
Juan Pérez Parrilla
[Martes, 11 de noviembre de 2008] [08.21]
Cada vez que el viento la empujaba hasta el claro del bosque donde dormía la hermosa joven, la Nubecita Plateada sentía una profunda compasión por ella, que, día tras día, semana, tras semana, dormía en su lecho de flores sin que el Príncipe Azul llegara a despertarla con un beso.
Únicamente los animalitos del bosque cuidaban de la Bella Durmiente: Tres alegres jilguerillos peinaban sus cabellos de oro con sus finos y largos piquitos. Dos melancólicos ruiseñores endulzaban su sueño, cantando a dúo las más bellas melodías. Una legión de humildes gorrioncillos, batiendo las alas, refrescaban su gentil figura en las horas de más calor. Una pareja de circunspectos cuervos, abriendo sus alas de negro azabache, daban sombra a su delicado rostro, protegiéndolo así de los ardientes rayos del sol. Ardillas, conejitos y algún que otro osezno de suave peluche, se cuidaban de cambiar las flores de su lecho y de mantener su vestido de fina gasa y organdí, limpio de las hojas y ramitas que el viento depositaba sobre él.
Cierta luminosa mañana, la Nubecita Plateada que navegaba en bolina por el límpido cielo, totalmente esponjada para aprovechar el viento al máximo, al llegar a la vista del claro donde dormía nuestra heroína, aflojó la escota, se compactó todo lo que pudo para perder velocidad y enganchándose a un rayo de sol que caía directamente sobre el claro, permaneció estática en el cielo contemplando de nuevo la triste escena. Al principio la Nubecita Plateada se condolió como siempre de la pobre niña, pero después, pensando, pensando, se fue cabreando, (1) hasta el punto que se comportó, si no groseramente, si un tanto irrespetuosa:
¿Do el príncipe se ha ido?
¿Por qué diablos no ha venido?
¿Será tonto el papafrita
y olvidose de la cita?
¿Do está el hada madrinita
de la hermosa dormidita?
Qué cosas pasan ¡por Dios!
no un olvido si no dos.
Soy de algodón, frágil soy
¡mas por el Cielo en que estoy
he de arreglar este asunto
aunque me maten y punto!
Pasado ese fugaz desahogo de tanta rabia acumulada, la Nubecita Plateada, ante la imposibilidad de lograr su objetivo, se sintió triste y desvalida e incapaz de reprimir su pena, comenzó a llorar desconsolada. Y hete aquí ¡milagro del cielo! que sus lágrimas, frías gotas de lluvia, primero una, después dos, tres, cuatro, cayeron sobre la noble frente de la Bella Durmiente que abrió sus ojos azules como dos trozos de cielo. ¿Y saben lo primero que vio?. Pues sí. Vio a la Nubecita Plateada que arriba en el Cielo daba saltos de contento como un borreguito juguetón al ver el resultado de sus lágrimas de amor y piedad. Y todo el bosque se alegró desde el roble al quinto pino:
Canta, canta el jilguerito
canta, canta en su nidito.
Salta, salta la ardillita
de la rama a la ramita.
Baila el oso con la osa
el clavelito y la rosa,
y en lo alto de la enea
hasta el búho se menea.
Y un gatito que pasaba
no maullaba que cantaba;
que sí, que sí, que no, que no
que ya la Bella despertó.
Ahora, para dar un poco de emoción a la cosa, tanto Famara, como Alicia, Laura, Mónica, Natalia, Sonia, Seila etc., deben escoger el final que más les agrade entre los dos que se esbozan seguidamente, o inventar otro más bonito y simpático. También deben, porque resulta más bonito, ilustrar el cuento con dibujitos alusivos al tema.
Final A.- Entonces la Bella Durmiente, acompañada de todos sus animalitos, caminó hacia el lugar del bosque desde donde se elevaba una columna de humo hasta el mismo cielo. Llegaron y se asustaron un montón cuando vieron a la negra figura que atendía el horno de carbón. Pero, ¡ajá! la Nubecita Plateada que desde el cielo había seguido a nuestros amigos, dejó caer un chaparrón de lluvia sobre la terrible figura, y entonces ¡loor a Nubecita Plateada! la lluvia quitó toda la tizne que cubría al sucio carbonero y apareció un musculoso mancebo, de pelo rubio y ojos verdes, más bonito que un San Luís...
Final B.- Por fin el Príncipe Azul pudo escapar del flamígero, bicéfalo y malévolo (2) dragón que desde hacía tiempo le mantenía prisionero en una lóbrega cueva en los linderos del bosque. Y galopando, galopando, en un brioso corcel ricamente enjaezado, se presentó ante la Bella Durmiente, que indecisa...
(1) Las mamás de las niñas pueden cambiar con entera libertad cualquier palabra o frase que consideren improcedente
(2) A veces nos enralamos con las palabras y nos olvidamos de la guagua.
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