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El hombre que regala olas y derriba barreras

A través del proyecto solidario Happy Surf, Niccolò Taverna acerca “el poder curativo del océano” a colectivos vulnerables: desde mayores hasta personas con discapacidad o niños con cáncer

Isabel Lusarreta 0 COMENTARIOS 14/01/2026 - 06:51

Una lanzaroteña que ya ha superado los 80 y una niña que llegó a la Isla a bordo de una patera tienen algo en común: las dos le tenían terror al mar, y las dos acabaron disfrutando sobre una tabla de surf sin saber nadar. El “culpable” es Niccolò Taverna, que hace unos meses puso en marcha un proyecto solidario que llevaba años rondando en su cabeza: Happy Surf. “Quería hacer felices a personas menos afortunadas”, explica.

Por sus clases, concebidas como una terapia física y emocional, han pasado desde hombres y mujeres mayores hasta personas con escasos recursos, con enfermedades o con problemas de discapacidad física o de salud mental. También menores migrantes que saben lo que es cruzar el océano en una embarcación precaria, y que en esas sesiones aprendieron a mirar el mar de otra forma. Como esa niña que no sabía nadar y que no quería volver a acercarse al agua. “Tengo una foto de ella donde se levanta y surfea una ola, y tiene una sonrisa que para mí vale más que un millón de euros”.

Al preguntarle por los momentos más mágicos que ha vivido, ése es uno de los primeros que Nicco recuerda. También el de esa mujer que llegó con el grupo de mayores de Cruz Roja, y que lo primero que hizo fue advertirle que no pensaba meterse en el mar. “Al final no quería salir del agua. Fue la que más disfrutó, estaba feliz”.

El sentido de la vida

Cuando Niccolò Taverna abrió en 2018 su propia escuela de surf en Lanzarote cumplió un sueño, pero aún sentía que le faltaba algo. Y ese algo cobró forma el pasado mes de abril, cuando puso en marcha este proyecto solidario: “Creo que era un poco el sentido de mi vida”.

Desde niño es aficionado a este deporte y siempre había oído hablar de sus beneficios, y decidió empezar a documentarse: “El origen de la terapia de surf parece que está en los nativos hawaianos, que consideraban el surf como una medicina para el cuerpo y la mente. Después empezaron un poco los americanos, por ejemplo con las personas que volvían de la guerra de Vietnam. En el mundo surgieron varias terapias de distintas personas y organizaciones, hasta que en el 2017 se reunieron en Sudáfrica y crearon la International Surf Therapy Organization, que recopila estudios de todo el mundo y da una guía a seguir para la gente que quiera hacer terapia de surf”.

“Lo importante es que puedan disfrutar de un día de felicidad pura”, dice Niccolò

Cuando tuvo el proyecto armado, lo empezó a presentar a distintas asociaciones de la Isla, y la acogida fue unánime. “No esperaba que tuviera tanto éxito”, confiesa. Desde niños y niñas con cáncer de Pequeño Valiente, hasta usuarios de El Cribo o personas de edad avanzada han acudido ya a sus sesiones de surf. “O más bien, sesiones donde se pueden beneficiar del poder curativo del océano”, precisa.

De momento no cuenta con ninguna subvención pública y solo una asociación que dispone de más recursos realiza un pequeño pago por las sesiones, que le permite cubrir los gastos. Con el resto, mantiene “acuerdos” alternativos. “Mi idea no era ganar dinero. Lo importante es que la gente lo pase bien y que pueda disfrutar de un día de felicidad pura”.

Por ejemplo, con una asociación que trabaja con familias con escasos recursos, estableció un trueque: “Cada participante me tiene que regalar una botellita de agua, porque yo bebo mucho”, bromea. “Pero como ocurre con todas las personas que tienen pocos recursos, al final me llevan más de una botella de agua por usuario, y eso ya me conmueve muchísimo”.

Con otra asociación, que trabaja para la integración de menores migrantes no acompañados en la transición a la vida adulta, explica que llegó a otro “acuerdo fantástico”. A cambio de la clase, cada niño debía prepararle un plato típico de su país de origen. “Hicimos un almuerzo gigante con platos africanos que me encantó. Fue una experiencia súper chula”.

Una “terapia mutua”

La primera sesión de Happy Surf fue con los niños de Pequeño Valiente, y Niccolò aún recuerda sus sonrisas en el agua. “Muchos padres me escribieron después dándome las gracias y diciéndome que había sido un día fantástico”. Su objetivo es demostrar que no hay barreras para disfrutar del mar, y en sus sesiones ha participado incluso una mujer con ceguera del barrio de Argana Alta, que pudo cumplir su sueño de surfear. “Me dijo que era un recuerdo que se iba a llevar a la tumba”.

Con las personas de edad avanzada, o cuando hay algún tipo de discapacidad física que dificulte la actividad, las sesiones se adaptan. Desde elegir días con mar tranquila en Famara, para que con su ayuda puedan deslizarse tumbados sobre la tabla; hasta trasladar las sesiones a Playa Honda, cuando tienen problemas más severos de movilidad. “Ahí hacemos más ejercicios de flotación, de caminar con el agua por la cintura... Surf therapy es un poco la gorra de este proyecto, pero en realidad es un proyecto de oceanoterapia, es decir, disfrutar del poder del océano para que la gente se sienta mejor”.

“Es una terapia mutua, porque yo vuelvo a casa con el corazón contento”

Además, es un beneficio de ida y vuelta. “Yo les hago terapia a ellos y son felices, y yo vuelvo a casa con el corazón contento. Es una terapia mutua”, defiende Niccolò. De hecho, igual que le ocurre con el surf en general, en estas sesiones también cree que lo más importante son los lazos que se forjan. “Me lo paso súper bien con ellos. Me cuentan sus historias, bromeamos, compartimos un montón de risas... Hay un rollo ahí mágico”.

Pese a la variedad de grupos con los que trabaja, no tiene ninguno favorito. “Cada sesión es diferente y disfruto con todos”. De hecho, al evocar anécdotas, lo mismo recuerda a su alumna de más de 80 años con terror al agua, que “a un niño fantástico” con autismo que acudió a una sesión. “Y luego te dicen cosas que me conmueven. Son momentos muy fuertes, pero que me encantan”.

Como un valioso tesoro, guarda una tabla de surf hecha de cartón que le regalaron los niños migrantes. En ella, cada uno pegó la bandera de su país y escribió una dedicatoria, diciendo que era “la experiencia más bonita que habían tenido en su vida, que se acordarían siempre y que se lo contarían a sus padres que están en África”. “Hay muchas cosas que me han marcado en positivo, y no hay dinero que pueda pagar eso”.

Nuevos retos

Niccolò trabaja con grupos reducidos, con un máximo de entre cuatro y seis personas, y generalmente está solo en las sesiones, aunque a veces tiene que echar mano de voluntarios, cuando alguna persona requiere una mayor dedicación. Sin embargo, el reto no le asusta. De hecho, ya se plantea otros más ambiciosos. “Mi objetivo es trabajar con todos los colectivos, porque es una terapia que se puede hacer con todos”.

De momento ya tiene un proyecto para trabajar con personas que sufren esclerosis múltiple, y prepara otro para personas con parálisis cerebral. “Me enteré de que había una empresa en Gales que hace unas tablas de stand up paddle, que son las tablas para ir de pie, pero enormes, adaptadas para poder poner encima una silla anclada”, explica. No lo dudó: hace un año encargó una y acaba de recibirla, aunque está a la espera de comprar un tráiler para poder llevarla hasta la playa, porque de otra forma es imposible por sus dimensiones.

“No sé si en Canarias ya hay alguien que lo haga, pero creo que va a ser una terapia revolucionaria”, adelanta ilusionado. Su objetivo es tener todo el equipo en unos meses y contactar con asociaciones o con personas que estén en esta situación, para poder empezar. Las sesiones tendrán que ser en días con “mar agradable”, pero las personas con parálisis cerebral podrán subirse a una tabla de surf, sentados en una silla, con Niccolò tumbado detrás, y “probar la emoción de deslizar sobre una ola”.

Imágenes

“Vete a Lanzarote, que es una isla fantástica”

Niccolò Taverna nació en Italia y con 14 años, cuando estaba empezando a surfear, vio una película que le marcó: ‘El gran miércoles’. A los 18, tenía claro que eso era lo que quería hacer: surfear, viajar y ganarse la vida con ese deporte. “Mi madre me dijo: Una idea fantástica, pero pregúntale a tu padre. Y mi padre casi me tira por la ventana”. Así terminó entrando en la Universidad y en una vida que no era la que quería -“trabajaba en el mundo de los seguros, así que imagínate”-, hasta que con casi 40 años, decidió empezar de nuevo.

“Dejé el trabajo de un día para el otro, hablé con amigos españoles preguntándoles dónde podía ir y me dijeron: ‘Vete a Lanzarote, que es una isla fantástica’. Llegué hace 12 años y nunca más me fui. Considero Lanzarote mi casa. Estoy totalmente enamorado de este lugar y de su gente”, confiesa. El primer año se buscó la vida con distintos trabajos, “pero siempre conectado con el mar”. Ejerció de socorrista y también como fotógrafo de surf, hasta que en 2014 pudo hacer un curso de monitor. “Ahí se me abrió un mundo fantástico, de viajar muchísimo, que era lo que me gustaba. Empecé a hacer lo que yo quería hacer desde los 18 años”.

La temporada de verano la hacía en la Isla, y el resto del año viajaba a cualquier destino donde necesitaran un monitor, tirando de amigos y contactos. “Una vez que tú eres un monitor de surf, empiezas a conocer un montón de gente”, explica. En total pasó seis años “en esta vida nómada fantástica”, hasta que en 2018 abrió su propia escuela de surf en la Isla.

Longboard Gliders Surf School Lanzarote es una escuela ‘online’, sin tienda física, en la que desde el principio solo enseña el estilo clásico del surf, con tabla larga. “El que se hacía en los años 40, 50 y 60, cuando no eran tan importantes las olas como pasar un buen rato con los amigos y las personas que amas en la playa, disfrutando de la naturaleza”.

Otra de sus normas es trabajar con grupos pequeños, de máximo cuatro personas, lo que también le da “la posibilidad de socializar y hacer nuevos amigos”. “La mayoría de los clientes que he tenido son personas súper interesantes, con historias que me dan un chute de vida. He tenido de todo: magos, inventores... De verdad que podría escribir un libro”.

El eslabón que le faltaba lo completó hace unos meses, cuando puso en marcha el proyecto solidario Happy Surf, para compartir la felicidad que le da el océano con personas en situación de vulnerabilidad. Después de haber dado un giro a su vida a los 40, hoy “no cambiaría nada”. Ha conseguido “vivir del surf y disfrutar”: “Ese es el misterio de vida”.

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