros continúa”, lamentan desde Sara.

Cuando nació, en la perrera pública sacrificaban animales por falta de espacio

En los perros, la diferencia la marca sobre todo el tamaño. Si son pequeños, casi siempre encuentran un hogar. En los gatos lo determinante -además del color- es la edad. “Cuando empiezan a crecer, que a lo mejor tienen seis meses y siguen siendo un cachorrito, muchos ya te dicen que no es lo que buscan”. Por eso, Sara impulsa distintas campañas para fomentar la adopción de los animales que más tiempo llevan en el albergue, y a ellos les han dedicado su calendario de este año. Una de sus protagonistas, Tindaya, ya lo ha conseguido. La gata llevaba nueve años en la protectora cuando hace unos meses viajó también a Alemania, y por las noticias que llegan “se ha adaptado muy bien”.

Las acogidas de Sara en ese país decayeron durante un tiempo, pero han vuelto a aumentar, y hay meses que organizan hasta “cuatro vuelos”, siempre con gatos adultos. También tienen colaboradores en la República Checa, Italia, Francia y hasta Eslovenia. Normalmente son otras protectoras, que les dan garantías antes de enviar al animal a la familia que lo solicita. “De todos nuestros bichos sabemos dónde están y cómo están”.

En el albergue, Gilberto aún aguarda su oportunidad. Eso sí, parece que aspira a ser “gato único” en su futura casa. Sus cuidadoras lo han tenido que cambiar varias veces de gatera, porque da muestras de que le gustan mucho más las personas que sus compañeros de especie.

360.000 euros en gastos

Salvar vidas no es barato, y Sara invierte más de 25.000 euros al mes en mantener el albergue. “Cerramos 2025 con unos 360.000 euros de gastos”, explican. Por eso, sus principales necesidades siempre son económicas. “Si no tuviéramos que currarnos los mercadillos y demás eventos para recaudar dinero, podríamos dedicar más tiempo a otras cosas, porque no nos da la vida”. Más dinero significaría más personal y más tiempo para atender a los animales, más veterinarios y un horario más amplio de apertura al público, porque ahora solo se pueden permitir abrir unas horas por las mañanas. No obstante, han pasado tiempos peores. Ahora mismo afirman que el Cabildo “se está portando”, y esperan firmar en breve un convenio a cuatro años que les dé algo de “tranquilidad”. Con los ayuntamientos, no ocurre lo mismo. Solo Teguise, Tías y San Bartolomé han aportado algunas cantidades puntuales en los últimos años. “Hacemos el trabajo que por ley deberían hacer las instituciones y hay ayuntamientos como Arrecife, que son promesas y promesas desde hace años y no se recibe ni un euro”.

Las aportaciones de los socios, los donativos puntuales -que también valoran que sean “en especie”, en productos como lejía, friegasuelos o arena para las gateras- y lo que recaudan con las huchas y los eventos que organizan, es lo que les permite mantener su actividad, junto con la labor de los voluntarios. Los que acuden cada tarde a puerta cerrada para limpiar o para repartir medicaciones y caricias. Los que acogen en su casa cachorros que requieren cuidados constantes porque aún se alimentan con biberón. Los que van a pasear a los perros, para que puedan salir del albergue al menos un rato.

“Si la gente no viniera de forma voluntaria a ayudarnos a sacarlos, acabarían locos en las jaulas”. Aun así, está muy lejos de ser la situación ideal: “Lo normal serían tres paseos al día, y nuestro reto con ellos es que salgan tres veces a la semana, que no es nada. Imagínate el estrés que tienen”. Para que el reparto sea equilibrado, en una pizarra llevan el seguimiento de las salidas de cada uno: “La gente que viene tiene que ayudar al que más lo necesite”.

“No lo suficiente”

La otra labor de Sara se centra en la concienciación, y para eso cuentan con el programa Sara Educa, con visitas recíprocas. Ellos acuden a los centros educativos para impartir charlas y el alumnado visita el albergue, para conocer a todas sus estrellas. Como Lolo, uno de los gatos más veteranos, que ha entrado en el Plan de Acogida Permanente, por su edad y sus problemas de salud. Esos que no le impiden convertirse en el centro de atención durante la entrevista, tumbándose sobre la grabadora y haciendo saber que las caricias no le han parecido suficientes. Con el PAP, Sara corre con todos los gastos veterinarios y su familia de acogida solo debe darle un hogar.

“Desde que Sara empezó, la sociedad ha evolucionado mucho, pero no lo suficiente”, apunta Obelesa. “Antes la gente miraba para otro lado cuando iba por la calle y veía un animal abandonado o herido, y ahora recibimos muchas llamadas”. Sobre todo, puntualiza, con los perros. “Con los gatos no estamos en ese nivel, pero también se ha avanzado”. Sin embargo, insiste en que aún queda mucho camino por recorrer. “Si hubiésemos avanzado lo suficiente, esto no estaría como está, con los 400 animales que tenemos aquí. Tendríamos las jaulas vacías y Sara ya no sería necesaria”.

Imágenes

El doble drama de los animales incautados

Guapo hace honor a su nombre, pero lleva seis años en la gatera de Sara y no ha conseguido un hogar. “El pobrecito está destinado a quedarse aquí”, lamenta Obelesa Hernández. El motivo es que fue incautado junto a otros 15 gatos en una vivienda de La Asomada, “en condiciones lamentables”, y todavía no se ha celebrado el juicio. Sara tiene su custodia como medida cautelar, pero hasta tener los papeles definitivos, no puede entregarlo en adopción. “Hay un alemán que ha venido varias veces y nos ha dicho: desde que me digan que puede salir, cojo un billete y lo vengo a buscar”.

De los diez gatos que llegaron al albergue procedentes de aquella casa, dos murieron esa noche y el resto quedaron en el mismo limbo. Es el doble drama de los animales incautados. Por eso Sara intenta evitar que se llegue a esa situación, hablando con los dueños cuando tienen conocimiento de casos similares. “Siempre es preferible llegar a un acuerdo y que te los cedan, porque lo que queremos es ayudar”.

Con Linda lo consiguieron, y también con Goofy, que ocupa la jaula de al lado. Son dos perritas pequeñas que están en la zona de “los abuelitos”, pero que saludan alegres y entusiastas. Una vivía todo el día encerrada en un transportín, rodeada de sus propios excrementos, y la otra siempre sola en una azotea. De momento, Linda ya está reservada. “La verdad es que la gente cuando ve estos casos, enseguida se implica”.

Otras veces, son los propios dueños los que llevan a sus perros o gatos a la protectora para deshacerse de ellos. De hecho, hay incluso lista de espera, porque Sara está al límite de su capacidad, y prioriza urgencias y casos graves. “Te ponen 50.000 excusas distintas, pero son eso, excusas. Imagínate lo que nos parte el alma al verles aquí en una jaula después de haber pasado toda la vida en un hogar”.

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