30
Abr
2015
Saúl García

Las Manos es un documental fantástico, emotivo y necesario. Y me voy a explicar. Es fantástico porque está rodado con precisión y con cariño, es emotivo porque las intervenciones de los trabajadores de los Centros Turísticos, de las manos que los levantaron de la nada, están repletas de emoción, y es necesario porque permite entender en sólo una hora el esfuerzo y el sacrificio de personas que aún viven en este tiempo pero que pertenecen a otro en el que las cosas eran muy distintas.

En pocos territorios se puede encontrar la identificación del progreso, o el cambio radical de una sociedad, con la acción de una sola persona. En Lanzarote pasa eso con un componente que lo hace aún más especial. Esa persona no era un político, un militar o un dictador. Era un artista. Lo que hoy es Lanzarote no se entiende sin César Manrique. Pero es igual de cierto que cualquier avance en una sociedad es un avance colectivo, por mucho que sean algunas personas las que aparezcan al frente y parezcan imprescindibles. Los Centros no serían lo que son sin la aportación de Jesús Soto, Pepín Ramírez, Antonio Álvarez o Luis Morales pero tampoco sin el esfuerzo de otros cientos de trabajadores, que son los merecidos protagonistas de la película.

Y ahí está la virtud de Las Manos, que nos muestra a unas personas, a unos trabajadores, que sabían o aprendieron bien su oficio y que trabajaron “como si la empresa fuera suya”, como se dice en el documental. Y era suya, porque era de todos.

El caso es que la empresa sigue siendo de todos (a pesar del intento privatizador de algún restaurante) aunque ni los directivos ni los trabajadores son los mismos (excepto en algún caso) pero ya nada se parece a lo de antes. En el pleno reciente sobre la sentencia de la Cueva de los Verdes, un joven abogado de Pricewaterhouse coopers contratado por los Centros Turísticos dijo que la Cueva “en el fondo es una empresa”. Nadie le dijo nada.

Los Centros han dado mucho dinero: una parte se sabe dónde ha ido y otra no. También han servido como agencia de colocación con objetivos electorales, y en los últimos años han sido el ring en el que se han zumbado los partidos. El descrédito público contra los trabajadores ha sido una constante. Algunos se lo merecen y la mayoría no. El orgullo de pertenencia a los Centros y la implicación de los trabajadores no es la misma que la que se muestra en la película, como no es la misma la de los directivos. Los tiempos son distintos.

La película es maravillosa y por tanto hay que felicitar a los responsables tanto del encargo como de la ejecución. En este blog no se prodigan las felicitaciones ni los consejos pero hoy vamos a hacer una excepción. La felicitación ya está hecha y el consejo es que la película no deje de ser vista, que pasen todos los colegios e institutos de la isla por el auditorio de Jameos para disfrutar de ella y para comprender y que la puedan ver todos los turistas y todos los residentes: que no se guarde en un cajón.

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