
Astrid Pérez, más papista que el Papa

La presidenta del Parlamento de Canarias, Astrid Pérez, suele reivindicar con firmeza el respeto al protocolo, las precedencias y las formas institucionales. Sin embargo, resulta llamativo que quien tantas veces ha puesto el acento en la importancia de las normas haya protagonizado una imagen que ha generado debate precisamente por razones protocolarias.
En el Vaticano existe una tradición centenaria según la cual las mujeres deben vestir de negro en las audiencias y actos solemnes con el Pontífice. La gran excepción es el denominado “privilegio del blanco”, reservado únicamente a determinadas reinas y princesas católicas de casas reales concretas, entre ellas la reina Letizia de España, la reina Matilde de Bélgica o la princesa Charlene de Mónaco.
Por eso sorprende que Astrid Pérez, que no pertenece a ninguna de esas casas reales ni ostenta dicho privilegio, optara por vestir de blanco en un contexto donde el protocolo vaticano atribuye a ese color un significado y una excepción muy concretos. Más aún cuando hablamos de una responsable pública que acostumbra a reivindicar el estricto cumplimiento de las normas institucionales.
La cuestión no es el color de un vestido. Tampoco se trata de convertir una anécdota en un escándalo. El problema aparece cuando existe una evidente contradicción entre el discurso y los hechos. Quien exige rigor protocolario a los demás debería ser especialmente cuidadoso a la hora de observar las normas y tradiciones que rigen los actos a los que asiste.
La política está llena de gestos simbólicos. Y los símbolos importan. Porque transmiten mensajes. Cuando una autoridad pública se presenta en un escenario tan cargado de significado institucional como el Vaticano, cada detalle tiene una lectura. La vestimenta también.
Quizá por eso la imagen dejó una sensación difícil de ignorar: la de una dirigente tan preocupada por el protocolo cuando afecta a otros que termina olvidándolo cuando le corresponde aplicárselo a sí misma.
Y ahí reside la paradoja. Porque hay quienes defienden las normas con tanta intensidad que acaban creyéndose por encima de ellas. Más papistas que el Papa. Y, en esta ocasión, nunca mejor dicho.











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