
Nuestras bodas de plata
Es la primera vez que escribimos a cuatro manos, y, aunque como aprendiz, el placer es todo mío, mi padre me recuerda lo que mi abuelo Alfonso le decía a él: “nunca dejamos de ser aprendices”. Ambos consideramos oportuno escribir esta columna, Mateo desde Madrid y yo en Lanzarote, un día de septiembre de 2026, por una razón que me arrogo como padre: mi hijo es un actor importante, el más importante, de la celebración de dos aniversarios estrechamente conectados con nuestra familia.
Hablamos de dos bodas de plata coincidentes en el tiempo, la del matrimonio con Bibiana, mi mujer y madre de Mateo, y las nupcias de los tres con Lanzarote. Llegamos de Barranquilla al municipio de Yaiza, en 2001, y nuestro hijo nació aquí en 2003. Admiro la valentía y el momento en que mis padres, recién casados, decidieron afrontar el reto de salir de Colombia. Por cosas del destino, me tocó nacer a miles de kilómetros de mis raíces, convirtiéndome en un conejero más, así que tenemos motivos de sobra para conmemorar estos 25 años por punta y punta.
Nuestro recorrido como pareja durante un cuarto de siglo de vida en común se queda en el fuero más íntimo, personal y familiar, pero sí creemos justo, ya que disfruto de este espacio de libre opinión, dedicar unas líneas a nuestro municipio de Yaiza, Lanzarote y su gente. Aunque sea una decisión voluntaria, con más o menos matices, siempre es difícil dejar tu país.
Como hijo de Lanzarote, no fui testigo de ese momento en que mis padres dijeron adiós, pero en casa tengo el ejemplo cercano de todo el esfuerzo que supone emigrar, así como lo hacen muchas familias de infinidad de países que buscan mejorar su bienestar o lanzarse a por nuevos sueños en otros puntos del planeta.
Para unos y otros, salir significa dejar a tus padres, hermanos, demás familiares y amistades, con la incertidumbre de saber cuántos años pasarán para volverlos a ver. Fue lo primero que pensé contemplando el paisaje del verdísimo altiplano cundiboyacense cuando el avión salió del aeropuerto de Bogotá, el lunes 17 de septiembre de 2001, rumbo a Madrid. La ciudad era entonces la escala obligada para llegar a Lanzarote, hoy la reconocemos como la plaza donde Mateo (22) cultiva la academia y empieza a desarrollar su vida profesional.
En nuestro caso, pasaron cinco años para poder volver de visita a Colombia. Nos parecieron muchos, por tanto, no es difícil imaginar la situación de otras personas que han tenido que esperar diez o más años para volver a compartir con sus seres queridos.
La diáspora supone también desprenderte parcialmente de tu cultura y de la cotidianidad que abraza un sinnúmero de emociones. La migración latinoamericana, por causas económicas, políticas o sociales, o por las razones que sean, no es comparable con el desplazamiento forzoso que hacen miles de personas africanas que se juegan la vida en el mar intentando alcanzar las costas europeas en embarcaciones precarias. No hay parangón posible.
Aterrizar o nacer en Canarias es jugar con ventaja, y más, para quienes venimos de algún pueblo o ciudad con salida al mar. La cultura canaria tiene similitudes con nuestro lugar de procedencia, el Caribe colombiano: la música, la parla, la forma extrovertida de los canarios y la gastronomía, son buenos ejemplos de esa cercanía entre dos orillas hermanas separadas por la inmensidad del Atlántico. El mayor de sus encantos, aparte de la belleza natural de las Islas, es la hospitalidad de la gente canaria.
Recibimos un trato afable desde el primer momento, y aquí tenemos que detenernos para mencionar el municipio de Yaiza, paradigma de convivencia y multiculturalidad, y la localidad de Playa Blanca, donde siempre hemos residido. Nunca podremos llegar a compensar ni agradecer toda la generosidad de sus vecinas y vecinos.
El pueblo canario sabe lo que es migrar para quedarse y también para volver, sabe lo que es trabajar fuera para conseguir las lentejas y sabe perfectamente el significado de supervivencia, sacrificio y adaptación. Su capacidad para identificarse con personas que vienen de otros continentes y compartir sus sentimientos es muy grande.
En Playa Blanca construimos y conservamos grandes amistades. El cura tinerfeño Berto Martín, entonces párroco de Yaiza, fue una de las personas que más nos ayudó a integrarnos. Su perspectiva humanitaria y universal de la vida trasciende el compromiso pastoral o doctrina eclesiástica. Berto es una persona bacana que no escatima esfuerzos para favorecer la integración de personas inmigrantes de cualquier cultura, religión o sin religión. A través de él, conocimos a varias familias que durante el primer año nos permitieron multiplicar amistades y asentarnos en nuestro nuevo hogar.
Nos metemos en un lío si empezamos a citar nombres propios, pero vamos a hacerlo conscientes de antemano que pecaremos de olvido. Lola de Playa Blanca y sus padres Leocricia y Manuel; Guillermina y Paulino, también vecinos de Playa Blanca, ambos ya fallecidos; y Bienvenida y Fernando del pueblo de Femés, son algunas de las familias con quienes establecimos los primeros contactos.
A partir del trabajo, la cultura, el activismo, el deporte y de nuestra participación de la vida en comunidad, llegaron nuevas y otras entrañables amistades como las de Manuel y Yaneth, paisanos que asimismo viven en Playa Blanca; Pino y Manolo, de Arrecife; Antoñito, también de la capital de Lanzarote; Andrés de Teguise; o Nino de Tías.
Compañeros y compañeras de trabajo, del colegio y el deporte, convertidos en amigos y amigas, también han alimentado estos 25 años. Que ellos, ellas y nosotros lo sepamos es suficiente. Representan a muchas familias de distintos pueblos isleños que han contribuido de corazón a la integración de cientos de personas anónimas llenas de historias.
En este espacio de agradecimientos, no podemos olvidar a mi hermana Ivonne (Q.E.P.D). Ella y su marido Jaime nos abrieron la primera puerta de Lanzarote, y junto a los dos, sus hijas, nuestras queridas Natalia y Charlotte, que desde hace unos años hacen su vida en Madrid. La pequeña Char andaba para arriba y para abajo con nosotros y todavía hay personas que nos preguntan por la “hermana” de Mateo.
Y qué caprichosa es la vida, este 2026, que celebramos bodas de plata por partida doble, pues también se cumplen diez años de la partida de Ivonne.
Al igual que mis primas, el camino hasta llegar a esta etapa de estudio y trabajo en la capital fue, y sigue siendo, muy bonito. He convivido desde que tengo uso de razón con dos culturas aparentemente lejanas, pero con vibras semejantes. Pasé de jugar desde muy chinijo en mi urbanización a descubrir uno de los amores de mi vida: el Unión Sur Yaiza, club de fútbol de mi municipio, donde jugué catorce temporadas, pasando por todas sus categorías, de prebejamín, con cuatro añitos, hasta llegar a juvenil, y sin cambiar nunca de colores, fiel al verde. El fútbol me permitió conocer compañeros y rivales en el campo, respetar al contrario, hacer amigos y relacionarme con las familias de ellos. Entre esos colegas, están Samu, Agoney, Aitor y Darío.
Mi madre, mi padre y yo tenemos bonitas y divertidas historias para contar, pero preferimos poner el acento en la integración y la riqueza de la convivencia por la experiencia propia de multiculturalidad.
Ya como anécdota, un grupo de amigos y amigas brindamos en un encuentro sorpresa por las bodas de plata e infinidad de motivos que tenemos para celebrar. Al grupo Momentos para Compartir y a todas nuestras amistades de aquí y de allá les decimos: “Decir amigo es decir lejos y antes fue decir adiós. Y ayer y siempre lo tuyo nuestro y lo mío de los dos. Decir amigo se me figura que decir amigo es decir ternura. Dios y mi canto saben a quien nombro tanto”. Decir Amigo, del poeta cantor, Serrat.










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