04
Nov
2013
M.J. Tabar

A la vuelta de un callejón estrecho, reside el miedo. Lo anuncian unas esquilas, que suenan agitadas por una carrera impetuosa. Son los diabletes de La Villa de Teguise, una de las tradiciones más antiguas de Canarias y que más pavor han sembrado entre generaciones de teguiseños durante cinco siglos. Una escultura del escultor Rigoberto Camacho, Elegua, rinde homenaje en la plaza de San Francisco a este ritual de origen pagano.

 “Los niños que corren delante suelen gritarles ‘¡Elegua, elegua!’ por la lengua que tienen”, explica Rigoberto Camacho, licenciado en Bellas Artes, ex niño atemorizado por los diabletes y diablete mismo. Por eso decidió titular Elegua su propuesta de escultura para el ayuntamiento de Teguise: una pieza de 1,80 metros de altura, elaborada en resina de poliéster.

Esta obra cierra un ciclo y cumple un sueño. La primera vez que Rigoberto trabajó el barro fue para hacer una careta de diablete. “Me iba a los barrancos a coger tierra para hacer caretas. Hacía y deshacía, hacía y deshacía; a veces ni llegaba a tiempo para Carnaval”, cuenta desde la Universidad Complutense de Madrid. “Es la primera escultura que yo quería colocar en la calle. Por eso quise hacer Bellas Artes. En la Villa escuchas las esquilas y la gente no sale de su casa. Pone los pelos de punta”.

Víctor Cejas, que lleva vistiéndose de diablete desde 1988, lo suscribe: “Mucha gente se asusta tanto que se queda en casa”. Es uno de los doce miembros de la Asociación de Diabletes y en ocasiones ha tenido que explicar a los turistas por qué en Carnaval hay gente vestida con rombos rojos y negros, alpargatas y cornamenta amenazante, asustando con un ‘garabato’  (palo del que cuelga un zurrón) y persiguiendo a todo peatón.

Los anecdotarios recogen el caso aislado de un visitante que denunció el hecho ante la Guardia Civil, por desinformación. Quién le hubiera visto en tiempos de los hermanos Cabrera, cuando las persecuciones y los sustos eran mayores, y las carreras se prolongaban horas, y los cuencos de leche se rompían, y el miedo era más fiero.

El cronista de la Villa de Teguise, Francisco Delgado, ha investigado el origen de los diabletes. Son una mezcla de creencias aborígenes con elementos castellanos, conectados también con tradiciones brujescas. Nacen a finales del siglo XV con la llegada de los primeros esclavos moriscos y negros, y se concretan en bailes de pastores que, a finales de año, danzan vestidos como machos cabríos.

El cristianismo absorbió este ritual pagano multicultural y los diabletes pasaron a encabezar la procesión del Corpus, tocando el tambor como las mismísimas encarnaciones del mal. Los años, la historia y las personas hicieron evolucionar su figura. Hoy, no todo el mundo puede permitirse comprar un correaje tradicional en la zapatería de Félix (C/ Hermanos Zerolo, 77. Arrecife. Junto al bar El Parral), pero la tradición atávica sigue causando fascinación.

La mirada del diablete

El  Teatro de Teguise acogerá hasta el 4 de noviembre una muestra de caretas y fotografías antiguas de los diabletes. Un recorrido histórico que demuestra evolución. Rigoberto Camacho le pide algo parecido a Lanzarote, una isla “estancada” en lo cultural, y que renunció hace tiempo a sus esencias ganaderas y marineras. Quizás la isla deba mirar “hacia el frente” como quien huye de un diablete mismo.

Comentarios

Me encantó la escultura del diablete en Teguise. Enhorabuena al autor

Añadir nuevo comentario