Viñeta

Cándido le gana al botellón
Felipe de la Cruz

 

 

 

 

Bruno (y II)

 

 

Juan Pérez Parrilla

[Martes, 8 de febrero de 2011]

 

 

 

 

 

Con la ilusión de un joven enamorado, Bruno se partió el pecho albeando, pintando y limpiando su propia casa para causar buena impresión a María Inés y los suyos. Pero, nuestro hombre que había dejado el ron de lado y apenas dormía, no las tenía todas consigo y el jueves noche se fue a casa de su cuñado Juan Manuel para pedirle a Luisa su hermana que el viernes por la tarde estuviera en Las Vistas para echarle una mano con la visita. Su cuñado a pesar de que tendría que apechugar él sólo con tres chinijos y el ganado, no dijo ni pío. Juan Manuel no era mala persona, pero recién casado olvidó que Luisa su mujer, no era una cabra más de su ganado y tuvo que intervenir Bruno con un par de cachetadas por banda que lo tuvieron sordo mes y medio.

Bruno era hombre piadoso y comedido en ciertas cosas, a la gente de poco peso sólo les daba a mano abierta o los tiraba pa ya pal carajo. Siembre pasan cosas imprevistas y don Anselmo el cura, en una pechada que tuvieron allá cuando, cayó sobre unas tuneras indias y estuvo año y medio a dieta líquida y defecando una vez por quincena, pues las espinas le crucificaron el esfínter y sudaba tinta cada vez que lo hacía. Su enfermizo pudor le impidió enseñarle el culo a un cirujano. Seis meses de cárcel le costó la broma a nuestro héroe, y no lo fusilaron porque una prima segunda de su difunta mujer que vivía en la capital de la provincia, se acostaba con el secretario del señor obispo. Nos referimos al secretario de asuntos ordinarios, no al eclesiástico.

A pesar de la impaciencia de Bruno, el viernes llegó como siempre, después del jueves, y a las cuatro de la tarde los dos hermanos esperaban; Luisa, sentada en uno de los dos bancos de piedra situados a ambos lados de la puerta de entrada, remendaba unos pantalones de Bruno, y éste, sentado en el otro, remojaba sus manos en una palangana con agua caliente, para después, una vez amorosados, limar sus asperezas con un estropajo de esparto, jabón, algo de lejía y tierra sol. Bruno al que no le gustaba nada aquella mariconadita de manos finas impuesta por su hermana, dio un jipido entre alegre y nervioso, cuando vio a la vuelta del camino a la tan esperada comitiva. Dejó a un lado la palangana y esperó de pie, con un cierto temblor de canillas, a los visitantes.

Equipado con una silla inglesa y con las dos tías de María Inés apoltronadas cada una en su asiento almohadillado y con cadena de seguridad, el gigantesco camello, de la casta de los que arenaban en la Montaña, seguía la estela de humo dejada por la cachimba de Julián el camellero sin necesidad de ser llevado de la jáquima que inútil colgaba sobre su robusto cuello. María Inés y su hermano, en animada charla, seguían al camello a cinco o seis metros de distancia.

En la tuchida no hubo una desgracia porque Dios es grande y Bruno estaba al quite, al doblar las patas delanteras el camello y tumbar hacia delante con la violencia acostumbrada, la más menuda de las ancianas, que distraída miraba la casa y su entorno sin agarrarse de la silla, salió disparada por encima de la cadena y no se estampó contra el suelo porque Bruno la cogió al vuelo. Pasado el incidente y hechas las salutaciones y presentaciones pertinentes, las mujeres entraron en la casa. Bruno no quiso entrar y sentado en su banco preferido, miraba pensativo a sus queridas montañas. Del interior de la casa le llegaban voces. No entendía lo que decían pero por el tono sabía que las ancianas atacaban, su hermana se defendía y de vez en cuando se oía la voz apaciguadora de María Inés. Al poco salió ella y se sentó junto a él, más bien se acurrucó pegadita a él. Tu tía a la que cogí en brazos huele a sahumerio de hierbas, dijo Bruno ¿Por qué me dice usted eso, señor Bruno? ¿Quiere usted olerme? y mientras eso decía se quitó la mantilla de colorines que cubría sus hombros, pecho y espalda, y apareció una blusita de nada que dejaba al descubierto la mitad de sus pechos y parte del profundo y sombreado canalillo que separaba aquellos dos macizas y temblorosas hermosuras ¡Dios mío, Dios mío! dijo Bruno y se jodió el asunto: Se oyó un espeluznante bramido y pasó frente a ellos el gigantesco camello a galope tendido, seguido a todo correr por Julián y Antonio el joven hermano de María Inés. Bruno captó el mensaje pero no aflojó un punto ¿Qué le pasa al pastor de ovejas, ese? se dijo in mente ¿Acaso nombrarle en los buenos momentos es un execrable pecado? ¡¡Pues apúnteme otro, Manolito!! y atrabancando a María Inés le bajó la blusa y enterrando su cara entre sus pechos olió a gloria y escuchó el acelerado latir de su corazón, y por ello y por su entrecortada respiración, descubrió el tremendo deseo, tantos años sofocado, de aquella hermosa mujer. Y al chupetear sus pezones, al principio duros como piedras, se diluyeron en su boca como el dulce preludio de su tan soñada y postergada maternidad. Luego la estrujó entre sus brazos y se dieron un beso sin baba y sin lengua, tan tierno y sentido que los unió para siempre. Finalmente Bruno se sumergió en las verdes aguas de sus ojos sin par y fundió su alma con la de ella y desde entonces supieron que mientras uno viviera vivirían los dos. Y el rumor del viento entre las hojas de la palmera que había frente a ellos, pareció decir ¡¡Carajo!! y pareció oírse también, un brusco aleteo, como de grajo.

Poco después de la toma de contacto de nuestra pareja, retornaron Julián, Antonio y el otrora díscolo camello, ahora mansito como un corderito de Dios. María Inés ya se había cubierto con la mantilla, Bruno tiraba de la cachimba y las mujeres fuera de la casa inspeccionaban los alrededores. Antes, durante la miseria de la Posguerra, se decía: ”pides más que las hermanitas de la caridad”. Las tías de María Inés, de caridad nada, pidieron sin piedad: Abrir cuatro ventanas en las cuatro habitaciones laterales; una puerta de comunicación entre la alcoba y la habitación contigua; pasar el excusado al cuarto de baños. Agua corriente en toda la casa; un brocal en la aljibe del patio con su tapa; quitar el alpende que pegaba al frontis y construirlo en la trasera de la casa; dejar las tres cabritas y la burra, pero quitar el chivo que ya jabobiaba, con lo desagradable que era oírlo y lo mal que olía; la cómoda y el ropero estaban bien para las necesidades de la casa, pero hacía falta un arcón o dos para el ajuar de la niña; hacer en el salón un altar pequeño pero de cierta enjundia para honrar al Cristo del Buen Lugar y del Perdón, la imagen y los candeleros de plata correrían por cuenta de ellas. Y callaron aquellos piquitos de oro.

Bruno, soportó con estoicismo el aluvión de peticiones, mudo asentía a todo con la cabeza sin el más leve asomo de enfado en la expresión de su rostro. Cuando sus tías terminaron su perorata, María Inés que estaba junto a ellas con la mirada clavada en Bruno, corrió hacia él y colgándose de su cuello se hinchó de llorar sobre su pecho.

Cinco semanas duraron las reformas de la casa. Bruno no gastó ni un solo duro del dinero de María Inés. Todo lo pagó él con su propio dinero. No es que fuera un rico agachado ni mucho menos, pero desde hacía mucho tiempo tenía sus buenos ahorros. De los veinte y tres a los treinta y cinco años trabajó en el extranjero y ganó más dinero en esos doce años que veinte de sus paisanos trabajando de sol a sol en las labores agrícolas del pueblo. Desde que murió Rafaela su mujer, mucho había gastado en putas y ron, pero como siempre trabajó duro en lo propio y en lo ajeno, aún le quedaba un buen remanente en el banco.

En la cuarta semana de obras, por primera vez vio a María Inés que había venido con su tía la canija en el camión del reparto para traer los baúles de su ajuar. Bien es verdad que todos los domingos con Antonio que venía a echarle una mano en los trabajos, recibía una carta de su adorado tormento que le partía el alma de desconsuelo. Con los baúles ya en su sitio, la anciana le dio la espalda a la pareja y se pasó unos minutos sacando cosas de uno de ellos. Minutos que aprovecharon los periquitos para darse unos apretones hasta que: “ahora me voy a dar la vuelta y no quiero ver nada que me produzca dentera, a mi edad perder el fundamento es una vergüenza”. Se volvió la anciana, los miró y dijo con sorna, señor Bruno, váyase usted con los albañiles y deje de apretuñar a mi niña que me la va usted a descuajaringar. Y tú, niña María, abanícate un poco que estás fundida, y vamos a limpiar y a vestir el altar para colocar a nuestro Cristito debidamente.

No hay que considerar a Bruno como un ente lleno de rencor contra la Madre Iglesia. Desde antes de su experiencia carcelaria ya consideraba a Dios más cercano que a sus delegados en la tierra. Con Dios podía hablar, pelear y tratarle de tú directamente sin necesidad de audiencias y besamanos. Siempre le interesaron las cosas de Dios y nunca se arrepintió de sus años de monaguillo. En ellos perfeccionó su lectura descifrando las leyendas de las estaciones del Vía Crucis, y aprendió cosas que escuchó en el púlpito o a los curas discutiendo entre ellos. Cosas que después, en los inicios de su vejez, recordaría en curiosas circunstancias. Verbigracia; el Don de Lenguas y de la Ciencia Infusa.

Después de su primera noche con María Inés, a nuestro hombre siguieron sin entenderle los ingleses que vivían en La Morra, pero, por primera vez desde hacía muchos años dio gracias a Dios por la ciencia infundida a su compañera que aún siendo virgen mostró unos conocimientos sobre el asuntillo, que para que les cuento caballeros, ¿o si les cuento? Durante el primer polvo, pasados los tiernos preliminares, Bruno quiso presumir de catedrático en la cuestión, pero al ver el torbellino que tenía entre manos, contribuyó con su buena voluntad (1) y se dejó llevar por aquella locura; en redondo, de izquierda a derecha, freno, en redondo, de derecha a izquierda, freno, vuelta a empezar y así unas treinta veces por minuto. Al frenar en seco y cambiar de dirección con tanta rapidez la inercia era tremenda, pero la habilidad de la conductora era tal, que, aquel vaivén, aquel me voy o me quedo, en lugar de ser un problema fue un atractivo más para aquel polvo tan magistralmente llevado. A punto de llegar al clímax, María Inés pegó su pelvis a la de Bruno y con solo el apoyo de sus talones y nuca, arqueóse como duela de barrica, levantando a Bruno sobre sí y ambos clavados y pegados como lapas, se estremecieron violentamente, cual laurel de indias azotado por un garugón, y así llegaron hasta el séptimo cielo, y aquello duró, duró, duró y duró. Finalmente María Inés, haciendo gala de su felina elasticidad, con un golpe de caderas catapultó a Bruno a tres metros de la cama. Por suerte para el exhausto amante, un saco de plumas que estaba por allí amortiguó su caída, pero aún así, nuestro héroe quedó despatarrado en medio de la habitación, con los cataplines al aire y el culo pegado al suelo frío.

¡Bruno! ¡Bruno! se oyó una vocecita, entre adormilada y melosa. ¿Estoy aquí, amor mío? contestó Bruno, pero pensó ¿Querrá más esa hija de puta?

Un cegador resplandor se coló por los intersticios de la ventana, después se oyó un seco estampido y finamente la voz de siempre, pero esta vez como cantando y en claro tono de bacilón: ¿No querías viento Colón? ¡¡Pues toma remolinos!! Y Dios dejó en paz al laja de bruno y siguió organizando el comando angelical para el de rescate del pobre Arcángel San Miguel, que, con una ala rota había escapado de la alcoba al salón, buscando consuelo ante la imagen del Cristo del Buen Lugar y del Perdón.

Y en aquellas humildes tierras volvió a reinar la paz. Y el buen Dios perdonó a Bruno. Y a los nueve meses, durante la luna llena de agosto, nacíó un Brunito. Y el laja de Bruno lo cogió con sus manazas y emocionado besó a María Inés y le dio gracias a Dios por aquella ventura.

 

 

(1) Según Solita, la patrona del Rancho Farol, la buena voluntad de Bruno, cubría siete perras gordas de cobre colocadas en fila india sobre una mesa.

 

 

Artículo anterior: 'Bruno' por Juan Pérez Parrilla

 

redaccion@diariodelanzarote.com

 

 

Compartir en Facebook

 

 

 

[Condiciones de uso ] |

volver | subir | imprimir