Árboles singulares: unos de los nuestros
La Reserva de la Biosfera de Lanzarote elabora un estudio de árboles singulares como primer paso para reconocerlos como patrimonio municipal o insular
La Reserva de la Biosfera de Lanzarote ha elaborado un estudio preliminar de árboles singulares de Lanzarote. Se presentó recientemente en la sede de la UNED por parte de Rafael Paredes, Famara Guadalupe y Gara Goñi. Es solo un primer paso, pero ya se trabaja con un listado inicial de 166 árboles en todos los puntos de la Isla y en los islotes, incluyendo los espacios naturales protegidos.
El objetivo del estudio es que se pueda convertir en una herramienta de asistencia técnica para elaboración de un listado de elementos singulares de la flora insular desde el punto de vista de su valor como patrimonio natural de Lanzarote, tanto en el entorno urbano como en el rural.
Se habla en ese estudio preliminar no solo de su relevancia botánica, sino de su importancia cultural y patrimonial. En una isla como Lanzarote donde no sobran los árboles, los hay de gran valor. “Son testimonios vivos de la interacción humana con su entorno”, dice el estudio, y “por tanto su conservación es esencial para mantener viva la historia de la Isla con su población”.
“Cada elemento vegetal cuenta una historia de adaptación y supervivencia en un territorio hostil”, dice el estudio, que añade que “su protección es un acto de resistencia para mantener vivo el legado de las generaciones pasadas que tuvieron la dedicación de plantarlos y cuidarlos”.
Algunos de ellos también son una especie de mapa mental, son puntos de referencia para muchas personas. El estudio tiene un enfoque antropológico en la búsqueda de la relación profunda entre los elementos vegetales y las personas.
En los últimos tiempos ha estado en peligro la casuarina de la Plaza de Las Palmas, pero se ha quedado en su sitio. No tuvieron tanta suerte las araucarias del Parque Ramírez Cerdá y los pinos canarios de la Avenida, además de varias palmeras en la Escuela de Pesca, sacrificadas para hacer un carril bici, o una tipuana tipu en la calle Manolo Millares y la famosa palmera de La Geria. Algunos de ellos víctimas de la insistencia de los vecinos, otros por la inflexibilidad de la Administración y otros, víctimas de las consecuencias de su repentina fama en las redes.
Los árboles escogidos son susceptibles de incluirse en un catálogo municipal o insular
Entre los criterios para su inclusión están la longevidad de los árboles, que sean un ejemplo de especies escasas, su presencia en otros catálogos y la vinculación etnográfica de los ejemplares.
En ese inventario preliminar se ha recogido, al menos, el nombre y tipo de la especie, las coordenadas, la localidad, el criterio de selección, la escala de valoración de idoneidad para su catalogación y otras observaciones.
Se han llevado a cabo varias fases: análisis de documentación sobre los trabajos anteriores y 28 entrevistas a expertos, vecinos y vecinas. Dice el estudio que aunque en las crónicas, la información escrita suele estar vinculada a los hombres y al aprovechamiento de los recursos, el trabajo, a través de las entrevistas revela un vínculo especial de los árboles con las mujeres.
Los árboles escogidos son susceptibles de patrimonializarse, de incluirse en un catálogo municipal o insular de bienes patrimoniales culturales, que según el estudio no significa “encerrar la naturaleza bajo el prisma de naturaleza-museo en el que el imperativo de conservación domine absolutamente sobre la idea de gestión racional y ordenada”.
“Patrimonializar un espacio o recurso -señala el estudio- equivale a reconocer que en él están encerrados, no solo unos intereses de consumo sino igualmente unos valores de identidad que dan sentido a la existencia, una parte de trabajo y de originalidad, una huella de tradición, una forma de belleza o de extrañeza, una camino real para el futuro...”.
Resultados
El listado provisional incluye, por tanto, no solo árboles sino conjuntos vegetales singulares y rodales silvestres. Se han documentado 166 elementos: 86 singulares, 78 conjuntos de flora cultivada y dos rodales silvestres en los siete municipios.
En una isla como Lanzarote donde no sobran los árboles, los hay de gran valor
Algunos de los datos recogidos requieren una prospección más detallada para determinar información más relevante, además de que se está esperando por un estudio específico encargado sobre el estado fitopatológico de la phoenix canariensis en la Isla y, por tanto, no se incluyen en este estudio preliminar todas las palmeras.
El proceso de patrimonialización, en definitiva, busca fortalecer la conexión entre estos elementos vegetales y la identidad cultural de las islas y se propone que antes de elaborar el catálogo definitivo se promueva una mayor participación de la comunidad local en el proceso.
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El gomero del Alpende. Tiene más de un siglo de vida y un ancho de copa de más de treinta metros. Se encuentra en la entrada de El Islote. Aparece en una película de Werner Herzog. Su actual propietaria es Marina Arencibia y lo plantaron sus tíos al inicio de la primera guerra mundial, como un símbolo de paz y libertad.
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El drago de La Forida. Tiene unos 120 años y más de seis metros de altura. Se estima que es el drago más viejo de la Isla. Está rodeado de viñas de malvasía y listán negro. Se ramifica a dos metros de altura en siete brazos, lo que explica su copa semicircular.
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El árbol de la iglesia de Yaiza. Se trata de un ombú de seis metros de altura junto a la puerta de la iglesia, con más de 120 años. Es una especie típica de Argentina y parece que fue traído por un indiano. Muchos vecinos recuerdan al párroco Andrés Hernández descansando bajo sus ramas.
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El drago de La Geria. Tiene algo menos de cien años, 3,7 metros de altura y 5,7 de ancho de copa. No ha crecido demasiado por la aridez del suelo y porque su tronco ha quedado envuelto en una capa de rofe. Pertenece a Jacinto López Figueras.
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La araucaria del instituto Agustín Espinosa. Tiene unos 70 años y mide 20 metros. Preside el jardín interior casi desde que se abrió el centro educativo. Es el árbol más alto de Arrecife y puede que el más antiguo. Lo plantó, junto al resto del jardín, Pedro Medina Armas, profesor de Ciencias Naturales y farmacéutico.
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El tarajal del Faro de Alegranza. Tiene más de setenta años y tres metros de altura. Dicen de él que es el árbol más solitario, en medio del Atlántico. No hay otro en todo el islote. Resiste a la salinidad y a los alisios porque está junto a un aljibe. Fue plantado, junto a otros que no sobrevivieron, para hacer de pantalla ante el viento y para aportar sombra.

















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