Ana Carrasco

Ojalá pudiera…

Caminar por Arrecife se convierte en una acción que genera en mi sentir tristeza y hastío: sus aceras destartaladas, mancilladas por chicles y otras suciedades; el asfalto agujereado, fachadas sobre las que descansan cables tan aburridos que van a ninguna parte. Contenedores manchados de líquidos putrefactos, edificios a medio construir, como el de Fube, que avergüenzan. La hediondez de los incívicos que colectivizan sus basuras abandonándolas en cualquier solar o esquina.

Es la Arrecife que me deja vacía. Intento recordar si siempre fue así, o si el deterioro se ha ido engendrando con cada paso dado, con cada ciudadano indolente, con cada empresario negligente, con cada funcionario deshonesto, con cada grupo de gobierno apático, corrupto o impotente. Me pregunto si nos hemos ido acostumbrando al deterioro lento y sostenido en el tiempo.

Intento recordar la Arrecife de mi niñez, y lo que recuerdo es el olor al carmín de mi madre que impregna el aire de la calle y que reconozco al instante; los zaguanes y postigos abiertos, las visitas no avisadas, el paquete de pipas asomando por la ventana, los dulces de Rogelia y también los entierros, que al ritmo de procesión recorrían la línea más recta, la calle José Antonio, hoy Manolo Millares, hasta el viejo cementerio: Una comitiva de personas que avanza caminando detrás del coche negro. El cura en primera fila y centrado, detrás la familia rota. Entonces, cuando el féretro llegaba a nuestra altura, todos nos quedábamos quietos y nos persignábamos para luego volver a los juegos. La calle volvía a ser nuestra, tras cada entierro, tras cada "barreno y fuego".

Y la vida transcurría para los vivos: todos los cines se llenaban, las aceras se fregaban y las relaciones vecinales y familiares ocupaban nuestro tiempo dejando la dulce sensación de acompañamiento. Los adultos hablaban, los niños escuchábamos, y Arrecife nos parecía un hogar: nuestro hábitat familiar y amable que apestaba a pescado. Hedor que quedó grabado sin trauma porque era indicador de que la economía crecía con cada sardina enlatada.

La basura se quemaba en el vertedero, junto al cementerio. Basura y muertos en lo que entonces era lejos. Y el olor a quemado entraba por los postigos siempre abiertos, ya sea al tufo, a la vecina o al cartero.

Sin añoranza del pasado, camino por la Arrecife de hoy, buscando en la belleza cómo amortizar mi hastío. Quizás sea esta la razón por la que tanto fotografío su fascinante litoral, sus maravillosas puestas del sol, el imponente flamboyano o el callejón del Aguarecido. Ojalá pudiera fotografiar en cada barrio y en el centro unas cuantas cosas más: Árboles floridos, aceras limpias, cables recogidos, edificios rehabilitados, solares limpios, parques y jardines con mucho bullicio.

Añadir nuevo comentario