
Antonio Lorenzo
[Jueves, 9 de octubre de 2008] [08.00]
Hace unos años, un famoso escritor hispanoamericano propuso la supresión de las reglas ortográficas. Nada de acentos o indiferencia en el trueque de las uves y las bes o las ces y las zetas o eses. Hoy se comprueba según estadísticas muy serias, que incluso muchos de nuestros universitarios merecerían un suspenso en la materia. Los mensajes a través de móviles y de Internet, son en ocasiones un verdadero galimatías, con supresión de letras, escribir “por” con el signo matemático de la X o remitir una K en palabras cuya silaba correcta es “ca”. Se dice que por razones de espacio y de economía monetaria, razones que verdaderamente no me convencen. Si ya sufrimos la mítica “Torre de Babel”, que nos dejó sin entendernos, por la que se ha venido denominando confusión de lenguajes, hoy estamos incrementando ese efecto babélico. En tiempos de nuestros estudios de bachillerato había un texto, el “Miranda Podadera”, libro de teoría sobre las reglas ortográficas que, confieso nunca pude usar ni digerir. En mi opinión la única forma de hacer frente al problema ortográfico es la lectura. Leer mucho produce el fenómeno inconsciente de que el ver una V donde lo correcto es una B, y viceversa, o una Z donde corresponde una C, al lector asiduo le produce un impacto semejante al que le explote un petardo en plena cara. Ya se dice que una imagen vale más que mil palabras. En un verano de nuestra edad estudiantil, vino de vacaciones una muchacha de Las Palmas que, además de su atractivo personal, aún existía entre nosotros ese denominado papanatismo de admirar todo lo venido de afuera. Muchacha que puso de cabezas, como suele decirse, a casi todos los que la conocimos. Fue la época romántica de la existencia de la cursilonería de la publicación de manuales de cartas de amor. Aquellas fórmulas mágicas, copiadas por los que no tenían imaginación suficiente, y que empezaban con los consabidos: “Es usted la mujer de mis sueños” o “Señorita no puede imaginarme cuanto la amo”. Incluso se trataba de usted a esa dama de sus sueños. Uno de nuestros compañeros de bachillerato se valió de la fórmula del manual para dirigirse, por escrito, a la chica canaria, en un momento en que, lo que posteriormente se denominó canción del verano, tenían unos versos que decían: “El que tenga un amor, que lo cuide que lo cuide; la salud y la platita que no la tire”. Nuestro amigo, absolutamente ignorante de la ortografía, remató su misiva con el referido párrafo musical, trastocándolo y cambiando la C de lo cuide por una Q. Durante bastante tiempo tuvo que soportar el que una y otra vez, le dijeran: “Eh amigo, que lo quide, que lo quide”.
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