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Historias en la cola del paro: las vidas tras las cifras

Las estadísticas arrojan los mejores datos de los últimos 20 años y dibujan un perfil predominante de las personas que siguen sin empleo, pero la realidad es mucho más compleja

Isabel Lusarreta 0 COMENTARIOS 16/03/2026 - 07:16

“Ahora mismo el que quiere trabajar, trabaja”. El constante ir y venir de gente en la “oficina del paro” de Lanzarote contrasta con esta frase cada vez más extendida, pero la repiten incluso algunos de los que aguardan su turno. La Isla tiene el dato de paro más bajo de las dos últimas décadas y los empresarios se quejan de la dificultad para encontrar trabajadores, pero al terminar 2025 aún había 6.950 personas inscritas como demandantes de empleo en la Isla. ¿Qué hay detrás de esas cifras?

Las estadísticas reflejan un perfil predominante: personas que no han tenido acceso a formación -la inmensa mayoría solo tiene estudios primarios (4.098) o educación secundaria (2.104)-, y también una edad avanzada. De hecho, la mitad del paro de la Isla se concentra en personas que están en los últimos años de su vida laboral: 1.202 tienen entre 55 y 59 años y 1.301 superan los 60. Sin embargo, aunque ese es el patrón mayoritario, la realidad es más diversa.

Una mañana al azar en la oficina del Servicio Canario de Empleo permite ver jóvenes y mayores, hombres y mujeres, personas con estudios o sin ellos, que van desocupando las sillas cuando llega su turno y dejando hueco a los que siguen llegando. Todos comparten algo, y es que actualmente están sin trabajo, pero sus circunstancias son muy distintas.

Hay parados de larga duración que cumplen el perfil más extendido, pero la mayoría son historias más complejas. Historias en las que se mezclan problemas de salud, de conciliación familiar o incluso de haber tenido que denunciar una situación de acoso sexual en el trabajo, que terminó en despido.

Suri

Suri solo lleva una semana en paro y nunca se había visto en esta situación. “Es la primera vez que pongo los pies en esta oficina para pedir el paro. Yo siempre he tenido trabajo”, subraya mientras se le quiebra la voz. Su historia le duele, y quiere contarla.

Hace unos meses, cuando estaba a punto de cumplir cuatro años en su último trabajo, en el área de hostelería de un hotel, entró un nuevo director. “Tuve problemas de acoso y tuve el valor de denunciarlo”, relata. Según afirma, su nuevo jefe empezó “con alguna que otra insinuación ligera”, hasta que un día cruzó el límite de lo que ella denunció como acoso sexual verbal. Cuenta que “al principio no quería denunciar, porque tenía miedo”, pero finalmente acudió a la Inspección de Trabajo y a la Policía.

“Es la primera vez que pongo los pies en esta oficina para pedir el paro”, dice Suri

Tiempo después, desde la Inspección le comunicaron que no podían seguir con la investigación por falta de pruebas, ya que no hubo testigos y en las grabaciones de las cámaras de seguridad del hotel no se escuchaba el sonido. De la Policía o de los Juzgados, de momento, no ha tenido noticias. Lo que sí ha tenido son secuelas de ansiedad y depresión. “Voy a cumplir 50 años y nunca había pasado por un estado depresivo, ni sabía lo que era, hasta que me tocó. Nunca imaginé que fuera tan difícil”.

Lo primero que hizo tras presentar la denuncia fue acudir al médico de la mutua, que le remitió a su médico de cabecera, pero no le dio la baja. Entonces empezó un calvario de reclamaciones, hasta que la Inspección Médica sí terminó firmando la incapacidad temporal, por una cervicalgia que ella achaca al cuadro de ansiedad que sufría. Sin embargo, se quedó sin justificar el mes anterior en el que había dejado de acudir a su puesto de trabajo: “Yo no me sentía en condiciones de poner un pie allí ni de ver la cara de ese hombre”.

Cuando se fue “sintiendo un poco mejor” pidió el alta voluntaria y solicitó disfrutar de los días que le correspondían de vacaciones, y fue ahí cuando recibió la carta de despido “por ausencia”. Es decir, le aplicaron un despido procedente sin derecho a indemnización, pero ni siquiera reclamó: “No quise seguir con todo eso, preferí mi paz mental”.

En ese momento había empezado a trabajar en un local que había abierto una amiga, aprovechando el periodo de vacaciones que tenía en su empresa, para ver cómo se sentía e “ir probando”; y allí continuó cuando le llegó la notificación del despido del hotel. “Después, todo lo que viví y todo lo que me pasó me estalló y bajé un poquito mi rendimiento y me pararon en este trabajo, pero para que me pueda recuperar con tranquilidad, para que yo pueda volver a ser persona”.

“Sufrí problemas de acoso en el trabajo y tuve el valor de denunciarlo”

Suri cree que la batalla que tuvo que librar con la mutua, con su médico de cabecera y con la Inspección de Trabajo también le ha pasado factura: “Fue difícil porque no entiendes todo lo que te ha pasado. Si eres una persona que siempre has trabajado y que siempre has estado ahí, ¿por qué en un momento donde estás tan vulnerable te empiezan a pelotear de un sitio a otro? Es muy difícil, pero bueno, toca seguir adelante por los hijos, por la familia y por uno mismo”. Ese día cumplía una semana en paro y acudía a tramitar la prestación por desempleo, pero esperaba poder volver a estar pronto en activo: “Yo necesito trabajar y sentirme útil”.

Joel

Joel está muy alejado del perfil que predomina en las personas sin empleo en Lanzarote. Solo tiene 22 años y cuenta con formación superior. Primero, terminó un módulo de Diagnóstico y Medicina Nuclear. Se apuntó a las listas de Sanidad y también envió su currículum a hospitales privados, pero de momento no le han llamado. Después, decidió hacer otra FP de Técnico Superior en Radioterapia y Dosimetría, y ahora está a la espera de realizar un examen en Madrid que le habilite para empezar a ejercer.

Hasta conseguir plaza en ese segundo ciclo tardó un año, y fue ahí cuando empezó a trabajar. Desde entonces ya ha sido frutero y limpiador de coches de alquiler, y ahora estaba a punto de adentrarse en un nuevo oficio. Para él, al menos hasta ahora, encontrar empleo nunca ha sido un problema. El problema está en compatibilizarlo con sus estudios.

“Cuando explicas el horario del que dispones, te dicen que no les interesa”

Su último trabajo tuvo que dejarlo porque hacía hasta tres turnos distintos en la misma semana. “Me iban variando mucho los horarios y no podía adaptarlo para estudiar”, explica. Eso es lo que le llevó ese día a la Oficina de Empleo. En su caso, a renovar el DARDE, cuando estaba a punto de cumplir cuatro meses en paro y de agotar el tiempo que había acumulado de prestación.

En ese tiempo, desde el Servicio Canario de Empleo no le habían trasladado ninguna oferta de trabajo, pero a través de amigos y conocidos sí le han llegado dos: una como repartidor y otra de monitor juvenil. “Seguramente acabaré trabajando en una empresa que tiene un convenio con el Ayuntamiento de Tinajo para un proyecto para hacer actividades con los más jóvenes”, explica. No obstante, su meta está puesta en superar el examen que le falta para poder trabajar en el área de radioterapia del Hospital Molina Orosa. “Las listas se mueven poco y es difícil entrar, pero una vez que entras, ya vas a ir más”.

María del Mar

María del Mar tiene 49 años, lleva más de seis meses en el paro y no recibe prestación por desempleo. Su último trabajo fue limpiando las calles de Arrecife, gracias a un convenio del Ayuntamiento, pero solo duraba nueve meses y no le dio derecho a cobrar el paro. No sabe precisar cuánto tiempo llevaba antes sin trabajar.

Al preguntarle por sus experiencias laborales previas, cuenta que “casi toda la vida” estuvo trabajando con su padre, que tenía una cafetería, y poco más. “No tengo estudios por los problemas que he tenido en la vida, pero soy una persona seria, honrada y trabajadora”, defiende esta lanzaroteña. Dice que sufre epilepsia y que eso le impidió mantener algunos trabajos. “Al ver que me daba un ataque me preguntaban y se lo tenía que decir”. La respuesta, según su relato, era: “Mi niña, lo siento mucho, pero aquí epiléptica pues no podemos, porque se cae al piso, le pasa algo y el problema es nuestro”.

“Con 180 euros al mes he tenido que alimentar a mi hija y beber mis lágrimas”

También afirma que su enfermedad le terminó afectando a la memoria, lo que hace que tenga dificultad para trabajar en determinados sectores, como la hostelería. “Ojalá pudiera, pero a mí me pones en una caja, me dices ‘esto es así y así’, y me pongo nerviosa y ya ni veo”. La otra dificultad, está en la conciliación familiar, como madre divorciada. “Tengo una niña de cinco años y solo puedo trabajar en cosas que sea por la mañana, porque tengo que cuidarla”. Con su exmarido no puede contar, su padre falleció, su madre sufre demencia senil y sus hermanas no pueden ayudarla. “Si no me sale un trabajo de un convenio o cosas así, no puedo hacerlo”.

Desde que se le terminó el último, asegura que solo recibe una ayuda de 180 euros al mes. “He tenido que alimentar a mi hija con eso, pagar la luz, la comunidad y beber mis lágrimas”. La casa en la que vive es de su madre y gracias a eso tienen un techo, pero aun así el dinero no llega.

Explica que hizo “un cursito pequeño” de atención sociosanitaria para ayuda a domicilio, subvencionado por el Servicio Canario de Empleo, pero no encuentra ningún trabajo de mañana que pueda compatibilizar con el cuidado de su hija. “Yo lo único que pido es que tengan un poco de compasión con las personas que estamos así. No quiero que me den dinero ni que me den una paga y estar echada en mi casa. Yo lo único que digo es que por lo menos me den un puesto de trabajo de lunes a viernes, un trabajo que yo pueda hacer”.

Santiago

“Lo mío ha sido momentáneo, suelo encontrar trabajo rápido”. Santiago es cocinero y ha cambiado muchas veces de empleo dentro del sector, pero en 20 años solo ha tenido que “coger el paro un par de veces”. La última fue hace poco, pero a los 15 días ya le estaban llamando para trabajar. “Estoy aquí porque tengo que entregar unos papeles, pero desde la semana pasada ya estoy trabajando”, explica desde la sala de espera de la Oficina de Empleo. Su paso por las estadísticas del paro en la Isla fue breve.

Para él, el principal problema de la hostelería son los horarios y los turnos: “Muchas veces se olvidan de las condiciones que te han prometido”. La última vez, “de golpe y porrazo” le cambiaron los días de libranza, y ya no podía coger nunca dos días libres juntos. Cuando terminó el periodo de prueba, la relación laboral terminó.

“No sé dónde dicen que faltan trabajadores. Yo pongo currículum, pero nada”

Pese a la demanda de trabajadores que hay en su sector, desde el Servicio Canario de Empleo no le trasladaron directamente ninguna oferta, pero siempre le terminan llegando de conocidos, o de los currículos que él mismo va dejando. En cuanto a los sueldos, dice que en Lanzarote son “un poco mejores” que en la península, donde también ha trabajado en las dos décadas que lleva en España, desde que llegó de su Argentina natal.

En su opinión, el principal problema que tiene la hostelería para conseguir trabajadores está en las condiciones de trabajo. “A la gente joven no le atrae este sector porque son más horas, se trabaja en condiciones de mucho calor, mucho estrés... En hostelería tienes que trabajar bajo presión”.

Bernardino

Bernardino, que se ha dedicado toda su vida a la construcción, coincide con Santiago. “Una vez que no había trabajo de lo mío me metí en hostelería en la cocina de un hotel y para mí eso era lo más duro del mundo. Aguanté tres meses porque no pude soportar el estrés”. No obstante, como ocurre con su sector, cree que “a veces es cuestión de estar mentalmente preparado para este tipo de trabajo”.

Ahora tiene 64 años y lleva un año y medio sin trabajar, porque estando en paro sufrió un infarto y “el corazón está un poco débil” aún. “Yo por mi tema de salud, pero hoy día el que quiera trabajar, trabaja. Lo digo como es”, sentencia. El desempleo se dispara en su grupo de edad, pero en su caso cree que no es un problema, porque falta gente que conozca el oficio. “Yo he sido profesional: tallador, marmolista... Si estás preparado para un oficio, bien sea carpintero o lo que sea, hay trabajo”, insiste. No obstante, reconoce que para otros puestos dentro del sector de la construcción, que requieren más esfuerzo físico, la edad sí puede ser un hándicap.

Para él, la meta ya está puesta en la jubilación, porque agotó la prestación por desempleo y ahora subsiste con una ayuda para mayores de 52 años, de “unos 500 euros” al mes. “Con eso pago el alquiler y lo demás es gracias a mi hijo, que me ha echado una mano”, explica. El último mes, ni siquiera le había llegado el ingreso de esa ayuda, y por eso había acudido esa mañana a la Oficina de Empleo, y aguardaba preocupado su turno. “Me estaba entrando todos los meses y quiero ver qué ha pasado, o si me ha faltado algún papel por presentar”. Su siguiente visita iba a ser a la Seguridad Social, “para ver si me puedo jubilar ya”.

Daniela y Alejandro

Daniela y Alejandro, que también pasaron esa mañana por la Oficina de Empleo, comparten un perfil similar. Ambos carecen de formación y no tienen un oficio específico. Para ella, el último trabajo fue gracias a un convenio del Ayuntamiento de Arrecife, en el área de jardines, pero afirma que sufrió una caída que le ha dejado secuelas, que no le reconocen ni la mutua ni su médico de cabecera. Antes de eso estaba sin trabajo, y no recuerda cuándo había tenido su último empleo. “Estuve un tiempito trabajando como camarera de piso”, apunta esta madre separada y con dos hijos, que tampoco cobra prestación por desempleo. “El papá de ellos me ayuda un poco, pero es duro”.

Alejandro, por su parte, tiene 45 años y no comparte esa idea de que en la Isla hay trabajo. “Yo pongo currículum, pongo de todo, pero ninguna llamada”. Él cursó la EGB hasta octavo, pero no llegó a terminarlo, y en su vida laboral ha trabajado en almacenes y en transporte de mercancías. Su último empleo fue como monitor de colegio, en la recogida temprana y en el comedor, gracias a un curso que hizo mientras estaba en paro, pero ahora afirma que nunca había pasado tanto tiempo sin trabajar.

A punto de agotar la ayuda que cobraba, Alejandro había ido a la Oficina de Empleo para ver si podía renovarla. “No sé dónde dicen que hacen falta trabajadores. Si hacen falta, será que yo no tengo experiencia de donde salga ese trabajo. Si sale de electricista, yo no sé nada. Son trabajos que salen, pero que tú no tienes idea”.

Mónica

Mónica siempre había trabajado en la hostelería, pero desde que fue madre, hace ya tres años, no ha vuelto a hacerlo. “He echado currículum, pero cuando les explicas el horario del que dispones, te dicen que no les interesa”. En la Oficina de Empleo la acompaña su marido, Ismael, que es quien explica que cuando se quedó embarazada, Mónica no tenía un trabajo fijo. Por eso, en su momento, les pareció un “beneficio” que pudiera alargar un poco el tiempo “de cuidar a su hijo y de la lactancia, que es muy importante”.

Sin embargo, los gastos han ido en aumento y ya no les alcanza con el sueldo de él, que trabaja como vigilante de seguridad privado y afirma que está teniendo que hacer horas extra. Desde que Mónica empezó a buscar trabajo, dice que todo lo que encuentra son jornadas con turno partido, algunas de hasta doce horas, incompatibles con el cuidado de un niño de tres años, que como mucho podría estar hasta las cuatro en el colegio. “He mirado en tiendas, pero es igual”, afirma.

Ismael lamenta que no haya más ayudas para facilitar que las madres puedan incorporarse al mercado laboral y “adaptar el trabajo”. Sobre la conciliación familiar a la que podría acogerse él en su empresa para reducir su jornada y compartir más la crianza, dice que sus compañeros se le “echarían encima”. De hecho, mientras ella sigue esperando un empleo compatible, él está trabajando más horas para intentar aumentar los ingresos del hogar y cubrir los gastos.

A la Oficina de Empleo habían acudido para solicitar el Ingreso Mínimo Vital. “No somos de pedir ayudas, pero a mí esto me va a producir una enfermedad”, afirma él. No obstante, a sus 38 años, Mónica es consciente de que la prioridad es encontrar un empleo que no interfiera con la conciliación familiar. Y no solo por el sueldo de hoy: “También por mi futuro, porque cotizaría”.

Los que tienen trabajo, pero no tienen permiso para trabajar

Rodrigo tiene una oferta de empleo en firme desde hace meses, para trabajar en el sector para el que se formó, pero sigue sin recibir respuesta a su solicitud para obtener el permiso de trabajo. “El empleador ya me está diciendo que no me va a poder esperar mucho más tiempo”, explica con preocupación.

Como él, muchas personas extranjeras saben lo que es esperar meses, o incluso años, para trámites que, en la teoría, deberían resolverse en unos 90 días. Aún cumpliendo todos los requisitos que establece la normativa, esas demoras les mantienen en una situación de irregularidad. “Como dicen ustedes aquí, es la pescadilla que se muerde la cola”, lamenta Rodrigo.

En su caso, lo primero que solicitó fue el arraigo por formación, que es una autorización de residencia temporal en España, cuya finalidad es regularizar la situación administrativa a cambio de formarse para cubrir puestos de trabajo necesarios. Rodrigo cursó una FP de Salvamento y Socorrismo, pero para cuando respondieron a su solicitud, en enero de 2025, ya había terminado el ciclo. Por eso tuvo que apuntarse a un nuevo curso, a través del Servicio Canario de Empleo, para que diera cobertura al permiso.

El curso lo terminó en mayo, pero entonces se enfrentó a un cambio en la normativa -el arraigo por formación pasó a denominarse arraigo socioformativo, con algunos cambios en su regulación-, y afirma que “nadie, ni los abogados ni las instituciones, sabía cómo aplicar el nuevo reglamento a los que ya veníamos con el anterior”. Después de mucho batallar, en julio pudo solicitar el permiso de trabajo, ya que el arraigo permite hacerlo si se consigue un contrato al completar la formación, pero aún no le han respondido.

“Deberían resolverlo en tres meses, pero me dicen que pueden pasar esos tres meses, pueden ser siete o puede tardar un año”, lamenta, cuando ya lleva casi ocho meses de espera.

Lo último que le han pedido es que actualice su situación como demandante de empleo, y por eso acudió de nuevo a la oficina del Gobierno de Canarias, pero su mayor temor es perder la oferta que ya tiene sobre la mesa. Mientras tanto, a sus 53 años y con cuatro de residencia en España, sigue haciendo “de todo” para ir sobreviviendo -con trabajos en situación irregular-, a la espera de conseguir por fin un contrato legal, que tiene al alcance de la mano desde hace más de medio año.

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