ENFOQUE

 

María y Julián

 

 

Juan Pérez Parrilla

[Martes, 14 de octubre de 2008] [09.17]

 

 

 

 

En Las Quemadas, playa del Sur, en una de las blancas casitas que a la orilla están, vive un viejo matrimonio. Vivaz y regordeta ella, cascarrabias y enteco él. La una usa pañuelo, gorra marinera el otro.

Retraído pensativo y pipa en ristre, a veces el viejo se pasea por la soleada terraza de su casa; no usa bastón si bien su espalda ya se inclina curvada hacia la tierra. Otras, sentado en uno de los bancos de piedra que junto a la puerta hay, parece dormitar mientras sus manos sostienen un libro sin abrir.

A la vieja se la oye murmurar y trajinar adentro. A veces, con ciertos andares de clueca, sale afuera y algo dice al viejo. Este la escucha en silencio y en silencio continua. Ganó él. Otras, con algo entre las manos, una botella quizá, se para bajo el dintel y mira silenciosa a su marido. Entonces el viejo renegando patea el suelo y sale como un tiro hacia la playa. Ganó ella.

Por las mañanas la furia de Dios cae sobre la casa. Desde muy temprano se oye al viejo gritar y renegar: ¡No me baño, está el agua muy fría! ¡Y además estoy limpio, limpio! ¿Me oyes, vieja bruja? ¡Tú lo que quieres es matarme de una pulmonía? Luego amaina el temporal y se oye el rumor del agua al caer. Gimiente y tembloroso se baña el viejo. Su carne correosa reluce bajo el agua y su mujer, solícita, enjabona su espalda suavemente. El viejo, cosquilloso, algo dice socarrón, entre dientes, la vieja de un empujón lo hace callar ¡Habrase visto! y tirando el jabón lo deja sólo mientras alegre resuena la cascada risa del viejo.

Por las tardes, sentados los dos cara al mar, contemplan a los veraneantes que pasean. Si alguna parejita se para y los observa, la viva imagen de la senectud parecen, modositos y en silencio. Pero no. Algo murmura el viejo malicioso, la vieja intenta retener la risa que al fin brota, y es clara ésta cuando escapa y cálidos sus ojos que al viejo miran.

Es domingo. La hora de la misa ha llegado. Feroz batalla. Ella ruega, reniega él.

Al fin la vieja, con aires de tragedia, destraba el pañuelo de su pelo, mira a su marido, nada dice y lentamente encamina sus pasos a la puerta. Y entonces, sólo entonces, el pícaro viejo cambia sus ropas con premura, coge el pañuelo y emperchado y tieso como un palo sale afuera y se inclina ante la vieja: ¿Me permite, señora? ¡Cada día estás más guapa, pequeña¡ Y con la mayor naturalidad del mundo le coloca el pañuelo en la cabeza y le estampa un sonoro beso en una mejilla.

Nada se oye, una paz hecha de sol y arena ha descendido sobre la casa. Es la hora de la siesta. En una salita soleada y ventilada está nuestra pareja. La vieja con mil trabajos da puntadas mirando de vez en cuando al viejo que pensativo fuma retrepado en su sillón. La digestión y el bochorno de la hora hacen que éste poco a poco se vaya quedando dormido sin notarIo. Un estruendo de frenos y bocinas hacen dar un salto al viejo en su butaca y sonreír alegre a la viejita. Esta, con una agilidad impropia de su edad, corre presurosa hasta la puerta y el viejo, contaminado por gentes de mal falar, se caga en las zapatillas de la Virgen.

Risas y llantos de chiquillos llenan toda la casa. Son los nietos que con sus padres han venido a visitar al viejo matrimonio. Al anochecer, parados en la puerta los viejos los ven marchar. No habremos hecho grandes cosas pero hemos cumplido. ¿Verdad, María? Si Julián, hemos cumplido.*

 

*Por lo idílico del tema, está claro que este caramelito lo escribió un joven ilusionado y a punto de matrimoniar. ¡Jichadito!

 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

[Condiciones de uso | | ]

DiariodeLanzarote.com

volver | subir | imprimir