Para Yamileth, Hans y Omar, el inicio del proceso de regularización ha sido “la mejor noticia” desde que tuvieron que migrar: “Hay que ponerse en los zapatos de la otra persona para entenderla”

Pendientes de un decreto: “Si sale, lo primero que haré será ir a ver a mis hijas”
Para Yamileth, Hans y Omar, el inicio del proceso de regularización ha sido “la mejor noticia” desde que tuvieron que migrar: “Hay que ponerse en los zapatos de la otra persona para entenderla”
Cuando Hans recibió un mensaje en su teléfono móvil el pasado 27 de enero, no pudo evitar echarse a llorar. “¿Te enteraste de la noticia?”, le preguntaba su novia. A continuación, adjuntaba un enlace con la información: el Gobierno iniciaba un proceso de regularización extraordinaria de extranjeros que ya viven en España. “Fue una sorpresa descomunal, la verdad. Ya estábamos muy desanimados y no lo esperábamos”, confiesa. Como él, muchas personas vivieron aquel día emociones y escenas similares.
Los teléfonos de Yamileth y de Omar tampoco paraban de sonar. Él recibió mensajes de varios amigos y ella se enteró directamente a través de su abogada, Estela Fernández, que conocía de cerca su historia y fue quien le dio la noticia. “Sentí un alivio muy grande”, afirma Yamileth. Sus historias son distintas, pero tienen mucho en común: los tres son extranjeros que tuvieron que dejar su país y a su familia, los tres residen en Lanzarote y los tres celebraron con la misma alegría una noticia que esperan que por fin mejore sus vidas.
Hans estudió administración de empresas y siempre había trabajado “en una oficina detrás de un ordenador”, hasta que la pandemia agravó la crisis en su país. “La situación en Colombia se estaba poniendo difícil”, explica. Al aumento de la inseguridad se sumó una oleada de despidos que le afectó de lleno, y no consiguió encontrar otro trabajo en su sector. “Eso me llevó a salir de mi zona de confort y a trabajar en otras áreas como mensajería, restaurantes...”. Pero los ingresos no cubrían los gastos: “Tengo dos hijas y se me estaba haciendo difícil”. Por eso, con 29 años decidió emigrar, alentado por “los pajaritos que te pintan de que España está muchísimo mejor”.
Al llegar, hace ahora tres años y medio, se dio de bruces con la realidad. “Lo único que era cierto es que la seguridad es muchísimo mejor, pero el resto, nada”. Durante seis meses no consiguió trabajo, porque nadie quería contratarlo sin papeles. “Me recorrí toda la Isla desde Órzola hasta Playa Blanca, pero cuando les decía que no tenía documentación me respondían: no me sirve”. Durante ese tiempo subsistió gracias a sus tíos, que viven en Lanzarote desde hace más de dos décadas y lo acogieron para ayudarle a empezar. Es consciente de que fue más afortunado que otras personas que emprenden el mismo camino, porque al menos él tenía comida y un techo, pero subraya que “psicológicamente fue muy duro”. Sobre todo, por no poder enviar dinero a sus hijas, que siguen en Colombia con su exmujer.
De “bebé” a “hombre”
La situación de Hans empezó a cambiar hace tres años, cuando vio “a unos chicos trabajando en una obra” en Costa Teguise. Se acercó a ellos, les dijo que buscaba trabajo, les dejó su teléfono y le dijeron que se lo entregarían al jefe. Cuatro días después, recibió la llamada. Aún recuerda que era 24 de diciembre, y para él fue como un regalo. “Cuando me entrevistaron fui sincero. Yo no sabía nada de construcción porque en mi país nunca cogí una pala, ni una cuchara, ni nada, pero todos venimos aquí a ver cómo nos va y a echarle ganas. Así que les dije: Pruébenme y si valgo, pues seguimos”. Y así fue.
Se convirtió en ayudante de peón y desde entonces sigue trabajando para la misma empresa, pero sin poder tener un contrato. “En la construcción he aprendido muchísimo. Como les digo a mi mamá y a mi mujer, antes mis manos eran de bebé y ahorita son de un hombre”. Eso sí, reconoce que los primeros meses fueron duros. “Yo que llevaba diez años trabajando en el área administrativa en mi país, llegar a un oficio que demanda tanto físicamente, es muy complejo”. De hecho, a los ocho días de empezar sufrió un ataque de lumbago que le obligó a reposar, pero siguió adelante.
Ahora ya se ha amoldado al oficio, aunque reconoce que si el proceso abierto por el Gobierno le permite regularizar su situación en España, tratará de volver a su antigua profesión: “La construcción me ha dado la mano y ha sido una bendición, pero todo tiene su ciclo y lo voy a terminar, espero”. De momento, está ampliando sus estudios con un ciclo superior de Administración y Finanzas en el IES Zonzamas. Se apuntó para “darle una continuidad a la carrera” que estudió en su país, pero, sobre todo, con la esperanza de poder obtener una autorización temporal de residencia. Cinco meses después, sigue sin recibir respuesta a su solicitud. Por eso, sus esperanzas están puestas ahora en este proceso extraordinario.
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Hans.
“Tranquilidad mental”
De momento solo se conoce el borrador del decreto, que aún debe publicarse en el Boletín Oficial del Estado, pero el anuncio del Gobierno es que las solicitudes se podrán empezar a presentar a principios de abril. “Lo que nos ha dicho nuestra abogada es que vayamos recopilando la documentación que al parecer van a solicitar”, explica Hans. Aún mantiene cierto temor, porque “en este mundo puede pasar cualquier cosa” y ya sufrió otra decepción recientemente, cuando parecía inminente otra regularización que al final no prosperó, pero está esperanzado.
“Imagino que una vez que obtenga la residencia, mi vida cambiará 180 grados”
Para él y para su actual pareja, que está en una situación similar -ella tenía concedido el asilo, pero el permiso caducó este mes de febrero-, regularizarse supondrá ante todo ganar “tranquilidad mental”. Poder tener un contrato y una estabilidad económica, no vivir con miedo a que la policía les pare por la calle para pedirles la documentación o no tener que esconderse cuando está trabajando y hay alguna inspección en la obra. Pero sobre todo, para Hans supondrá poder reencontrarse con su familia, porque la falta de papeles le ha impedido viajar a su país durante este tiempo.
“Si sale, lo primero que quiero hacer es ir a ver a mis dos hijas y a mi madre. Me muero por ir a verlas a las tres”, confiesa. Cuando salió de Colombia, la pequeña apenas tenía un año y ahora tiene cuatro, y la mayor ya ha cumplido los siete. “Yo pienso mucho en la gente que se vino hace 30 o 40 años, cuando no existían las videollamadas. ¿Cómo hacían? Yo no hubiera resistido sin ver a mi familia tres años. De verdad que esos migrantes sí fueron mucho más fuertes que los de ahorita”.
Aún así, subraya que sigue siendo “brutal el tema de la migración y de dejar a tu familia”. Sobre todo por sus hijas, pero también por su madre. “Ella es madre soltera y siempre fuimos ella y yo. Imagínate lo duro que ha sido para mí, y peor para una madre que no ha visto a su hijo durante más de tres años”. Eso es precisamente lo que les pide a los que critican este proceso de regularización: que se pongan en el lugar de las personas migrantes, porque los españoles también lo fueron en su día.
“Yo respeto mucho la opinión de todos, pero a veces falta un poquito de humanidad y de comprensión. Hay que ponerse en los zapatos de la otra persona para que la puedas entender”, defiende. No obstante, en lo personal se ha sentido muy bien acogido -“estamos enamorados de Lanzarote y no nos queremos ir”-, y solo espera poder seguir viviendo en la Isla con “tranquilidad mental”.
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Omar.
“Un año y ocho días”
Omar -que prefiere no dar su verdadero nombre- solo llevaba “un año y ocho días” en España cuando accedió a contar su historia a Diario de Lanzarote. El miedo por su situación legal y las dificultades que aún tiene con el idioma -que le obligan a utilizar un traductor- le llevan a ser el más cauto a la hora de hablar, pero también mira al futuro con esperanza. “Poder regularizarme significa mucho para mí, porque si consigo la residencia temporal podré trabajar legalmente, mantener a mi familia en Marruecos y asegurar mi futuro y mi estabilidad en España”.
“Significa que podré trabajar legalmente y mantener a mi familia”
De su llegada a la Isla, solo cuenta que vino “por mar”, para mejorar sus “condiciones de vida” y las de su familia. Esa es la palabra que más repite al hablar: familia. La que dejó en Marruecos, a la que lleva más de un año sin ver, y la que a sus 31 años quiere formar en España.
Hoy se gana la vida “trabajando en los mercados semanales con los turistas que vienen a la Isla”. Reconoce que “los primeros meses fueron difíciles”, pero “con el tiempo las cosas mejoraron”, porque conoció “amigos españoles” que le ayudaron, para subsistir y para conseguir trabajo. “Lo más difícil a lo que me enfrenté fue no ser aceptado para trabajar sin permiso de residencia”, recuerda.
En su caso no tenía ningún familiar o conocido que viviera ya en la Isla, pero afirma que se ha sentido acogido: “Los españoles son sociables por naturaleza y me tratan muy bien dondequiera que voy”. Por eso confía en poder quedarse en el país, y ya ha empezado a asesorarse para presentar la solicitud en cuanto se abra formalmente el proceso de regularización.
Como a todos, a él la noticia también le pilló “por sorpresa”. “Me enteré cuando mis amigos me enviaron vídeos por WhatsApp hablando del acuerdo”. Desde entonces espera que llegue el momento de poder hacerlo oficial. Aún no sabe si seguirá en la Isla o continuará su viaje hacia la Península cuando consiga el permiso, pero sí tiene algo claro: “Imagino que una vez que obtenga la residencia, mi vida cambiará 180 grados”.
“Lo más difícil”
“Lo peor que uno puede hacer es salir de su país y dejar a su familia, sin saber si en algún momento podrá regresar o volver a encontrarse. Eso es lo más duro”. A Yamileth se le quiebra la voz al recordar ese momento en el que tuvo que dejar a sus tres hijos y a su madre en Colombia y venir a España, hace ahora dos años y medio. “Como todo emigrante, vine con el propósito de poder sacar adelante a mi familia, pero no ha sido fácil”. Ahora, siente que el proceso de regularización es “lo mejor” que le podía pasar. Lo que puede cambiarlo todo.
“Lo más duro que uno puede hacer es salir de su país y dejar a su familia”
En su país, Yamileth crio a sus hijos sola, “sin ninguna ayuda del papá”, pero la situación se estaba volviendo insostenible. “Tengo 47 años y con esa edad, en Colombia no te da trabajo nadie, uno es inservible”. Por eso decidió probar suerte en España y en concreto en Lanzarote, donde ya vivía su hermana desde hacía años. “Ella me recibió un mes en la casa donde vive, pero después me tocó salir y desde entonces he tenido que lucharla. A veces se ha acabado el trabajo y me he quedado sin saber para dónde tirar sola”.
Durante este tiempo ha trabajado “cuidando abuelitos” y también haciendo limpiezas, “a la espera de poder conseguir los papeles”. Cuando cumplió los dos años en España lo intentó, pero tenía que presentar una oferta de empleo y nadie le ofrecía un contrato para poder registrar la solicitud. Ahora, con el proceso que ha iniciado el Gobierno, espera poder regularizar por fin su situación. “Ha sido un alivio muy grande y espero de verdad que salga todo bien”.
¿Qué cree que le va a aportar? “Económicamente, todo. Voy a poder trabajar, pagar una Seguridad Social, conseguir un piso...” Actualmente vive en una habitación alquilada, en un edificio donde hay más de 15 personas que están en la misma situación, pero sueña con volver a tener su propia casa y con traerse a su hijo. Al menos al pequeño, que acaba de cumplir los 18 y aún era menor de edad cuando se quedó en Colombia con su abuela y sus dos hermanos mayores, que ahora “ya tienen su vida hecha”.
El miedo
Para Yamileth, en este tiempo, lo peor ha sido “la soledad”: “Yo siento que he sido una mujer muy fuerte y no dejo que me abata cualquier cosa. Así me quede sin trabajo, así esté sin dinero, para mí eso no es difícil porque sé que yo puedo, pero la soledad sí es dura”. Valora que en Lanzarote ha encontrado “amistades muy buenas”, pero nada que llene el vacío de la familia, a la que lleva dos años y medio sin poder abrazar. “Esa es una de las cosas que también me ha alegrado mucho de la regularización, porque yo sé que ahí, teniendo mis papeles, podré viajar a verlos y volver a entrar. Aunque sea solo ir a verlos y volver”.
También le dará la tranquilidad, simplemente, de poder ir a pedir trabajo a cualquier empresa sabiendo que tiene su documentación en regla. “A veces no te arriesgas, porque te dan miedo muchas cosas”, confiesa, mientras espera que se publique en el BOE el decreto que le permitirá alcanzar esa seguridad. La que tampoco tenía en su país: “Aquí tú sales tranquilo a la calle, pero allá no. Desde que pisas la puerta de tu casa estás con la zozobra de que te pueden hacer algo o que te van a atracar”. Por eso espera poder quedarse en España, traerse al menos a su hijo pequeño y seguir “trabajando fuerte y saliendo adelante”.
















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