Ana Carrasco

A Coty

"Un maestro impacta la eternidad; nunca se puede saber dónde se detiene su influencia"

Henry Adams

 

De oca en oca, tiro porque me toca. El tablero del parchís ofrecía en su reverso el juego de la oca. Nunca había visto en mi vida una oca de verdad, sólo sabía que era un ave encerrada en una casilla y que, si tu ficha caía en ella, podías avanzar hasta la siguiente oca y volver a tirar el dado. Los juegos de mesa entretenían el aburrimiento. También los álbumes de estampas. Cuando nos compraban uno, teníamos un propósito claro: completarlo a base de adquirir cromos e intercambiar los repetidos con otros niños. El coleccionismo mutaba a un aprendizaje sin igual; imágenes y textos enseñaban muchísimo. De aquella época de infancia recuerdo "Vida y color" y "Maravillas del reino animal". Si la palabra crea caminos, aquellos cromos llenos de ellas fueron mis primeras baldosas para apegarme a mi otra madre: la madre naturaleza.

Luego llegó el bachillerato, el salto de la niñez a la adolescencia, los cromos fueron sustituidos por el radiocasete y la melancolía. En frente, se percibía el vértigo la universidad. Lo que seas en la vida depende de múltiples factores. Algunos de ellos: el asombro producido por un cromo, la lectura de un cuento, o quién te haya dado clases. En mi caso, siempre he dicho que estudié biología por Coty. Concepción Fernández Lavandera, Coty, fue mi profesora de biología en el IES Blas Cabrera Felipe de Arrecife. Recuerdo bien el día que nos enseñó a reconocer las partes de una flor: con una de hibisco aprendimos lo que eran corola, sépalos, estambres, anteras, pistilos, ovarios y óvulos. Me consta que hay más alumnas que tomaron la decisión de matricularse en la facultad de biología por la manera de enseñar de Coty. "Me da clase Coty", decíamos, "me dio clase Coty", decimos. 

Un profesor o una profesora apasionada puede hacer de una asignatura una vocación. Admiro a los docentes capaces de generar en el alumnado interés por la materia que imparten e influir en sus trayectorias. Albert Camus escribió una carta de agradecimiento a su profesor de primaria, Louis Germain, tras ganar el Premio Nobel de Literatura en 1957. Esto decía: "Sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido."

El último libro de Sergio del Molino, La mirada de los peces, habla de quien fue su profesor de filosofía en el bachillerato, Antonio Aramayona, y lo hace desde la admiración y el cariño, también desde la perspectiva de la culpa, cuando abandonamos a aquellas personas que nos enseñaron a mirar el mundo. Escribe Sergio del Molino que "Nuestras vidas, compuestas por amontonamientos de sucesos, sólo se explican mediante el azar, y somos nosotros, animales narrativos, quienes les damos forma y significado". Si mi primer apellido no hubiera empezado por la letra C, sino por la S, no me hubiera dado clase Coty, y quizás no habría sido bióloga. 

Como animal que busca narrar para soportar la vida, expreso aquí públicamente mi agradecimiento a Coty, y lo extiendo a todo el profesorado que en las aulas dejan lo mejor de sí mismos para sembrar eternidad, máxime en estos tiempos en los que resulta tan difícil captar la atención del alumnado. 

Comentarios

Enhorabuena a Coty. Que los exalumnos, como en el caso de Coty, agradezcan la dedicación y entusiasmo del profesor es una de las satisfacciones que tocan el alma, una vez que abandonas el aula.

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