Antonio Lorenzo
Cronista oficial de Arrecife
[Miércoles, 8 de agosto de 2012]
Desde niños discutimos y nos peleamos por demostrar que lo nuestro es más importante y mejor que lo de los demás. Recuerdo un amigo que, con gran inteligencia, terminaba la discusión con la frase: “Y yo tengo toda la bola del mundo”.
Cuando llegamos a mayores seguimos, un poco infantilmente, con esas disputas. Es un fenómeno que, con la división de nuestro territorio en islas, se acentuó. Es histórico el enfrentamiento principalmente de nuestras islas mayores, y no lo digo por razones de superficie, sino por protagonismo fundamentalmente político.
Posiblemente el haberse establecido en una de ellas el estamento civil con la Audiencia y en otra el militar, fuera uno de los orígenes del 'pleito' que un insigne jurista e historiador, recientemente fallecido, don Marcos Guimerá Peraza, estudió en su libro 'El pleito insular', en cuya presentación, allá por los años ochenta del pasado siglo, en Yaiza, tuve el honor de tratar personalmente.
Si una tienen dos aeropuertos, la otra aspira al menos a dos pistas; ha de haber dos auditorios; tu montaña es más grande, pero la mía más boinita; un puerto más amplio, pero el mío de más calado. Y mientras, el cartel de construcción del Palacio de Congresos de Arrecife, lleva varios años adornando el borde de la carretera; el puerto de cruceros de Los Mármoles casi inútil, pues le faltan treinta metros para poder amarrar los barcos; la pista del aeropuerto sin ampliación marítima ni 'desmoche' de obstáculos.
Hace unas semanas, la prensa nos comunicaba que en una de las islas capitalinas se había amasado gofio en tal cantidad que se solicitaba ser incluida en ese libro que da fe de los record. Inmediatamente desde otra nos llega la noticia de haber amasado unos quilos más, y también se solicitaba ser incluido en ese libro. Como diría nuestro recordado amigo don Emilio Sáenz, se trata de un Pleito Insular más gracioso, el “Pleito de la Pella de Gofio”.
A propósito de muelles y puertos. En mi época de estudiante en La Laguna, la señora de la casa donde viví, contaba como anécdota lo que considero un simple chiste. Ante la enésima solicitud de subvención para la ampliación del muelle de Santa Cruz de Tenerife, la reina Isabel II, asombrada exclamó: “Pero, ¿todavía no llega a Cádiz?”
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