
Antonio Lorenzo
[Jueves, 16 de octubre de 2008] [08.35]
En nuestra juventud no existían en Arrecife más monumentos que los dos históricos castillos y el Puente de las Bolas, hoy en inminente ruina si no se toman rápidamente las oportunas medidas. Creo recordar que unos sesudos señores de la Academia de la Historia rechazaron su inclusión en el escudo de la ciudad, porque decían, y eran historiadores, que no tenía entidad suficiente para esa representación. En el de Segovia aparece el acueducto y en el Madrid el oso y el madroño. Pero, como diría nuestro Antonico: “Allá ellos”. Además esos historiadores convirtieron el robusto guincho que asentado en una roca agarraba entre sus garras uno de nuestros pescados; y ya era pescado y no pez, incluido en el primitivo proyecto, y transformaron al ave más característica de nuestras costas, y hoy en peligro de extinción, en una blanca palomita volona. Pero a lo que iba. Además de aquellos monumentos, el Quiosco de la Música , que de forma un tanto sorprendente y casi con nocturnidad fue reducido a escombros y astillas, para dar paso a un jardín de estilo japonés. Reconstruido, al lujoso y nuevo le falta el olor a cantina y no flotan en él los espíritus de sus populares Juan y Teodora. Hoy Arrecife se adorna con muchos otros monumentos, desde el que en honor de Don José Molina elaboró Pancho Lasso, pasando por los que, con una mayor o menor aceptación del ciudadano, ocupan calles y jardines, hasta culminar con el recientemente inaugurado que el pueblo denominó desde el primero momento acertadamente, “La Ola” y que según veo en la prensa, su verdadero nombre es “Olameda”, que me suena a una fusión de Ola y Alameda, si bien alameda es un paseo escoltado por filas de árboles, fundamentalmente álamos. La verdad es que me ha causado una magnifica impresión, aunque no comulguemos con alguna otra obra de su autor. Cuando hace algunos años se colocó en el Parque Temático un torso ligeramente inclinado, con los brazos unidos sobe la cabeza y unos labios carnosos, a los pocos días el verde bronce de esos labios aparecía pintado con el rojo propio del maquillaje de cualquier señorita. Otros monumentos se adornan con fechas, pintadas, corazones y mensajes. Espero que nuestros ciudadanos sean respetuosos con ese nuevo monumento, que tiene además la utilidad práctica de que a su sombra puedan descansar los paseantes, y pueden disfrutar, como ha ocurrido en estos días, de la musicalidad que nuestro eterno viento produce al colarse entre las rendijas de su cubierta. Creo un acierto haber retirado aquellos artilugios de acero inoxidable que le acompañaban, si bien, en los momentos en que escribo, no se ha sustituido un cable eléctrico de color pardo que rompe su estética.
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