0 COMENTARIOS 17/06/2026 - 07:45

Hubo un tiempo, no hace tanto, en que la expresión “regeneración democrática” ocupaba un lugar central en el debate político español. Era la época de la llamada Nueva Política. Corrían los años de la salida de una dura crisis económica, de la indignación ciudadana y de la aparición de nuevas formaciones que prometían cambiar las reglas del juego; poniendo fin, decían (y se daba por bueno el augurio), a décadas de bipartidismo. La regeneración democrática era entonces una bandera atractiva. Se hablaba de transparencia, de ejemplaridad, de rendición de cuentas, de limitar mandatos, de abrir las instituciones y de devolver la política a los ciudadanos.

Una década después, resulta llamativo comprobar que aquella idea ha desaparecido prácticamente del vocabulario político español. Ya nadie habla de regeneración. Nadie la reivindica. Nadie la exige. Ni los que gobiernan ni los que aspiran a hacerlo utilizando los escándalos del poder como munición. Es como si el problema se hubiera resuelto o, peor aún, como si hubiera dejado de importar.

Sin embargo, basta observar la actualidad española para concluir exactamente lo contrario. La política española atraviesa uno de sus momentos más deteriorados desde la Transición. La polarización ha sustituido al debate. La propaganda ha desplazado a la argumentación. La descalificación personal ocupa el espacio que debería corresponder a la confrontación de ideas y programas. Los escándalos vuelven a instalarse en el centro de la vida pública. En los últimos meses, los casos que afectan al PSOE y a personas de máxima proximidad al presidente del Gobierno central han colocado de nuevo sobre la mesa preguntas incómodas, pero muy pertinentes, sobre la calidad institucional, los controles internos y los márgenes tolerables de la responsabilidad política. Más allá de los hechos y su evaluación judicial, que será lenta pero inexorable, anida la sensación creciente de que los estándares éticos han descendido a niveles alarmantemente bajos. La discusión pública ya no gira en torno a qué es correcto o incorrecto, sino a quién resulta más beneficiado o perjudicado por cada escándalo conocido. Y la lógica partidista ha colonizado, también, el ecosistema mediático.

Es aquí donde resulta útil volver la mirada hacia un texto escrito hace más de un siglo y que conserva una vigencia sorprendente. En su conferencia titulada La política como vocación, pronunciada en 1919, Max Weber intentó responder a una pregunta que hoy parece haber desaparecido del debate ciudadano: ¿qué tipo de persona debe dedicarse a la política? La respuesta de Weber estaba muy lejos de cualquier ingenuidad. Conocía bien las pasiones, las ambiciones y las miserias que acompañan al ejercicio del poder. Y precisamente por eso elevó tanto el listón. A su juicio, las tres cualidades esenciales del político eran estas: la pasión, el sentido de la responsabilidad y la mesura. No la pasión entendida como exaltación o fanatismo, sino como entrega a una causa. No la responsabilidad como simple cumplimiento formal de normas, sino como conciencia de las consecuencias de los propios actos. Y no la mesura como tibieza, sino como capacidad para mantener distancia frente a uno mismo, frente a los acontecimientos y las emociones del momento. Quizá fuera pedir demasiado, entonces y ahora.

Weber advertía además de dos pecados mortales de la política: la ausencia de propósitos objetivos, más allá de la propia conquista y defensa del poder (¿les suena esto de algo, queridos lectores?) y la falta de responsabilidad sobre los actos propios (que para condenar los ajenos, barra libre). A ellos añadía un enemigo especialmente peligroso: la vanidad. Cuando el deseo de poder deja de estar al servicio de una causa y se convierte en un fin en sí mismo, escribía, la política degenera en una forma de embriaguez personal. Cabe preguntarse cuántos dirigentes españoles superarían ese examen. Incluyamos a los canarios, no nos hagamos trampas tampoco.

Probablemente Weber planteaba un ideal difícilmente alcanzable. Tal vez, incluso utópico. Pero los ideales cumplen una función imprescindible: señalar la dirección correcta. El problema de la política española actual no es que esté lejos de ese modelo de excelencia. El problema es que en muchas ocasiones parece situarse por debajo incluso de unos mínimos razonables de comportamiento.

La política española atraviesa uno de sus momentos más deteriorados

La desaparición del discurso regenerador es significativa porque revela una renuncia colectiva. Durante algunos años se creyó que la calidad democrática dependía de reformar instituciones, aprobar leyes de transparencia o introducir mecanismos de participación; de repartir y compartir el poder, en resumen. Todo eso era importante. Pero olvidó una verdad elemental: las instituciones sólo funcionan adecuadamente cuando quienes las ocupan poseen virtudes cívicas. La buena política no consiste únicamente en gestionar con eficacia. Tampoco en defender con habilidad un proyecto ideológico. La buena política exige ejemplaridad, capacidad intelectual, honestidad personal y respeto por los límites que impone la democracia constitucional. Exige entender que el poder es un medio, no un fin. Porque, además, los tiempos presentes nos enseñan que, como señala el pensador venezolano Moisés Naím en su último libro, el poder se ha vuelto tan esquivo que es fácil de obtener, aún más fácil de perder y muy difícil de ejercer.

En este contexto conviene mencionar una figura que durante mucho tiempo fue presentada como una especie de referencia moral del socialismo español: José Luis Rodríguez Zapatero. En Canarias, y particularmente en Lanzarote, lo conocemos bien por sus frecuentes visitas. Su legado político puede ser valorado de formas distintas y legítimas. Lo que resulta más difícil de sostener es la imagen casi santificada que durante años se construyó en torno a su figura. Y la razón es sencilla. Existen contradicciones que terminan erosionando cualquier autoridad moral. Una de ellas consiste en pretender compatibilizar tareas de mediación internacional en escenarios tan complejos y delicados como Venezuela con actividades profesionales retribuidas en el ámbito internacional. En política, y especialmente en asuntos de tanta sensibilidad, las apariencias importan. Y cuando la independencia se ve comprometida, la credibilidad también lo hace. Eso como mínimo. El resto, ya lo dirán el tiempo y las investigaciones sobre la conducta del expresidente del Gobierno.

Tal vez haya llegado el momento, y más con elecciones cada día más cercanas, de recuperar esa conversación sobre la regeneración democrática. No para repetir los eslóganes de hace diez años, sino para plantear una cuestión más profunda: qué entendemos hoy por buena política.

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