10
Jul
2015
Saúl García

Permítanme unos apuntes personales como introducción. Durante tres meses, dos veces por semana, he tenido que entrar al Centro penitenciario de Tahíche para impartir un curso que se llamó de creación de revista, que es exactamente lo que se ha acabado haciendo, una revista: el primer número de la revista Tahíche Opina. La intención era incitar a los alumnos a la lectura y, sobre todo, a la escritura. No hace falta que glosemos aquí los beneficios de la escritura, que se multiplican en una persona privada de libertad. Le puede servir para explicarse a sí mismo, para explicarse ante los demás o para evadirse de sí mismo y del entorno que le rodea. Todo vale. La premisa del curso es que escribir equivale a pensar así que, simplificando mucho, cuando no se consigue escribir lo que uno quiere es que no se ha pensado lo suficiente. Para escribir bien hay que tachar mejor. Hay que discutir y llevarse la contraria.

La primera sorpresa es que los alumnos querían escribir, y por ir un poco más allá, querían que los demás leyeran lo que querían escribir. Para empezar a escribir, lo mejor es hacerlo sobre lo que uno conoce, sobre lo que le rodea, sobre uno mismo. Ninguno de los alumnos, a pesar de escribir sobre cuestiones personales e incluso íntimas, tenía vergüenza de leer en público lo que escribía. Si quiere seguir escribiendo ya hay que cambiar de tema, o comenzar a tener una vida más interesante.

Dejemos la introducción. Lo primero de lo que se da uno cuenta cuando entra asiduamente a la cárcel, y sale, es que sobra gente. Mucha gente. Lo reconoce el propio director, Juan Hidalgo, a quien los alumnos quisieron entrevistar para la revista, y se prestó sin condiciones. No lo dice exactamente así, pero apunta que la tasa de población reclusa en España es mucho mayor que en Francia, cuando allí la tasa de criminalidad es más alta. “Aquí se cometen menos delitos y hay más presos porque se abusa de la pena privativa de libertad que hay que recordar que sólo tiene doscientos años, y también de las penas largas. Las que pasan de cinco años ya hacen daño a la persona”, dice.

No es mi intención alumbrar la solución de un tema muy complejo de forma sencilla. No es fácil qué hacer con las personas que cometen delitos pero, según apunta Hidalgo, las penas alternativas a la prisión son más baratas, y probablemente (esto ya es una opinión mía), más efectivas. No aspiro a que desaparezcan las cárceles porque hay personas que, sí o sí, tienen que ser apartadas momentáneamente de la sociedad y porque, aunque el objetivo sea la reinserción, en muchas ocasiones debe venir después del castigo. Sería intolerable que las víctimas vieran que no se castiga a quien delinque.

Pero hay penas abusivas y hay muchos delitos en los que no hay una víctima con nombres y apellidos, sino que son la salud pública o el interés general los que se dañan. Lo de la salud pública (tráfico de drogas), en un mundo cada día más tóxico, habría que revisarlo de arriba abajo. Desde hace décadas, las drogas son ilegales y se suceden las campañas contra su consumo. Lo único que cambia son los consumidores y los tipos de drogas, pero la constante es que el consumo, en el mundo, no hace más que aumentar, y las cárceles se llenan de personas que quieren ganar dinero con un producto que tiene un margen de beneficio brutal precisamente porque es ilegal.  Las cárceles también están llenas de personas que han cometido pequeños robos que se convierten en grandes estancias cuando se acumulan las condenas, y cada vez hay más gente que entra para pasar varios meses por un delito contra la seguridad vial, en ocasiones, sin que haya víctimas. Y también está llena de personas que necesitan un tratamiento para salir de su cabeza, no de su celda, pero que, al igual que fuera, obtienen una respuesta en forma de pastillas que lo que consiguen, a la larga, es la anulación de la voluntad del sujeto y la tranquilidad del resto. En definitiva, la cárcel está llena de personas a las que la cárcel, muchas veces, les estropea aún más. Es posible que  la cárcel disuada aunque no reinserta.

Pero lo recuerda el propio director: la reinserción no es un papel exclusivo de Instituciones Penitenciarias sino de toda la sociedad. “Otras instituciones tienen la obligación de colaborar socialmente. Por ejemplo, si los empresarios dieran trabajo más fácilmente a personas que salen de la cárcel y no se les estigmatizara...”, dice, y pone el ejemplo de Suecia donde se trabaja con las familias fuera del centro penitenciario para que los presos no vuelvan. 

El 99 por ciento de la gente, cuando sale, prefiere no volver, y para hacerlo, no les va a bastar con saber expresar sus emociones en un papel.

P.D. Por cierto, la revista se puede conseguir, previo pago de la voluntad para financiar su continuidad, en la Casa de los Arroyo, en la Recova municipal y en la asociación Derecho y Justicia (calle Ramón Franco).

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