28
Ago
2013
M.J. TABAR

Entrar en la casa que diseñó y gozó César Manrique es una experiencia uterina, confortable y divertida. En el vestíbulo, varios paipáis apoyados donde otros hubiesen ubicado un paragüero. Sombra tamizada y los primeros objetos de un esteta amante del juego y el confort.

El hogar de uno de los personajes más significativos del arte español del siglo XX subraya una función del arte demasiadas veces olvidada: es una herramienta para hacernos la vida más plácida. En una calle estrecha de Haría, sobre una vivienda tradicional lanzaroteña, Manrique levantó una casa para retirarse, catar la paz y dar rienda suelta a sus pasiones.

El 'objet trouvé' (el arte del objeto encontrado) le volvía loco. Se topaba con objetos marinos y agrícolas, los desposeía de su función original y les otorgaba un nuevo uso estético. Amaba el patrimonio lanzaroteño y ponerlo en valor se convirtió en obsesión. Reutilizó botellas de vino para diseñar y construir lámparas amables, originales, futuristas, orgánicas que hoy se estudian en las facultades de Arquitectura, y que desde esta semana pueden contemplarse en su lugar original.

“Esta es la casa de un artista que ha recorrido su camino. La raíz profunda de César”, explica Fernando Gómez Aguilera, director de actividades de la Fundación César Manrique (FCM) y guía en la presentación de esta nueva infraestructura cultural que carece de parafernalia. El Consistorio del municipio norteño habilitará zonas de aparcamiento en el pueblo para que los visitantes recorran a pie el trayecto hasta la casa de Manrique y puedan disfrutar de los laureles de indias y de otros encantos del pueblo.

Además de la chimenea de piedra y una colección intensa de cerámica canaria, el salón de César está habitado por un piano, una hermosa edición de Rayuela cuyo lomo lúdico destaca de entre el resto de los volúmenes (folklore, erotismo, poemas de Kavafis, Lorca, etc.) que se reparten en estanterías ni muy cargadas, ni pecadoras de minimalismo. En cestas y revisteros. En rincones y cabeceras.

Junto a los libros: revistas de divulgación (Muy Interesante) que ahondan en los misterios científicos del cosmos, objetos que vibran con ese cosmopolitismo estético de quien ha encontrado en su raíz lo más moderno, hermoso y rompedor. Hay testimonios de su viaje a Nueva York, objetos traídos de Japón, esculturas africanas, obras de Juan Ismael o de Millares.

La casa es un ser vivo, espejo de la personalidad de Manrique. Con su techo artesonado en el dormitorio, su zapatero, un cartapacio con radiografías médicas y pruebas de oculista, sus colonias de Chanel y una pequeña colección de tortugas (animales protagonistas de la creación del mundo en diversas culturas) alrededor del baño. Algunas paredes están vestidas con toallas que reproducen obras de su admirado Picasso, claveteadas sobre un lienzo, y convertidas en cuadro.

En 1988, César inauguró su casa en una fiesta a la que asistieron un centenar de invitados. Era el 23 de abril, víspera de su cumpleaños. La casa conserva hoy los teléfonos originales y la intervención museística ha sido muy leve: los objetos se han ordenado en función de su ubicación original, tal y como se encontraron, y con fotografías que han servido de guía.

El taller es la “joya de la corona” de la visita. Un espacio lúcido donde manejaba en orden desordenado pigmentos, cristales, cocos, maniquíes, pinceles… Con una radio y una diana como entretenimiento. Hoy podemos ver el cuadro que no pudo terminar y las manchas desvanecidas de pintura en el suelo (siempre pintaba sobre el piso y acababa en caballete). Una mesa exhibe el diario del artista: “Todo el día pintando”, escribe un jueves. “Todo el día pintando”, escribe el viernes.

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