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El pez grande se come al chico

Pedro Cabrera y Monzo Cáceres: cómo sobrevivir al imperio de la piscifactoría

Foto: Manolo de la Hoz.
Myriam Ybot 4 COMENTARIOS 13/05/2018 - 08:55

Con los primeros rayos del sol estival o en la oscuridad negra de los inviernos, los profesionales de la pesca artesanal de Lanzarote salen al agua cada madrugada a proveerse de las capturas que permitirán el sustento familiar. Igual que hace cien años. Pedro Cabrera y Monzo Cáceres son herederos de un oficio al que defienden con pasión pero que reduce su peso en la economía local por el impacto de la compra en las grandes superficies.

“El pez grande se come al chico”. La afirmación queda flotando en el aire tibio de la tarde en el Charco de San Ginés y se hace dolorosa por cuanto quien la lanza sabe bien de ser talla pequeña en el comercio local, frente a la avidez de escualo de los hiper y un consumidor que pone por delante la comodidad de la compra mensual a la calidad de su alimentación.

Pedro Cabrera (Arrecife, 1964) nació entre lienzos y aparejos, hijo de pescador y nieto de velero, oficio este que se agarró a la identidad familiar hace más de cien años y aún hoy sirve en el gremio para identificar al más pequeño de la estirpe.

“Mi relación con el mar arranca en la infancia. Mi abuelo y mi tío abuelo cosían y reparaban las velas de las antiguas embarcaciones sin motor y mi padre salía a la pesca. Los sábados cuando no había clase le ayudaba en la barquilla, así que esta vida es algo natural para mí”, rememora.

Lo cuenta como si fuera ayer, el abandono de los estudios y los padres, de mirada firme, señalando: “Pues con los brazos cruzados no te quedas”. Y así acabó en la Escuela de Pesca, aprendiendo mecánica para el trabajo en tierra, porque lo del mar, hubiera jurado que no le iba. Pero no estaban los tiempos para andar con remilgos y cuando el cabeza de familia se lo requirió, sacó el título de patrón y se enroló en la breve tripulación de los Veleros.

Aunque reconoce que tras 30 años de oficio “no haría otra cosa”, las tentaciones de abandonar le llegan puntuales con cada exigencia de la Administración de realizar un nuevo curso, de obtener un título más. “Salimos a menos de dos millas y nos obligan a aprender el manejo de la radio, técnicas de sanidad marítima, debemos repetir formaciones ya realizadas… Y no se trata de no estudiar pero nos paran durante tres semanas, hasta un mes, y a ver cómo sacamos el sueldo si no salimos”, comenta compungido.

Las batidas del mar contra el casco de su “Tauro” durante tres décadas parecen haberlo contagiado de serenidad. Su relato carece del tono indignado y exigente propio de nuestros tiempos y más bien rezuma resignación y algo de asombro, al verse repitiendo lo que a su juicio es de sentido común.

“En el mar hay años buenos y años malos, como en tierra, como en el campo, como en la vida”, sentencia. “Se habla de la pérdida de las cosechas por el mal tiempo pero nadie dedica titulares a quienes tenemos que quedarnos en casa por una tormenta. Hay ayudas europeas a la agricultura y a la ganadería pero ¿a la pesca? Si las hay, a mí nada me han dado...”.

De la dureza del oficio hablan los datos y la memoria de Pedro: “Antes había mucha más pesca chica, ahora quedan unos doce barcos en Arrecife, entre el Charco y Naos. También la flota sardinal se vino abajo, en ese caso por las cosas de la política y los acuerdos, o la falta de ellos, con Marruecos”.

La rutina diaria

Monzo Cáceres (Arrecife, 1961), la otra mitad de este tándem inasequible al desaliento, tiene cincelados en el rostro los renglones de una vida de salitre y escamas. Es la parte que reclama, la que reacciona con nostalgia a los cambios que imponen los nuevos tiempos.

La rutina diaria comienza a las seis de la mañana cuando desde el Charco, el “Tauro” pone proa a la línea del horizonte y se adentra unas millas mar adentro. Durante cuatro horas navegan, revisan los tendidos de nasas y extraen lo necesario para la venta del día, con especial cuidado en devolver al agua los alevines atrapados en la malla. “Las tallas pequeñas son pan para hoy y hambre para mañana”, asegura Velero, adalid inconsciente de ese desarrollo sostenible que antes era saber viejo y ahora se ensena en las escuelas.

La suya, como sucede en el resto de las islas más orientales del Archipiélago canario, es pesca artesanal, con nasa de pulgada y cuarto, lina y anzuelo o corrica, para peces de más tamaño como el atún.

Las especies, tan variadas como pueda imaginarse en un litoral rocoso y bañado por el sol, con manchas de seba que funcionan como incubadoras naturales: salmonete, gallo, jurel, sargo, mero, morena, congrio, pulpo, chopa…

Finalizada la tarea, Pedro y Monzo vuelven a tierra, donde su fiel “cuatro latas”, que se estrenó con ellos en las faenas pesqueras hace más de tres décadas, traslada capturas y profesionales hasta la cercana Pescadería municipal de Arrecife.

Allí atienden a una clientela heredera de la afabilidad y bonhomía del padre, Miguel, segunda generación de Veleros, a la que han sumado nuevos fichajes, “mucha gente de fuera, italianos sobre todo, que valoran la excelencia del pescado fresco. El que viene, repite”, presume Monzo.

La rutina diaria comienza a las seis de la mañana cuando desde el Charco, el “Tauro” pone proa a la línea del horizonte y se adentra unas millas mar adentro

No todo el mundo es así. Nunca ha sido más verdad que el pez grande se come al chico y los profesionales de la pesca, que desafían tormentas y exigencias administrativas y burocráticas en el tajo diario, no tienen peor rival que las grandes superficies alimentarias y su oferta de piscifactoría.

“Desde que se instalaron los hiper en la isla notamos la pérdida de negocio. Y eso, frente a la enorme calidad y frescura de nuestro producto. La comodidad de comprar todo de una vez le ha ganado la partida al sabor y a la salud. Porque somos lo que comemos y no es comparable un pulpo de roca de la isla que otro cultivado y alimentado con pienso, que además merma en la cocción y se queda en la mitad”, dice de un tirón Pedro.

El futuro se presenta incierto, no tanto para estos hombres curtidos en las mil batallas del océano como para un oficio tradicional, duro y con poco respaldo político y social. “Los hijos nos escuchan hablar de las dificultades y penurias y no parece que vayan a seguir en la pesca, aunque me gustaría”, dice Pedro.

Monzo echa un capote a la ilusión y al amor por la profesión al recordar que el turismo está sujeto a vaivenes fuera de todo control. “Podría suceder que los países del norte de África volvieran a ofrecer seguridad a los visitantes y los turistas no nos llegaran como ahora. Entonces volveremos la mirada al mar, como ya se ha hecho con el campo...”. Y engancha, con tono incrédulo y los ojos redondos: “¿Siete piscinas en el puerto de Los Mármoles? ¿Cómo es eso posible?

El Charco de San Ginés, de amarradero de barcas a centro de ocio

Los cambios en el oficio tienen su termómetro en El Charco de San Ginés, cuna de la pesca chica y centro hoy del ocio y la oferta restauradora en Arrecife. Algo con lo que nunca soñaron Monzo y Pedro cuando jugaban de niños en sus orillas. “Conocimos la zona como una lengua de agua, que luego se limitó con un talud de arena y los chinijos convertimos en playa”, narran. Sucedía entre la Casa del Miedo y la Miñoca, recuerdan delimitando los retazos de memoria con dos de los puntos cardinales de la moderna estrella de los vientos capitalina.

La actuación con la que César Manrique urbanizó la ribera tuvo a juicio de Monzo sus pros y sus contras: La estética del paseo frente al daño ambiental a la lámina marina. “Cuando se cerró el Charco, se estropeó todo”, asegura en tono triste. El dragado no finalizó –dicen que por falta de presupuesto a mitad de obra- y quedaron pozas que no renuevan el agua. “Antes, a marea vacía podíamos cruzar caminando y con la ropa del domingo y no te enfangabas. El agua era limpia, los barcos se amarraban en las orillas y el efecto era precioso”, describe. Tampoco su condición de nueva centralidad urbana es plato del gusto de estos vecinos de toda la vida, que confiesan sentirse extraños en su barrio: “De más jóvenes esto nos parecía hasta un poco aburrido; ahora creo que es demasiado, ya no conocemos a nadie, es como si hubiera perdido la esencia”.

Comentarios

Y quien controla la venta de pescado ( de donde ? control sanitario? Impuestos ? ) que venden en el muelle de la pescaderia en Arrecife, justo en frente de la Delegación Insular ?. Curioso que sanidad del ayuntamiento no sepa nada ?
Ay ay Emílin que te quieren cerrar el quiosco los envidiosos
Currantes y conocedores de la mar desde que yo era un chiquillo. Les deseo que no les falte trabajo nunca.
El número 1 creo q no sabe leer. Quien ha dicho q vayan al muelle? Van a la pescadería municipal, en la q sanidad se encarga de los controles

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