01
Abr
2015
M.J. Tabar

El antes más reciente y más menudo se escribe en Facebook. Agustín Cabrera Perdomo (Las Palmas, 1945) publica en las redes sociales crónicas sobre conocidos personajes que habitaron lugares comunes de la historia contemporánea de Lanzarote. De la tienda de Los Pérez, al “peluquero rojo” que ejercía de barbero en la calle Artillero Luis Tresguerras. De los helados de Acuña, al celo con el que Aureíta –la bibliotecaria- vigilaba el silencio.

Su anecdotario es tan preciso y divertido como su conversación. “Se ha pegado toda la vida leyendo y ahora le dio por escribir”, dice su compañera de vida, que avitualla la mañana de sábado con una bandeja de café, galletas y azúcar morena. Agustín publicaba sus Crónicas tardías en Lancelot: “Escribía sobre temas populares, anécdotas, cosas de las que la gente ya no se acuerda”, dice este tinajero, nacido “accidentalmente” en Gran Canaria.

Su infancia transcurrió en La Plazuela, en un Arrecife del que apenas queda rastro “por razones económicas y falta de visión, respeto y consideración a lo nuestro”. El ilustrado Viera y Clavijo llegó a decir que la capital de Lanzarote podría ser la Venecia del Atlántico. Hasta los años cincuenta del pasado siglo, el mar entraba por la calle Cienfuegos y continuaba su dominio azul a través de la calle Triana, hasta la playa del Reducto. Luego llegaron los rellenos, el nuevo Parador y un crecimiento urbanístico poco empático con las generaciones venideras y la identidad histórica de la ciudad.

Suyo es el dibujo a plumilla que ilustra la portada de la edición de 1978 de Crónicas isleñas

Las historias recopiladas por Agustín están llenas de situaciones rocambolescas, nombretes y una realidad que invariablemente supera a la ficción. Todas describen el vuelco que ha dado la vida insular en los últimos sesenta años. En ese antaño tan cercano que fue 1950, “apenas había comercio” en un Arrecife con menos de nueve mil habitantes. Había cuatro tiendas, “la de Ginés Díaz, la de Paco Mota, la de Los Pérez y la de Irenita”, enumera. Allá se despachaban latas de ‘chatka’, mantequilla de Argentina u hojillas de afeitar.

“Las necesidades eran las mismas que hoy, pero el hombre se ha convertido en un productor de desechos”, aprecia Agustín, que siempre ha tenido una suerte de vena artística. Es sobrino del escritor lanzaroteño Leandro Perdomo (suyo es el dibujo a plumilla que ilustra la portada de la edición de 1978 de Crónicas isleñas) y sobrino nieto de las hermanas Manuela y Esperanza Spínola.

A los 17 años, su padre estaba tan cansado de que no estudiara que le “sugirió” marchar como voluntario a la Armada. Estuvo en Cartagena, Cádiz, Francia, Italia y cuando regresó a Lanzarote, trajo “una profesión que no servía para nada”: sonarista. Los años siguientes se dedicó al dibujo, trabajó con los arquitectos Enrique Spínola y Torres Rojas. Más tarde, y hasta que una enfermedad le retirase de la vida laboral en 1984, trabajó como delineante en la oficina técnica del aeropuerto.

En su casa siempre ha sonado el piano. “Recuerdo a mi madre tocando la Danza húngara”, dice. Rusia invadió Hungría en 1953 y la noticia cayó con el peso del contexto y la educación. “Aquello fue un trauma. Estábamos tan imbuidos con lo que nos decían, aquellos tanques, aquella gente…”. Hasta que Aurelio Alaya, aquel señor que cambiaba de trayecto sólo por no pasar delante del cuartel de la Guardia Civil, le hizo ver el contrapunto histórico y que en España, durante la Guerra Civil “también se habían hecho barbaridades”.

De aquel Arrecife apenas queda rastro “por razones económicas y falta de visión, respeto y consideración a lo nuestro”

Su escritorio está lleno de gramáticas, manuales de ortografía, Julios Vernes, Nerudas y su favorito, Gabriel García Márquez. “No sé por qué razón, se siente uno en algún personaje de aquellos” dice de su volumen favorito, Cien años de soledad. Desde que pasa mucho tiempo en casa, ejercitando más el cerebro que el cuerpo, Internet se ha convertido en un escenario y una herramienta imprescindible en su vida diaria. “Con esto puedes leer, escribir, tienes la real academia al lado, las dudas se te quitan”.

Cuando lee en voz alta uno de sus textos, uno sobre una noche de “indómita parranda” y llantina generalizada por culpa del vino y de El manisero, se interrumpe a sí mismo y se recrimina con serenidad (“soy más barroco que…”). Escribe -en un iPad desde hace tiempo- porque le gusta recordar y compartir. Ha investigado la genealogía de cinco mil apellidos lanzaroteños y también es amigo de participar en tradicionales tertulias de salón, en una casa en el Morro del Viento (Tinajo).

“Las cosas se escriben para que las lean. Escribir para mí no tendría mucho sentido”. Lo corroboran sus amigos virtuales -y reales- que aportan comentarios a las historias de Agustín, protagonizadas casi siempre por personajes populares (La increíble transformación de don Beltrancito Figueroa) y pequeñas grandes cosas.

Comentarios

Querido Agustín, Te mando ánimos para que sigas escribiendo, cada nueva publicación en Facebook se convierte en acontecimiento... Sinceramente agradecido Un abrazo Pancho
A ESTA GRAN PERSONA CULTA RESPETUOSA Y ADMIRABLE,PARA MI ES UN HONOR HABERLA CONOCIDO Y LE DESEO QUE SIGA TENIENDO MUCHO ÁNIMO Y SALUD PARA PODER SEGUIR LEYENDO SUS RELATOS , ANÉCDOTAS .UN SALUDO.BEGOÑA
Sin duda, para mí, el mejor autor costumbrista que ha dado Lanzarote.
Mis condolencias a su familia y a Juan Pérez Parrilla y demás amigos.

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