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TRIBUNA

 

Ya no está Kika

 

Mario Ferrer

[Jueves, 14 de julio de 2011]

 

 

 

Para un agnóstico del concepto de patria como yo hay pocas definiciones aceptables de este término. Sin embargo, recuerdo una del poeta R. M. Rilke que siempre me gustó: “la verdadera patria del hombre es la infancia”. La patria de mi niñez extendía sus dominios bajo las faldas del Risco de Famara, en un espacio donde había un rey simbólico llamado Kika, un señor que desde el balcón de la casa más alta de la zona irradiaba una capacidad asombrosa para atraer la atención de los niños.

Kika era el nombre con el que diferentes generaciones de chinijos de la Caleta llamábamos a Enrique de Quintana Sáenz, un conocido perito agrícola de Arrecife que en sus veranos también ejercía de inventor insaciable de perrerías, experto infalible en encontrar cosquillas e ilusionista capaz de incendiar la vasta imaginación de cualquier niño.

Enrique era de todo menos un abuelo cursi de postal. El personaje Kika era un socarrón bromista especializado en triquiñuelas, trastadas y trucos que a veces parecía disfrutar más aún que nosotros mismos de las maravillas del juego y que generaba una especie de terror-amor en mí. Muchas tardes salí renegando airadamente de casa de los Quintana porque todos eran unos “morticadores” que no paraban de mortificarme. Y también más de una vez me llevé algún sopapo por decirles a las chicas las cosas que me mandaba Kika a decirles aprovechándose de mi inocencia. La tortura china y la mordida de burro o de camello eran técnicas para explotar al máximo mi debilidad con las cosquillas, aunque la favorita de Kika era jugar a que adivinaba qué había comido mientras escudriñaba con sus manos mi barriga y yo le rogaba que parara porque ya no podía aguantar más las risas.

Yo vivía justo al lado de la casona de Enrique y todas las mañanas lo observaba gobernando desde su gran balcón aquel minúsculo universo que yo adoraba con la plenitud que sólo da la inconsciente felicidad de la niñez. Nada más asomar la cabeza a la calle, Kika siempre me contaba una historia fascinante de lo que me había perdido por no despertarme antes: una ballena enorme que había llegado hasta la playa, un portaviones que se había acercado casi hasta el muelle, un ataque de gaviotas de cuatro patas con dientes... Recuerdo nítidamente mi ansiedad por aprender a bucear para poder ver en la zona más profunda de la playa chica del pueblo la casita con jardín que Kika le había preparado a un caboso que había logrado domesticar.

Kika y yo nos hicimos mayores pero nuestra relación apenas cambió. Seguía contándome chanzas y disparates cada vez que me veía y yo nunca pude contemplarlo como a otro adulto sino como a una figura parecida al Melquíades de “Cien años de soledad”, aquel maravilloso gitano descubridor de nuevos mundos que ya no sabía bien en cual vivía al final de sus días, como también le ocurrió a Enrique.

Es imposible sentir pena por la ausencia de un hombre que tuvo una vida plena y una familia modélica. Sin embargo, su fallecimiento me dejó un sentimiento impreciso que tardé tiempo en identificar. Lo que no cuadraba estaba en mi cabeza, había algo mal en el código de lo que yo tenía establecido como necesario para pervivir en la memoria. He tardado en comprender que no sólo las acciones ejemplares son capaces de crear un recuerdo imborrable en los que te han rodeado, a veces sólo hace falta generar una humilde y sincera sonrisa, algo tan simple y mágico como hacer cosquillas al hijo de tu vecino.

 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

 

 

 

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